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El Día del Trabajador y el movimiento estudiantil

Por Gabriel Boric Martes 3 de Mayo del 2016

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He escuchado y debatido diversos aná-
lisis sobre las recientes luchas por la educación de los últimos 10 años, en donde la Revolución Pingüina y el agitado 2011 son los hitos de un proceso largo, costoso y del que, con certeza, hay que hacer varios balances. Sobre todo para quienes pertenecemos a agrupaciones políticas que han participado activamente al interior del movimiento social por la educación.
En los 90 y 2000, Chile se insertaba en los mercados globales, propiciando las condiciones para un crecimiento sostenido, empleo, inflación controlada e indicadores macroeconómicos bastante sólidos. El orgullo de la política concertacionista, un país modelo. El mejor del barrio latinoamericano. ¿Por qué entonces se incuba tanto malestar y descontento que empuja a cientos de miles de estudiantes y sus familias a la calle? ¿Por qué las demandas por más y mejor educación pública tienen tanta legitimidad en la sociedad? ¿Cómo ocurre todo esto a espaldas de las élites que se jactaban de los aumentos del PIB y los TLC con la mitad del mundo?
¿Qué ocurrió? Nos convencieron de que las condiciones de vida tenían que ver con nuestras competencias académicas. Y que mientras más nos esforzáramos en la escuela o en la universidad, íbamos a tener más éxito en la vida: la promesa de la meritocracia.
Todo comenzó a descascararse. La privatización de la educación -con la consiguiente desregulación de la oferta privada y el traspaso de recursos públicos a privados- impulsó una segregación brutal. Grandes franjas de la sociedad descubrieron que el sistema educativo simplemente reproducía sus condiciones de clase social. La promesa meritocrática, por lo tanto, era mentira. Y no importaba cuánto se esforzara un estudiante, el dinero era más fuerte.
Esta reflexión se dio al calor de asambleas estudiantiles y hoy sigue con durísimas peleas con un gobierno que se resiste a hacer cambios sustantivos en el marco de las reformas educacionales de este ciclo.
Vemos un escenario similar en el mundo del trabajo. El actual gobierno ya nos dio una señal empujando una Reforma Laboral a todas luces insuficiente (“adecuaciones necesarias”, negar la negociación por rama, los “pactos de adaptabilidad”, etc). Porque ante esa señal, ya sabemos que no contamos con su representación política para reestructurar las relaciones de poder entre empleador-trabajador.
La salida no está en la política de los mismos de siempre. Está, al igual que en la Revolución Pingüina y en las movilizaciones de 2011 en la articulación social de las mayorías que compartimos un objetivo común: recuperar la soberanía sobre nuestras vidas.