Necrológicas
  • Ruth Oladia Casanova Villegas
  • Inés Carreño Carreño

La violencia que destruye y el anhelo de vivir en paz

Por Marcos Buvinic Domingo 16 de Julio del 2017

Compartir esta noticia
169
Visitas

Los recientes hechos de violencia vividos en Puerto Natales con la horrible golpiza que un grupo -entre ellos algunos carabineros, ahora ex carabineros- dieron a otros, dejando a uno en riesgo vital, así como tantos otros hechos de violencia que nos rodean cada día: la violencia de la delincuencia, la violencia intrafamiliar y, particularmente, la violencia contra las mujeres, la violencia que sufren los niños del Sename, y una larga lista que cada uno puede completar, no dejan indiferente a nadie y dan mucho que pensar.

¿Qué nos pasa como sociedad y como país que vivimos en un creciente ambiente de violencia? Se trata de una pregunta fundamental, pues choca con uno de los anhelos más hondos del ser humano, pues algo que todas las personas quieren y buscan es vivir en paz. ¿Qué nos pasa?

En la historia siempre ha habido violencia, en diversas formas: guerras, explotación, injusticias y abusos, diversas formas de criminalidad, etc. La agresividad tiene bases biológicas y sicológicas en el ser humano, y a su vez se condiciona mutuamente con la estructura social y las formas culturales. Así, es posible que existan sociedades y culturas más o menos violentas, según se maneje o no se maneje la agresividad, según se la eduque o no, según se sancione o no las conductas violentas.

Todas las formas de violencia tienen en común el uso de una fuerza que busca someter o anular a otra persona o a un grupo. Esa fuerza que se ejerce sobre otros busca conseguir algo que ni la palabra, ni el derecho, ni la moral consentirían. Con la violencia se busca coartar la libertad del otro, avasallar su voluntad y someterlo; se busca paralizar al otro mediante el temor, destruir su capacidad de resistencia y hacer que termine reconociendo su impotencia. La violencia, en cualesquiera de sus formas, es la brutalidad de la fuerza que no conoce razones ni respeta a los demás.

Entonces, podemos preguntarnos cómo es posible que en una sociedad tan marcada por la afirmación de los derechos de las personas -y de todos los tipos de personas- no se respete el derecho fundamental de la dignidad y libertad del otro. Aquí es cuando queda claro que no basta la afirmación de los derechos para convivir en paz, tampoco basta un cuerpo legal que estipule detalladamente las sanciones a quienes usen y abusen de la fuerza sobre otros, tampoco bastan las reiteradas denuncias acerca de la violencia y los gritos de quienes quieren vivir en paz.

Sin una consistente formación valórica que toque el fondo del corazón humano la violencia siempre irrumpe donde menos se la espera. Sin una clara y explícita educación para la convivencia fundada en la dignidad de cada persona, la violencia impone su fuerza. Sin el desarrollo y estimulo social a una cultura de la paz en la convivencia cotidiana, los violentos imponen su terror a los demás.

El peligroso asunto de la violencia se resuelve -al final- en el corazón humano y en los estímulos que la sociedad ofrece para convivir pacíficamente; pero eso es muy difícil que ocurra en una sociedad materialista y competitiva, en una cultura exitista en la que muchos acumulan frustraciones, en una sociedad en la que el cariño y el respeto no se aprenden cada día en las familias y escuelas, en una sociedad en la que la formación valórica se deja relegada en los últimos rincones.

Para no ceder a la tentación de la violencia -en cualquier de sus formas- hay que querer ser una persona de paz, y ese es un deseo que -para todos, creyentes y no creyentes- viene del Espíritu de Dios, pues la paz es uno de sus frutos principales. Los invito a decir, con el pacífico Francisco de Asís: “Señor, has de mí un instrumento de tu paz”.