Necrológicas
  • Manuel Aravena Domínguez
  • Jorge Ulloa Ulloa
  • Proselia Alvarez Marín

Buenas promesas, malas reformas

Por Gabriel Boric Lunes 23 de Mayo del 2016

Compartir esta noticia
87
Visitas

“Si bien podemos estar de acuerdo en que la decisión del TC responde a ese legado (de la dictadura), no nos engañamos: la reforma desde antes se limitaba a profundizar lo existente y no a cambiarlo”

 

“Conseguir un cambio en un sentido transformador, solo vendrá de la organización y la lucha que las y los propios trabajadores puedan dar… (Una lucha) en la que la Cut deje estar parlamentarizada y a los tiempos de una política que le es ajena a sus miembros y a los trabajadores del país”

Escribo esta columna a días del discurso que ayer pronunció la Presidenta Bachelet en Valparaíso, en el marco de la conmemoración por el 21 de mayo. Trato de imaginar qué anuncio podría hacer la Mandataria que fuera capaz de reencantar a la ciudadanía, de recuperar la confianza. Pero luego ese dicho de que “obras son amores y no buenas razones”, y que promesas más, promesas menos, nuestro deber es evaluar las acciones de este gobierno, no sus promesas. Nueva Constitución, descentralización, reforma tributaria, reforma educacional, reforma laboral. ¿Qué ha pasado con las reformas? Me centraré en una que afectará directamente a los trabajadores de la región y que ya está en su etapa final.

La palabra reforma puede tener un significado fuerte y amplio o un significado débil y restringido. En un sentido amplio, reforma es cambio, es crear algo nuevo. En un sentido restringido, es una simple modificación o corrección a lo existente. Según el gobierno, la reforma laboral era lo primero, una verdadera transformación y habría sido el Tribunal Constitucional el que terminó por desnaturalizarla. Así, según su relato, nuevamente fue el legado de la dictadura el que frenó las transformaciones que Chile necesita. Si bien podemos estar de acuerdo en que la decisión del TC responde a ese legado, no nos engañamos: la reforma desde antes se limitaba a profundizar lo existente y no a cambiarlo. Veamos por qué.

Según afirma el proyecto enviado al Congreso, las “modificaciones” tienen por objeto asegurar el crecimiento, la productividad y el desarrollo socialmente sustentable. Objetivos que escuchamos incansablemente durante los gobiernos de la transición y que no son más que la cara amable de los objetivos neoliberales que en el pasado impusieron José Piñera y Jaime Guzmán. Debemos saber que cambiar las relaciones colectivas del trabajo implica, necesariamente, una política de distribución de la riqueza. Por consiguiente, no se puede negar el carácter contradictorio de los intereses de las y los trabajadores con el empresariado.

No es difícil ver que en esta reforma los intereses que se resguardan son los del empresariado: no contempla la negociación por rama de actividad y, por tanto, siguen excluidos del ejercicio de esta herramienta más del 50% de los trabajadores del país; continúa con las precarias condiciones del mercado laboral, tercerizado y sin protección; mantiene y aumenta el sinnúmero de condiciones y resquicios legales que hay que cumplir para poder negociar colectivamente o ir a huelga; la huelga sigue siendo una institución sin poder efectivo; accede a la histórica demanda de los patrones de los pactos de adaptabilidad, que seguirán empobreciendo el trabajo. Finalmente nada dice sobre el modelo de desarrollo y el patrón productivo del país.

Así las cosas, la reforma en vez de haber cerrado el debate, lo ha abierto. El gobierno, luego del fallo del Tribunal Constitucional, anunció un veto y un nuevo proyecto, pero lo cierto es que eliminar el nuevo contenido negativo de la reforma no es un avance para el mundo del trabajo. Conseguir un cambio en un sentido transformador, solo vendrá de la organización y la lucha que las y los propios trabajadores puedan dar. Una lucha que, entendiendo la posición de continuismo que ha tenido la Nueva Mayoría, profese la autonomía de los viejos actores políticos y emerja con nueva fuerza. En la que la Cut deje estar parlamentarizada y a los tiempos de una política que le es ajena a sus miembros y a los trabajadores del país. Donde las y los trabajadores tengan una voz propia en el proceso constituyente para terminar de una vez por todas con el Plan Laboral de la dictadura y el precario modelo productivo que tenemos. Como Izquierda Autónoma estamos al servicio de abrir este camino.