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El drama del trabajador que sobrevivió a caída de 8 metros en el astillero de Asmar

A punto de morir estuvo Daniel González Gómez a causa de una caída desde 8 metros de altura. Este mecánico en estructuras metálicas, de 27 años, sufrió un grave accidente laboral en la noche del 30 de agosto, en el astillero de Asmar Magallanes, cuyo caso publicó oportunamente La Prensa Austral.
[…]

Por La Prensa Austral Lunes 22 de Octubre del 2012

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A punto de morir estuvo Daniel González Gómez a causa de una caída desde 8 metros de altura. Este mecánico en estructuras metálicas, de 27 años, sufrió un grave accidente laboral en la noche del 30 de agosto, en el astillero de Asmar Magallanes, cuyo caso publicó oportunamente La Prensa Austral.

El accidente se produjo a las 21,20 horas de ese día, mientras González Gómez realizaba trabajos de soldadura de cáncamos (aros) en altura en la embarcación Laredo, junto a un funcionario de la Armada. El trabajador llevaba tres años ejecutando faenas para Asmar, sin que antes tuviera que lamentar un accidente. En ese último contrato estaba más de dos meses.

A mediados de semana el protagonista de esta espectacular caída hizo llegar a nuestro diario una extensa carta dando a conocer los pormenores del accidente y el drama que lo aflige.

Atendido lo increíble del caso expuesto, La Prensa Austral visitó el viernes a Daniel González en su hogar en el sector sur de Punta Arenas, donde se recupera de las graves lesiones, y recogió su testimonio.

Relató que la noche del turno, del 30 de agosto, tuvieron condiciones climáticas adversas, con mucho viento. El accidente se produjo cuando su compañero de labores giró la plataforma elevadora sobre la que estaban y ésta se desequilibró precipitándose ambos al vacío. Además de la caída sufrida, su cuerpo debió amortiguar el peso de su compañero. En ese momento, él sintió una luxación en sus rodillas y un intenso dolor en sus ligamentos.

Como pudo, sin percatarse aún de su condición se arrastró y vio que su compañero se quejaba y no podía respirar, lo cual lo llevó a gritar por auxilio. Minutos después se percataría que el frío que sentía por su ropa mojada se debía a la abundante sangre que manaba de su nariz y de un traumatismo en su cabeza. Aquella noche fue llevado a la Clínica Magallanes y de ahí al Hospital Cirujano Guzmán, donde debieron detener la hemorragia, suturarlo y luego cortarle su ropa para atender el intensísimo dolor en sus rodillas, pantorrillas y glúteos hinchados.

Secuela

De ahí en adelante le suministraron analgésicos, y a los dos días, el 1 de septiembre, el neurocirujano lo examinó y lo dio de alta al comunicarle que la herida en la zona craneana estaba bien. Acto seguido fue derivado al Instituto de Seguridad del Trabajo, donde el 5 de septiembre le examinaron sus rodillas.

Estando de alta en su domicilio, el trabajador quedó impresionado al ver la fea cicatriz que le quedó tras una sutura, pues a raíz de la caída debieron practicarle 14 puntos (internos y externos) en su cuero cabelludo.

Al concurrir al IST fue examinado por un traumatólogo, quien solicitó le tomaran una radiografía. Seguidamente fue derivado a un box donde una enfermera le dio el diagnóstico. Según le comunicaron, sus rodillas no tenían nada y sólo faltaba deshinchar.
Le extendieron licencia por una semana y logró tener una buena recuperación de los hematomas en base a remedios y masajes, pero sin recuperarse del dolor de sus heridas. Para evitar algún esguince, se vio obligado a caminar despacio. Con tales limitaciones volvió el 12 de septiembre con el traumatólogo, quien junto con retirarle los puntos de la cabeza, examinó las rodillas superficialmente y al final le recetó hielo para el dolor, según su versión.

El 14 de septiembre lo dieron de alta, pero al día siguiente los dolores lo obligaron a ir a la Clínica Magallanes. De ahí el médico le dio descanso, y el viernes 21 le dieron hora para presentarse en el IST. Allí, el mismo traumatólogo le preguntó qué le sucedía, y González debió explicarle todo de nuevo, para que el profesional revisara visualmente sus rodillas, y al final le dijera que su cuadro no era producto del accidente, sino que esa condición ya la tenía y con el golpe le habría reaparecido.

Esto sería como un nuevo golpe para este padre de un bebé de seis meses. De no tener ninguna discapacidad, explicó que hoy “mis rodillas me crujen al ponerme en cuclillas”, viéndose impedido de practicar cualquier actividad física.

Lo más triste es que en su trabajo él aspiraba a que lo pudieran reacomodar en el área de mantención, pero le hicieron ver que aquello no sería posible porque tiene una secuela. Tampoco pudo optar a una licencia mayor.

Impotencia

En consecuencia, indica que una subjetiva decisión, que alude a una supuesta lesión preexistente, lo tiene hoy cesante y sin tener a quién recurrir. Esto, pese al hecho objetivo de una caída de 8 metros que pudo ser mortal y que, de no ser por el casco de seguridad, podía haberlo matado. Y aunque no le han devuelto dicho implemento de trabajo, éste se habría roto como evidencia de que fue un accidente gravísimo.

González comparó su tratamiento con la excelente atención que recibió su compañero de labores, quien al ser funcionario de la Armada le dieron licencia y ante cualquier síntoma de dolor ha recibido toda la medicación, costosos exámenes y atenciones requeridas en el Hospital de las Fuerzas Armadas.

Los antecedentes de su caso los remitió a la Superintendencia de Seguridad Social, pero deberá esperar tres a seis meses. En el intertanto, se pregunta qué dicen las autoridades regionales competentes a este respecto, ya que él ve vulnerada su dignidad como trabajador y persona, cuya voz -y su dolor- aquí no vale.