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Corcovea por ser salvaje, no por miedo al domador

Cuando comienzo a escribir esta columna, siento que no he sido justo con la memoria de Natales, pues debiera haberla dedicado a recordar los acontecimientos y vivencias de los veinte años del cruento “Terremoto Blanco”, ocurrido un día  de inicios de agosto del año 2005. Aún más cuando en el norte de Chile la naturaleza doblega sin dar tregua a nuestros hermanos. El día  comentado, los natalinos, supimos lo que es quedar empequeñecidos por la naturaleza.
[…]

Por Ramón Arriagada Miércoles 12 de Agosto del 2015

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Cuando comienzo a escribir esta columna, siento que no he sido justo con la memoria de Natales, pues debiera haberla dedicado a recordar los acontecimientos y vivencias de los veinte años del cruento “Terremoto Blanco”, ocurrido un día  de inicios de agosto del año 2005. Aún más cuando en el norte de Chile la naturaleza doblega sin dar tregua a nuestros hermanos. El día  comentado, los natalinos, supimos lo que es quedar empequeñecidos por la naturaleza.

Presté mucha atención para escribir esta semana,  a las repercusiones que han tenido a nivel nacional los esfuerzos de los diputados Morano  e Iván  Fuentes (Aisén) para declarar las “Jineteadas Patagónicas” como deporte nacional. En la comisión respectiva ya fue aprobada el 16 de julio la iniciativa. Sus gestores, concientes de la gran cantidad de adeptos en las regiones australes de esta práctica, procurarán en los meses siguientes que pase por un tubo el proyecto para ser Ley de la República. Ello, señalan los diputados patrocinantes, permitirá  afirmar la identidad nacional, reglamentar su práctica,  clubes y sus  jinetes. Facilitará la llegada de financiamiento del Estado como actividad deportiva.

Todo este afán en favor de las Jineteadas en momentos que los grupos ecologistas y animalistas ganan posiciones y militantes, en una sociedad donde hay  una gran sensibilidad, respecto del maltrato de los animales. En España, las corridas de toros, cada vez llevan menos públicos y los toreros, ayer héroes, hoy se les califica en los muros, como asesinos. En Chile, no son pocas las competencias de rodeo, donde han tenido visitantes, que proclaman el maltrato  tanto de novillos como de caballares.

No lo puedo negar, me gusta el ambiente que existe en los recintos los días de jineteadas; hay una reafirmación colectiva del ser patagónico, tal vez porque su práctica es más democrática que  el rodeo; aquí para subirse a un caballo y demostrar habilidad en la grupa surera, en el basto con encimera o en la crina limpia, hay que estar provisto de rigor y coraje. No es necesario  ser dueño del campo ni tener tropillas de cuidados caballos. Sus practicantes superaron el prejuicio de vestir como gauchos, total han comprendido, que dicho personaje no respeta fronteras en el cono sur de  este continente.

Sería de gran utilidad que los diputados patrocinantes, tomaran en cuenta, de cómo ha ido cambiando la legislación respecto de esta disciplina en Argentina. Ello, porque en el vecino país, donde nos llevan años de ventaja en su práctica, los espectáculos relacionados con las jineteadas llegaron a un grado inaceptable de especulación económica. Se llegó a niveles inadmisibles en el uso de elementos y prácticas crueles para estimular la bravura y peligrosidad de los equinos. Ahora, hay provincias argentinas donde estos espectáculos deben contar con un veterinario que emite un certificado físico de los caballares, después de la competencia. Además los jinetes deben ser mayores de edad y estar en posesión de un certificado médico, que asegure su estado físico, además de seguro contra accidentes y de responsabilidad civil respecto del público. 

Me gustaría seguir asistiendo a nuestras jineteadas con el convencimiento que el caballo corcovea por ser salvaje y no por el miedo que el domador ha provocado en ellos.