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Excesos inaceptables

“Humorismo”, según la Real Academia Española, es el “modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”. Es una definición clara y completa. Pero que no es fácil aplicar en las contingencias de la vida real.
[…]

Por Abraham Santibáñez Sábado 16 de Abril del 2016

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“Humorismo”, según la Real Academia Española, es el “modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”. Es una definición clara y completa. Pero que no es fácil aplicar en las contingencias de la vida real.
En el caso chileno, los problemas del humor ya llevan casi dos siglos de existencia. Desde la Independencia, con la consolidación de los medios impresos, hemos tenido un humorismo polémico, que se basa en resaltar defectos físicos o psicológicos, que hace mofa de todo. A Bernardo O’Higgins lo caracterizaron en su tiempo como un burro.
Han estado en el banquillo Balmaceda, Alessandri, Carlos Ibáñez y todos los políticos que se pusieron en la mira de los caricaturistas.
En el último tiempo, sin embargo, el humor se ha hecho más hiriente que nunca. Los ejemplos abundan, pero no cabe duda de que el más deslenguado es Yerko Puchento.
La nueva temporada de “Vértigo” con el personaje de TV que crearon el actor Daniel Alcaíno y el libretista Jorge López, ya lleva dos presentaciones. En su primera rutina demolió a políticos acusados ante las Fiscalías, a dirigentes deportivos que ya no están en el país y a un vasto universo de rostros de actualidad. En la segunda, el jueves pasado, personalizó menos, pero insistió en la procacidad, el lenguaje coprolálico y las alusiones fálicas.
Me parece que ha llegado la hora de hacer una evaluación profunda de los exabruptos de quien, por años, se ha ganado la vida gracias a su vulgaridad, aplaudido mayoritariamente en las redes sociales que poco o nada discriminan en estas materias.
Una vez más, como sociedad, deberíamos preguntarnos dónde está el límite. ¿El derecho a expresarse libremente, tan ardorosamente defendido en tiempos difíciles por periodistas y comunicadores, da derecho para faltar el respeto a cualquier persona, conocida o no? ¿O deberíamos callar precisamente por respeto a la libertad?
Personalmente, creo que el límite lo marca la dignidad de las personas.
Gracias a Don Francisco y la Teletón se ha entendido que las discapacidades no pueden ser motivo de burlas. Paulatinamente hemos ido elevando el standard en materia de respeto ante las opciones sexuales. En algunos casos ha sido necesario generar leyes, como la Ley Zamudio.  Ahora se está en tren de regular el acoso en lugares públicos.
Habría hablado mucho mejor de nosotros, como comunidad, si estas regulaciones no hubiesen sido necesarias. ¿Tendrá que ocurrir lo mismo para terminar con el dudoso humorismo de Yerko y sus admiradores?