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El cuento de Callejas

Por Abraham Santibáñez Sábado 13 de Agosto del 2016

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Por su naturaleza misma -concentración total del poder, disponibilidad de sofisticados medios tecnológicos, escenografías a gusto de quien manda y personajes dispuestos a todo- las dictaduras atraen a una comunidad variopinta: aprendices de brujos, hombres y mujeres sin escrúpulos dispuestos a todo. Berchtesgaden, el nido de águilas de Adolf Hitler, es el modelo clásico. Era un paraíso exclusivo donde ocurrían eventos espectaculares protagonizados por actrices de moda, intelectuales con mala conciencia y los más fieles seguidores del führer.
No sólo Europa. En América Latina abundan las versiones criollas con ególatras desenfrenados, capaces de cualquier cosa. A mediados del siglo pasado se conocieron los excesos del peronismo original; del brutal imperio del Benefactor Trujillo en República Dominicana; de Papá y Baby Doc apoyados en la fuerza desatada de los tonton macoute en Haití, y varios más. Si hasta nuestros vecinos del Altiplano tuvieron un dictadorzuelo de opereta, Manuel Isidoro Belzú, quien fue Presidente de Bolivia entre 1848 y 1855. Según uno de sus biógrafos, “utilizó sus humildes orígenes para enardecer los ánimos de los indios y los mestizos contra la oligarquía criolla y así allanar el camino a la presidencia”. Después de sofocar más de 40 levantamientos en su contra, dimitió en 1855. “Los diez años siguientes los vivió en Europa, en medio del lujo más fastuoso”. Cometió el error de volver a su patria donde fue asesinado.
En casa, la dictadura del capitán general fue, en apariencia, más sobria. Ello no impidió que atrajera una fauna que abrió las puertas a la farándula en algunos sectores uniformados, mientras los civiles incondicionales hacían fantásticos negocios cuyos resultados saltan a la vista hasta hoy (SQM, es el ejemplo más vistoso, pero no el único).
En la corte de Pinochet era inevitable que surgiera una figura como Mariana Callejas. Hasta su muerte fue un personaje escasamente estudiado. De joven desbordaba inquietudes culturales y sociales, que incluyeron una estada en un kibutz en Israel. Con talento como escritora, terminó por convertirse en cómplice de los graves crímenes, desde el asesinato del matrimonio Prat-Cuthbert en Buenos Aires al salvaje secuestro y muerte de Carmelo Soria.
Nunca cumplió penas de cárcel, pero su vida nunca fue como los míticos cuentos del español Saturnino Calleja. Con el paso de los años se fue quedando aislada. Tenía las “facultades mentales perturbadas” según dictaminó la justicia. En otro tiempo y en otro lugar, habría ocupado un lugar social destacado.
En Chile terminó siendo un lamentable despojo humano.