Necrológicas

Los chilenos en el Atlántico Sur

Constituyen la principal colonia no británica en las Falklands o Malvinas, donde se desempeñan en diversas actividades.

Por La Prensa Austral Domingo 2 de Octubre del 2011

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La molestia se sentía en el ambiente. En el comentario dicho al pasar, en una calle o en una tienda. Es que las palabras de la Presidenta Cristina Fernández, quien amenazó con suspender el vuelo Lan que une Punta Arenas con las Islas Falkland o Malvinas -cruzando cielos argentinos- no les cayó en gracia a los chilenos que viven y trabajan en ese archipiélago del Atlántico Sur de dominio británico, cuya soberanía reclama Argentina, demanda que es respaldada por el gobierno de Chile. “Me muero si el avión no viene más. ¿No podría ver a mi familia en Punta Arenas?”, se lamentaba una chilena, uno de los casi de 200 compatriotas avecindados en ese territorio, algunos de ellos hace ya más de 30 años. De esta cantidad, la mayoría trabaja en Puerto Stanley (Puerto Argentino), donde se desempeñan en diversos oficios, sobre todo en el área servicios y el comercio. Una cincuentena lo hace en la base aérea de Mount Pleasant (ver recuadro), a 60 kilómetros del pueblo.

El censo de 2006 cifró la cantidad de habitantes de las Falklands en 2.955 (1.569 hombres y 1.386 mujeres), residiendo la mayoría en Stanley (2.115) y el resto en el campo y en la base área de Mount Pleasant (excluidos del registro los militares y sus familias, aunque el número de los primeros se calcula en 600). Hoy se estima que la cantidad total de habitantes supera los 3.500.

Los chilenos constituyen la principal colonia no británica en las islas (161 según el censo de 2006). Son superados por los isleños (1.339) y por los nacidos en el Reino Unido (838); además por las 394 personas provenientes de la isla de Santa Elena (la del famoso destierro de Napoleón), territorio británico de ultramar, ubicado a 2.800 kilómetros de la costa africana frente a Angola. También figuran 36 australianos y 29 personas nacidas en Argentina.
Una buena vida

Muchos de los chilenos conocían poco y nada de las Falklands antes de viajar a ellas. Llegaron -muchos por un corto periodo, que en el caso de varios ya acumula años- porque un familiar o un amigo ya vivía en las islas; los menos, lo hicieron por iniciativa propia.

Los compatriotas aseguran llevar una buena vida en las Falklands; reconocen que el idioma inglés es lo más complicado al comienzo. Agradecen la tranquilidad del pueblo y los sueldos -sobre todo los sueldos- que permiten, mes a mes, ahorrar dinero. Por ejemplo, un garzón en Stanley puede ganar 1.200 libras (900 mil pesos), sin contar las horas extras. Claro que el costo de la vida en las islas es elevado: el arriendo de una casa ronda las 600 libras, por lo que muchos de ellos comparten gastos viviendo con otros chilenos o al momento de firmar un contrato de trabajo estipulan que su empleador corra con los gastos de “acomodación”, modalidad que usan sobre todo las familias.

“Yo antes trabajaba en el Parque Arauco, en Santiago. En una tienda. Trabajaba como chino, casi todos los días hasta tarde. Y perdía mucho tiempo en la micro para llegar a mi casa. ¡Pero ahora estoy en vacaciones permanentes y más encima me pagan!”, cuenta Rafael Sotomayor, un carismático y extrovertido joven que se desempeña en una tienda del souvenirs de la FIC (Falkland Islands Company), una de las principales empresas con presencia en ese territorio. Ahora el “Rafa” trabaja desde las 9 a las 17 horas, con una hora para almorzar, siguiendo la tónica general en Stanley: la jornada laboral termina a las 16 horas, extendiendo un poco más en los pocos locales comerciales. La excepción son los dos supermercados que cierran cerca de las 20,30 horas y los escasos restaurantes que lo hacen pasadas las 21 horas. Y los chilenos han asimilado sin mayores problemas este ritmo de vida. Por eso, no es extraño toparse con algunos de ellos mientras toman un trago en uno de los bares, que de domingo a jueves abren sus puertas hasta las 23 horas, y viernes y sábado hasta las 23,30, y donde, por supuesto, trabajan varios.

Estabilidad laboral

Los connacionales aparecen en todos los rincones. “¿Usted es periodista chileno, cierto?”, me pregunta uno en medio de un pasillo del supermercado The Chandelery. “Si escribe algo, por favor ponga que necesitamos que vuelva el barco que venía de Punta Arenas con productos chilenos. ¡Las frutas y verduras son muy caras!”. Se trata de Gonzalo Ibarra, un maipucino que ya entera 10 años en las Falklands y que hoy trabaja en la bodega de este local comercial. Junto a él está Ricardo Carreño, quien hace 4 años llegó desde el puerto de San Antonio. “Acá para que te echen de un trabajo tienes que mandarte una embarrá muy grande. Hay mucha estabilidad laboral, porque saben (los isleños) que no es fácil encontrar trabajadores”, comenta este técnico especializado en equipos refrigerantes que trabaja en la empresa Energise.

Ambos ratifican que el mayor costo de la vida se ha visto fuertemente influenciado por la baja de la libra respecto del peso chileno. Si hasta hace unos años la moneda británica se cotizaba a $1.250 la unidad, hoy se sitúa bajo los 800, situación que ha mermando en forma notoria el poder adquisitivo. No obstante, aún sigue siendo conveniente.
Los magallánicos

De las regiones de Chile, sin duda Magallanes es la que aporta más trabajadores chilenos a las Falklands. Julio Ubeda (42 años) es uno de ellos. Este magallánico, que llegó hace 3 años y medio al archipiélago, asegura que el chileno que está dispuesto a trabajar le va bien, porque en las islas se valora el esfuerzo. “Acá ningún oficio es mal visto. Por ejemplo, la esposa de un gerente de una empresa puede trabajar algunas horas como cajera en un negocio y a nadie le parece extraño eso”. Julio lo sabe muy bien, porque si a él le ofrecen trabajar un sábado durante unas horas en la descarga de un buque no tiene problemas en hacerlo, porque le sirve para ganar dinero extra al que obtiene como guía turístico.

Otros magallánicos son César Guala (51 años) y Javier Hueicha (31 años). Operarios del frigorífico de Stanley, todos los años en mayo retornaban a Punta Arenas. Sin embargo, ahora la empresa les ofreció quedarse de planta y aceptaron. César vive con su esposa en las Falklands, mientras sus dos hijos siguen en nuestra región estudiando en la Umag y en Inacap. Ambos destacan la calidad de vida que llevan (su jornada laboral es de 7 a 4 de la tarde). “Acá los jefes se preocupan de uno. Siempre te preguntan cómo estás”, destaca Javier, cuya idea es estar sólo un par de años en el archipiélago; no así César, quien se proyecta en el largo plazo.

Javier representa el pensamiento habitual de muchos compatriotas al llegar a las Falklands o Malvinas: estar sólo un par de meses, máximo algunos años, juntar dinero y volver al país. Sin embargo, la historia de muchos que viajaron con esa idea todavía escribe largos capítulos en esta tierra del Atlántico Sur.