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Cuestión de Fe

En medio de una lluvia incesante, el huracán parecía ser la lápida que amenazaba con arrasarlo todo en aquella comunidad.
[…]

Por Jorge Abasolo Lunes 14 de Septiembre del 2015

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En medio de una lluvia incesante, el huracán parecía ser la lápida que amenazaba con arrasarlo todo en aquella comunidad.
La gente huía despavorida, aunque Fernando, el noble campesino tenía una fe a prueba de balas, adversidades y políticos. Cuando el agua inundó su casa, el astuto Fernando trepó hasta el techo y pudo sobrevivir momentáneamente. A los pocos minutos se acerca una lancha de salvataje de la Fuerza Aérea y un capitán lo conmina a que se suba para salvarlo. Fernando, no dudó un instante:
-¡Váyanse tranquilos. Dios me salvará. El es mi custodio, mi mejor guía y guardaespaldas!
El episodio se agravó cuando el agua continuó subiendo. En ese instante asoma un helicóptero de Carabineros y por altoparlantes le piden al buen hombre que se suba. La fe de Fernando continuaba incólume:
– ¡Vayan por otras personas! ¡Ya vendrá Dios por mí!
Desgraciadamente, el aluvión terminó por tragarse a Fernando, quien desapareció de esta vida terrenal.
Hombre de fe inquebrantable, no tardó en llegar al cielo, donde lo esperaba el propio Dios con sus manos abiertas y una sonrisa de oreja a oreja. Pero Fernando estaba conturbado y planteó su queja desde un comienzo:
– ¡Oh, Dios…! Siempre he sido un hombre de vocación religiosa, jamás te he traicionado y en medio de esta inundación muchos perdieron su fidelidad hacia ti, lloraban y arrancaban. En cambio yo, seguí rezando y nunca perdí la fe en ti. ¿Por qué no me ayudaste?
Dios le respondió con una calma sanforizada y una amplia sonrisa:
– ¿Cómo que no te ayudé?  ¡Te mandé una lancha y un helicóptero!
Vivimos un mundo en que las certezas se desploman y la fe pasa por momentos de zozobra. A veces dan ganas que el tiempo se detuviese un rato para digerir mejor lo que nos pasa en el día a día. Y hasta quisiéramos “borrarnos” por un rato, al más puro estilo del computador de Sebastián Dávalos Bachelet.
Es cosa de mirar el minué de la política, la exégesis codiciosa y un inmediatismo material que relega las cuestiones espirituales a la categoría de desechables.
La fe o ausencia será siempre motivo para darle sentido a la vida en el mundo en que habitamos. Hijos de la secularización, huérfanos de un linaje que nos rescate de la sin razón original de la existencia, remamos a la intemperie en busca de sentido, lo inventamos contra viento y marea, con la obstinación del que camina todo el día y no llega a ninguna parte.
No sé si los que tienen fe cuentan con más argumentos y ganas para vivir que aquellos que no la tienen. Lo que sí me queda meridianamente claro es que los que poseen el don de la fe no son tan desdichados como aquellos que no la tienen.
Y eso ya es un buen acicate para seguir pedaleando por esta escarpada ruta llamada destino.
Malraux decía que el mayor misterio no es que hayamos sido arrojados al azar entre la profusión de la materia y los astros. El misterio es que logremos extraer de nosotros mismos imágenes tan poderosas como para negar nuestra nada.
Exagerado y fatalista, sin duda. Se me ocurre que de vivir por estos días, Malraux sería comunista, partidario de la UF, defensor de la candidatura de Felipe Kast y hasta hincha de Deportes Melipilla.
Claro está, no tan pesimista como mi vecino, que hace poco me dijo:
– Jorge, si Dios existe…lo único que le deseo es que se salve.
No es para tanto, claro. Es cierto que los economistas se ponen cada día más fríos, los bancos no nos tienen misericordia y los políticos siguen encapsulados. Pero mientras yo tenga amigos como los que tengo, mientras mi vecino me presta plata para llegar a fines de mes, mi señora me quiera y aguante el stock de mañas y mi perro siga creyendo que soy un pequeño Dios… continuó viajando con ganas por este caprichoso ascensor llamado existencia.