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  • Susana Barría Vigna

El gato cuidando la carnicería

Por Marcos Buvinic Domingo 19 de Marzo del 2017
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Cuando se habla de la crisis de las instituciones, no queda títere con cabeza. La larga y vergonzosa lista de los corruptos es transversal y abarca todos los ámbitos de la vida de la sociedad; cuando esto ocurre, pagan justos por pecadores y se debilitan las instituciones que sostienen la vida en común.
El actual caso del fraude en Carabineros se suma a la lista de los legisladores que hacen leyes tramposas, de los empresarios que se coluden para aprovecharse de los consumidores, de los políticos que son mercenarios al servicio de grandes empresas, de los ministros abusadores en las iglesias, de los militares que se enriquecen con platas de la seguridad nacional, de los funcionarios que preguntan “y en eso, ¿cómo vamos?”, de los fiscalizadores que se vuelven ciegos, sordos y mudos.
Es cierto que siempre ha habido individuos aprovechadores y sinvergüenzas; para enfrentarlos y evitar que hagan sus pillerías está el imperio de la ley y la acción de los diversos organismos fiscalizadores. Pero, el asunto se complica cuando el virus de la corrupción parece infectarlo todo y debilita la capacidad de reacción de la sociedad a través de sus menguadas instituciones.
No se trata de ser profeta de desventuras, pero así como vamos, si no se controla y se suprime el virus de la corrupción, éste acabará liquidando el sistema de sociedad, de convivencia y de creencias en el que vivimos. Si este problema no se ataja de raíz, lo más probable es que la sociedad en que vivimos no tendrá mucho futuro -como ha ocurrido en la historia con tantos imperios y sistemas sociales-, por más que los distintos candidatos o pre candidatos nos prometan un futuro esplendor.
La crisis de las instituciones se sitúa en el marco de la cultura del dinero que se ha ido instalando casi sin contrapesos éticos, llegando a ser una cultura de la ambición sin límites y, por lo mismo, una cultura de la corrupción en la cual ya no funciona la correcta relación “poder – derecho”, sino la incorrecta relación “poder – lucro”, abriendo el camino a todo tipo de prácticas delictuales.
Destruir la cultura es fácil, no así reconstruirla. No basta con gritar fuerte, con maquillajes de reformas ni con castigos más severos. Se necesita un pueblo que se mire a la cara y descubra cuánto es lo que ha perdido y cuánto es lo que todavía puede perder. Un pueblo que no sale de la nada ni de los discursos, sino que surge de la conciencia de los individuos que asumen que la construcción social es tarea de todos, de la vigilancia ciudadana capaz de denunciar los desbordes corruptos, de un sistema educacional capaz de transmitir convicciones y de cultivar la inteligencia ética en las personas, particularmente la convicción de que el desarrollo humano no va -necesariamente- de la mano del crecimiento económico; es decir, el mayor bienestar puede facilitarnos algunos aspectos de la vida, pero no nos hace más felices. O, como dice el Señor Jesús, “no se puede servir a Dios y al dinero”; lo contrario es dejar al gato cuidando la carnicería.