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¡Arriba, Illapel!

Debo admitir que jamás me he tragado ese bocado de que somos un país solidario, pendiente de las desgracias de sus semejantes. En Chile campea la ley del “metro cuadrado” (primero yo; y segundo, yo)) en donde para trepar socialmente no importa si hay que apelar a la regla del combo y el codazo.
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Por Jorge Abasolo Lunes 21 de Septiembre del 2015
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Debo admitir que jamás me he tragado ese bocado de que somos un país solidario, pendiente de las desgracias de sus semejantes. En Chile campea la ley del “metro cuadrado” (primero yo; y segundo, yo)) en donde para trepar socialmente no importa si hay que apelar a la regla del combo y el codazo.

Como toda regla tiene su excepción, la solidaridad la percibo cada vez que en nuestro país hay un terremoto. Es decir, más o menos seguido.

Fue lo ocurrido el pasado miércoles 16, cuando estando solo en casa, empezó un temblor que abortó justo cuando se iba a convertir en terremoto.

Mis vecinos salieron de inmediato y preguntaron por mí, me trajeron café y compartimos unos sanguchitos y hasta brotó algo de whisky. Era la solidaridad hecha carne.

Después encendí el aparato de TV y me fui imponiendo de la cruda realidad. Lo de Illapel es para conmover hasta a un prestamista.

En una ciudad con menos recursos que el Ministerio de Economía de Haití, duele ver que ellos lo perdieron todo. ¡Adiós a la algarabía transitoria de las Fiestas Patrias! Mientras otros celebrarán en medio de asados y cuchipandas, un sector del norte deberá comenzar la tarea desde cero…a reinstalar lo ya construido con el esfuerzo de toda una vida.

Lo de los saqueos…es ya parte del ADN del chileno voraz, de ese cernícalo sin el más mínimo pudor, que no trepida en aumentar sus inmuebles, apropiándose de los ajenos.

Aunque la visión de saqueos y las escenas de vandalismo que vimos a raíz del sismo de febrero de 2010 y el de ahora en el norte amargaron a muchos chilenos, lo cierto es que este fenómeno no es infrecuente en los anales del Chile contemporáneo.

El fallecido historiador Armando De Ramón, en su libro “Santiago de Chile: Historia de una sociedad urbana”, pasa revista a los graves saqueos que afectaron a Santiago el año 1905:

“En octubre de ese año -refiere De Ramón- se produjo la llamada Semana Roja, que se inició con una concentración para reclamar por el alza de la carne. Los hechos derivaron en una violenta asonada en la que participaron entre 25 mil y 50 mil personas, que se apoderaron de la Alameda y se repartieron por los barrios céntricos, entonces sector ocupado por la clase alta chilena.

La policía intentó detener los saqueos e inicialmente hubo detenidos y unos 250 muertos, pero las fuerzas de orden se vieron superadas por turbas, una de las cuales paseó por las calles el cuerpo del ciudadano austríaco Bautista Seigler, al cual los saqueadores habían asesinado”, termina De Ramón.

Lo de Illapel debe llamarnos a la reflexión. Quedar abatido y condenar al destino no es una forma ejemplar para sortear una crisis. La vida consiste en inferir de un mínimo de premisas, el máximo de conclusiones.

Y quedan lecciones pendientes

¿Cambiaremos después de este sismo?

¿Nuestras autoridades dejarán el mínimo de situaciones al azar para evitar la intensidad de un desastre?

Eso podremos chequearlo…en el próximo terremoto.