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El origen de los 33: el mínimo costo

A través de una historia real, se estrenó hace unos días la película “Los 33”. El relato es bueno porque la historia como guión tiene múltiples puntos de vista, y tiene un interés particular, ya que todos nos imaginamos la situación por la que pasaron los 33 mineros (en especial los diversos estados de ánimo). Sin entrar en detalles, me llama la atención la ausencia del villano de esta “tragedia con final feliz”. ¿Dónde están los responsables de tanta angustia y de tanta tristeza? Recuerdo que a menos de un año del rescate murieron más de 33 mineros por accidentes laborales, pues las condiciones en la que trabaja la mediana y pequeña minería no son las mismas que las de las grandes mineras. Se prometió un nunca más y lo cierto es que accidentes que pudiesen evitarse o minimizarse siguen ocurriendo, y lamentablemente seguirán ocurriendo. Esta vez sin medios de comunicación, alejados de luces, cámaras, y seguramente sin la fuerza ni interés para hacer una película. ¿Y los responsables? Silencio y probablemente impunidad. Se nos olvida que la tragedia tuvo su origen en el mínimo costo para producir, haciendo vista gorda en estándares de seguridad para los trabajadores.
[…]

Por Juan Francisco Miranda Jueves 13 de Agosto del 2015

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A través de una historia real, se estrenó hace unos días la película “Los 33”. El relato es bueno porque la historia como guión tiene múltiples puntos de vista, y tiene un interés particular, ya que todos nos imaginamos la situación por la que pasaron los 33 mineros (en especial los diversos estados de ánimo). Sin entrar en detalles, me llama la atención la ausencia del villano de esta “tragedia con final feliz”. ¿Dónde están los responsables de tanta angustia y de tanta tristeza? Recuerdo que a menos de un año del rescate murieron más de 33 mineros por accidentes laborales, pues las condiciones en la que trabaja la mediana y pequeña minería no son las mismas que las de las grandes mineras. Se prometió un nunca más y lo cierto es que accidentes que pudiesen evitarse o minimizarse siguen ocurriendo, y lamentablemente seguirán ocurriendo. Esta vez sin medios de comunicación, alejados de luces, cámaras, y seguramente sin la fuerza ni interés para hacer una película. ¿Y los responsables? Silencio y probablemente impunidad. Se nos olvida que la tragedia tuvo su origen en el mínimo costo para producir, haciendo vista gorda en estándares de seguridad para los trabajadores.
Lo mismo ocurre con los desastres naturales, de los que sabemos por sus impactos y periodicidad, pues nacimos en un territorio que sufre constante cambio, azotado por el clima regalado día a día por el mar, que encuentra el obstáculo impuesto por el continente que reparte quebradas, cerros, ríos, y volcanes. Continente en constante lucha subterránea haciendo mover la tierra como para hacernos reflexionar que la vida tiene mucho más sentido que el que le da el consumo, lo material, y lo estadístico. Así ha sido desde tiempos inmemoriales, y seguirá siendo. Frente a esto sólo hay que andar precavido, y no ser temerario, pues el costo de empujar a los más vulnerables a los lugares donde nadie quiere vivir, lo pagan los más pobres, por más que seamos los campeones de las campañas de solidaridad (esas en las que también se confunden las buenas intenciones con las intenciones comerciales).
El desarrollo de las ciudades trae nuevos desafíos, en áreas de planificación que deben incorporar ciencias de la tierra, pues ya no basta con pavimentar calles, construir veredas, colocar semáforos, construir escuelas y hospitales en cualquier parte. Se deben incorporar criterios de seguridad y prevención ante desastres naturales, donde es fundamental la hidrología, la geomorfología, la mecánica de suelos, la meteorología, y avanzar en pronósticos en áreas donde llevamos décadas de atraso. No bastan las rentabilidades en proyectos inmobiliarios o comerciales que no consideran aspectos territoriales y geográficos. Menos en proyectos sociales desarrollados por el Estado que debiesen tener más fuerza para pensar en el largo plazo. Es tiempo de hacer las cosas mucho mejor, para lo cual se debe avanzar en un cambio de mentalidad, así como ocurrió con el cinturón de seguridad que en los 80 nadie utilizaba. Hay que pensar en escalas de 100 años, y no en 20 como suele hacerse.
Por ello, para no repetir o lamentar pérdidas de vidas humanas, ni en Tocopilla, ni en Copiapó, ni en Petrohué, ni en el borde costero, ni en otras minas, o lugares de trabajo, hay que reconocer que seguir haciendo las cosas “a la chilena”, donde el riesgo se disfraza de ingenio y la improvisación se disfraza de proactividad, no significa necesariamente actuar con responsabilidad ni pulcritud. No se puede producir reduciendo seguridad, y no se puede construir en cualquier lugar con impunidad.
Hay que indignarse con aquellos que por ahorrarse pesos sacrifican o ponen en riesgo la vida de las personas, porque para entretenerse están las películas, pero para vivir sólo tenemos un vida que hay que cuidar y valorar.