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Femicidas y feminazis

Por Alejandra Mancilla Domingo 22 de Mayo del 2016

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Hace unos días en Aysén una mujer de 28 años y madre de cuatro hijos fue encontrada en la calle, inconsciente, con sus ojos arrancados de sus órbitas, el cráneo fracturado, los dientes rotos y parte de su masa encefálica perdida. Al momento de escribir, se encuentra en la Uti de Coyhaique, mientras su pareja y un amigo están siendo interrogados por Carabineros para determinar su participación en los hechos. La ministra del Servicio Nacional de la Mujer, Claudia Pascual, anunció que el organismo se querellará contra quienes resulten responsables de la agresión, y resumió que “no hay nada que justifique este nivel de violencia y crueldad. Ni los celos, ni el alcohol, ni las drogas, nada. Esto sólo se sustenta en la cultura machista que utiliza y reduce a las mujeres y las siente como si fueran de su propiedad”.
Hace unos días, también, apareció una entrevista a la psicóloga y fotógrafa de 54 años, Kena Lorenzini, una de las mujeres que más ha levantado la voz en Chile por la igualdad de género. Lorenzini fundó hace unos años el proyecto editorial “La Mansa Guman”, donde sólo podíamos colaborar mujeres y que buscaba denunciar cada día el machismo recalcitrante del que tanto nos cuesta salir. Leer La Mansa Guman era como tomar una bocanada de aire fresco de ésas que se necesitan para seguir corriendo; y escribir en “La Mansa Guman” era como echar una mirada cómplice sabiendo que al otro lado entenderán perfectamente el gesto. Fue una lástima que se acabara después de un par de años, quizás en parte porque -como bien dice Lorenzini en la entrevista- en Chile a las feministas se las descalifica casi automáticamente como “feminazis”, y la Mansa Guman era lo suficientemente “feminazi” como para espantar a los auspiciadores convencionales. A mucha honra.
En un país donde algunos jefes todavía tratan a sus subordinadas de “niñitas”, donde a las ministras se las juzga más por la joyería que llevan puesta que por sus argumentos, y donde el acoso sexual institucionalizado recién empieza a salir a la luz, ser feminazi parece ser la única opción moralmente aceptable para las mujeres. Más aún, en un país donde a las mujeres todavía se nos puede cortar con tijeras de podar (ver caso de femicidio frustrado en Ovalle), donde se nos puede acuchillar y quemar vivas (ver caso de femicidio frustrado en Chiguayante), y donde se nos puede arrancar los ojos y dejar tiradas en la calle sin motivo (porque no hay motivo que justifique arrancarle los ojos a alguien y dejarla tirada en la calle, como ocurrió en Coyhaique) ser feminazi es un imperativo moral, y ser tildada de feminazi debería ser considerado no un insulto, sino un halago. La vida es, sin duda, mucho más rica e interesante cuando entre el blanco y el negro abundan los tonos de gris. Ante casos extremos de pisoteo a las mujeres y a sus derechos como los que lamentablemente siguen ocurriendo en Chile, sin embargo, no queda más que situarse en el otro extremo. Levantar la voz cada vez que se nos calla, devolverle el golpecito en el hombro a quien nos golpea el propio y, sobre todo, formar a nuestros niños y niñas para que aprendan a respetarse y a reconocerse como iguales desde la sala cuna para adelante. A gritar: “¡Ni una menos!”
http://alejandramancilla.wordpress.com