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El Paine se mira y no se toca: reflexiones de una visita

Por Ramón Arriagada Miércoles 30 de Noviembre del 2016

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En el mes de septiembre recibo un correo inesperado. Danny, mi amigo gringo, becado por el America Field Service, cuando en el año 1966 cursábamos el último año de nuestras humanidades. Me informa que por haber cumplido de nuestro egreso, ya cincuenta años, vendrá a Chile y cumplirá con su anhelo de visitar el Parque Nacional Torres del Paine y en especial -agradezco su deferencia- a este ciudadano, hoy natalino.

Acompañado por su “hermano” chileno Helmuth, un prestigioso odontólogo chillanejo, los vi aparecer en la modificada recepción del aeropuerto puntarenense. De paso, me pareció injustificado, tanto por accesibilidad como por estética constructiva, el muro que impide ver quien llega a recoger  sus maletas. Lo justifico porque los viajeros son tan frecuentes en los aeropuertos, que se perderá esa sensación y relación, a la cual hacía mención un puntudo columnista, quien sostenía que las despedidas en el aeropuerto de Punta Arenas, era como dejar atrás a reos en un presidio. Eso, cuando subir a un avión era privilegio de unos pocos.

Bien dicho está afirmar que la amistad es un alma que habita en dos cuerpos, a lo cual un pensador griego complementaba, que la amistad es un corazón que habita en dos almas. De ello, tomas conciencia, cuando al reencontrarte con un viejo amigo, el diálogo se da tan fluido, quedando la impresión que al producirse el alejamiento en el tiempo, sólo ha quedado puesta una coma, como apuesta al infinito. Fue la sensación de mi reencuentro con Danny mi amigo lejano, ciudadano californiano, fotógrafo de los buenos en cine y televisión.

Esta visita me permitiría mostrar a mis visitantes, los escenarios y circunstancias que forman parte de nuestra rutina cotidiana. A la vuelta de la salida del aeropuerto, mostrar a la visita el estrecho de Magallanes ya es apabullante; en un día despejado, señalar la otra orilla del paso oceánico y decirle que eso es Tierra del Fuego, es apoteósico; más allá la Perla del Estrecho, Punta Arenas, ya les parece un abuso a su capacidad de absorber puntos geográficos -en pocas horas- hasta antes del viaje, insólitos y extravagantes.

Con días de visibilidad ilimitada; recorrer el camino hasta Puerto Natales por campos fecundos en vida animal en tiempos de parición;  la estepa de Cacique Mulato un enclave con reminiscencias y evocaciones de la campiña escocesa. A la salida del Cordón Arauco la visión de las Llanuras de Diana y el valle de Ultima Esperanza. Antes de enfrentarlo un viejo guía lo anunciaba diciendo, “En el próximo valle señores, está el Paraíso”, era su apuesta para ir levantando los ánimos de los viajeros en aquellos poco amigables caminos de ripio.

Allí, estaban atónitos mi amigo Danny y su hermano Helmuth, en medio de nuestra Patagonia profunda, ese domingo bendito; el locutor de la radio argentina cercana lo calificaba con cierta sorna como “un día peronista”. La explicación correspondiente de la ironía.  Abundando en la cercanía con nuestros vecinos las historias de los desencuentros y acercamientos, para llegar al consabido grito que da origen al ¡Ésta es tu Patagonia, viejo!

Ese mediodía, la cordillera Paine, era como un gigante tumbado al sol; en el cielo sólo las estelas de los aviones y su atrevido intento de mostrar a los pasajeros la cordillera de cristal. Nosotros en tierra, dándole la oportunidad al fotógrafo  californiano de eternizar con sus conocimientos de la luz y la óptica, nuestros territorios indefensos, incapaces de defenderse ni ante la acción depredadora del hombre ni ante sus  halagos. 

Reflexiono, mientras gringuito amigo se contornea con trípodes, grandes angulares y su colección de “zoom”; no está lejano el día en que deberemos replantearnos el futuro de este Paine nuestro de cada día. Restricciones necesarias para no exponerlo, al hacerlo aparecer tan dadivoso con el visitante, que lo sigue pisoteando.