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Frenar o acelerar

En  estos días que tanto se habla del “frenazo” del gobierno a las reformas  me recordé de un ciudadano natalino que le gustaba experimentar con los mandos de los nuevos automóviles, que hicieron su aparición con el establecimiento de la Zona Franca (1978). Primero hizo lo que acostumbraba, sobre todo en pleno Cordón Arauco, cortar el contacto para ahorrar combustible; aprovechar el impulso del vehículo y llegar al plano. Desconocía que el nuevo sistema al apagarlo trababa hasta la dirección. Lo salvó la ancha y generosa banquina.
[…]

Por Ramón Arriagada Miércoles 29 de Julio del 2015

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En  estos días que tanto se habla del “frenazo” del gobierno a las reformas  me recordé de un ciudadano natalino que le gustaba experimentar con los mandos de los nuevos automóviles, que hicieron su aparición con el establecimiento de la Zona Franca (1978). Primero hizo lo que acostumbraba, sobre todo en pleno Cordón Arauco, cortar el contacto para ahorrar combustible; aprovechar el impulso del vehículo y llegar al plano. Desconocía que el nuevo sistema al apagarlo trababa hasta la dirección. Lo salvó la ancha y generosa banquina.

Lo peor sucedió cuando experimentó probar el freno de mano para ver la respuesta del móvil. Como el camino era aún de ripio la pesada “fargo” entró en un trompo infernal.  Su pequeño cuerpo giraba dentro de la cabina como en el interior de una secadora de ropa. Jamás comprendió lo sucedido, toda explicación estaba fuera de su lógica. Sí, la experiencia le enseñó lo difícil  que  es detener una masa en movimiento. Equivalente a detener una marcha de gigantes.

Concatenando las experiencias del osado conductor con el momento político que vivimos, declaro mis dudas respecto a la validez de aquellos argumentos que plantean la necesidad urgente de la gradualidad en las reformas y el “frenazo”, debido a los momentos de desaceleración en la economía mundial. 

Por la rendijas oscuras de la política nacional, no faltan quienes hablan de un clima de “desgobierno”; un afán de desprestigio hacia los políticos, como si estos no fueran parte de nuestro paisaje e idiosincrasia. En los libros viejos compré uno excepcional de un desconocido Ernesto Würth titulado “Ibáñez, caudillo enigmático”, donde describe que los opositores publicaban avisos en El Mercurio en el año 1935  pidiendo, “Se necesitan señoritas manicuras para afilar uñas. Tratar Morandé 80. Muchas llegaron a la puerta de La Moneda.

Es cierto, se nos viene por mucho tiempo, una baja en el precio del cobre a menos de dos dólares la libra; un alto precio para el dólar que beneficia a los exportadores; los mecanismos del mercado harán bajar el caudal importaciones  inútiles, siendo esta una buena posibilidad para la sustitución. Aquí es cuando nos percatamos que economías abiertas proclamadas por el neoliberalismo, no traen crecimiento ni equidad, pero sí concentración económica. Ese es el sentido de la Reforma Económica, que pague el 20 por ciento de mayores ingresos.

Pocos saben que el nuevo mecanismo tributario,  ya le ha proporcionado este año mil millones de dólares extras al fisco, que servirán para educación y salud. En el sentir de la gente está la necesidad de una mejor distribución de la riqueza del país. Los poseedores del gran capital saben lo difícil que es crecer en períodos de erupciones sociales y en el fondo quieren también un país en paz.

Y a propósito de frenazos y paradas en seco. Me gustó la de Flies a la Cámara Franca, quienes querían dirigir la posición del gobierno regional frente al contrato de la administradora actual. “Ellos no tienen ninguna influencia en este contrato, porque ellos demostraron que, en 30 años, primero los aportes no fueron nada y, finalmente, desde el punto de vista público, han demandado al Estado y hemos tenido que pagarle 4.200 millones de pesos”. ¡Que se dediquen a administrar sus negocios y nosotros administraremos el contrato!, concluyó el intendente. Posición digna de un gobernante que tiene clara su hoja de ruta, sabiendo cómo y cuándo aplicar freno de mano.