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Aquí va otra historia de misericordia

Por Marcos Buvinic Domingo 10 de Julio del 2016

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Entre tantos y serios problemas que vive nuestro país y en medio de las formas y rostros que toma la corrupción que parece inundar los espacios sociales, contar historias de misericordia casi podría considerarse un lujo esotérico. Sin embargo, en las historias de misericordia -y ya van tres en estas columnas- es donde aparece lo mejor del ser humano. Así, acudir a la misericordia es ir a las raíces más hondas de las personas y a la trama oculta de la vida social, allí donde están las reservas espirituales que permiten vivir con esperanza y creatividad en medio de una historia que parece despiadada.

Este relato tiene nombre y lugar. Se trata de Fabiola Salinas, una mujer que se define a sí misma como una pobladora, vecina y humilde profesora de la población La Legua, en Santiago. Es directora de la Fundación Raipillán (quiere decir “flor del espíritu”), una agrupación folclórica de La Legua que trabaja educando con la danza a jóvenes que gusta de la música y el baile de nuestro pueblo, que sus más de 300 integrantes muestran generosamente en cada invitación que reciben.

Fabiola era técnico auxiliar en párvulos y quedó viuda muy joven, con dos hijos pequeños. Con esfuerzo siguió trabajando y también logró terminar los estudios de pedagogía básica. Participaba en un grupo folclórico y los invitó a dar una función en La Legua, pero no aceptaron porque les daba miedo ir allí. Decidió crear un grupo en la población, se reunían y ensayaban en la Parroquia San Cayetano de La Legua, acogidos por el Padre Gerardo. En 2006, Fabiola fue a un retiro espiritual y dice: “fui y me llené de Dios; le dije: ‘Señor, Tú te has portado tan bien conmigo y mis hijos que quiero agradecerte y hacer algo por los demás, por los niños de La Legua, tan desvalidos, estigmatizados y vulnerables’”.

Lo que buscaba, entonces, era prevenir y educar por la vía artística en medio de las carencias de la población, las deserciones en educación de los niños y la falta de oportunidades para los talentos presentes en cada uno de ellos. A los jóvenes Fabiola les dice: “Te enamoramos con la danza, te hacemos sentir artista, elevamos tu autoestima, pero a cambio tienes que estudiar”.

Se organizaron, sacaron su personalidad jurídica y se constituyeron como “Fundación Raipillán”. Se financian con proyectos y fondos concursables con los que pagan el trabajo de profesores de danza, monitores, contador, bodegueros y todos los que participan en la fundación. Dice Fabiola: “Les damos trabajo y ayudamos a pagar sus estudios. Tenemos ya a varios profesionales titulados, otros a punto de titularse, y todos trabajan o ayudan acá”.

Hoy, la Fundación Raipillán tiene más de 300 artistas -bailarines y músicos-, y su casa es un espacio que funciona como oficina y taller de confección de vestuario dónde trabajan mujeres que bailaron y son mamás de los que derrochan talento en el escenario. Allí todo el mundo llega a acogerse y a acoger. Fabiola dice que los mejores frutos los reciben cuando alguien les dice que terminó sus estudios gracias a la ayuda que le dieron y que apadrinará a otro niño que quiera estudiar.

¿Cómo nació esta flor en medio de lo que para muchos es un basural? Todo comenzó con una persona agradecida de Dios y con una mirada llena de misericordia hacia los más vulnerables.