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Ley Emilia: las cosas por su nombre

El joven Gonzalo Rojas de 27 años pasará sus próximos 9 años de vida en la cárcel al ser el primer condenado bajo la “Ley Emilia”, referida a la conducción con resultados de muerte o lesiones graves estando bajo los efectos del alcohol. En las imágenes de televisión se observó la violenta reacción de familiares y conocidos del condenado al enterarse de la decisión judicial, emprendiendo con insultos y golpes en contra de algunos medios de prensa que cubrían la noticia, pero también en contra de la familia de la víctima, Pablo Ascencio de 24 años, que emocionados recibían el dictamen entregado por el Tribunal Oral en lo Penal de Viña del Mar.
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Por Eduardo Pino Sábado 6 de Junio del 2015

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El joven Gonzalo Rojas de 27 años pasará sus próximos 9 años de vida en la cárcel al ser el primer condenado bajo la “Ley Emilia”, referida a la conducción con resultados de muerte o lesiones graves estando bajo los efectos del alcohol. En las imágenes de televisión se observó la violenta reacción de familiares y conocidos del condenado al enterarse de la decisión judicial, emprendiendo con insultos y golpes en contra de algunos medios de prensa que cubrían la noticia, pero también en contra de la familia de la víctima, Pablo Ascencio de 24 años, que emocionados recibían el dictamen entregado por el Tribunal Oral en lo Penal de Viña del Mar.
Además del atropello, que le significó 5 años de pena, se agregaron otros 4 más por haberse dado a la fuga y no ayudar a la víctima, la que agonizó durante horas. Rojas huyó del lugar para ir a esconderse al departamento de una amiga. Cuando se le apresó y aplicó la prueba de alcoholemia, argumentó que dio positiva ya que bebió después de haber arrollado a Ascencio. Más allá de la histérica reacción de la madre del condenado, que insultó violentamente a la familia de la víctima, o de la inverosímil explicación para justificar los grados etílicos en la sangre del conductor; este histórico fallo judicial se convierte en una decisión sin precedentes que envía una clara señal a la ciudadanía: se acabó la fiesta para los que todavía piensan que curados manejan mejor, o en su defecto para los borrachos que les importa un carajo la vida de los demás.
Más allá de la frustración y dolor experimentados, la madre de Rojas quizás esperaba que la pena para su hijo fuese mucho menor, hasta incluso firmando para evitar la cárcel efectiva, como ha pasado con casos emblemáticos que todos hemos conocido. Pero la “Ley Emilia” parece prometer duras penas que esperamos hagan reflexionar a los que todavía creen que se puede conducir sin problemas cuando se ostenta un estado de conciencia alterado.
Estremece escuchar a Benjamín Silva, padre de Emilia y principal activista de la ley, cuando expresa que al sujeto que le dio muerte a su hija de sólo meses de vida, le fue aplicada la pena de dos años de firma mensual. Creo importante destacar su cruzada, que contempla una fundación dedicada a la educación de las personas para asumir con mayor responsabilidad este delicado tema, además de entregar apoyo a las familias que han sufrido la muerte de un ser querido a manos de ebrios al volante. Pero también quiero destacar una intervención que me llevó a reflexionar en la precisión del lenguaje: en estos casos no se puede hablar de “accidentes de Tránsito”, sino de “delitos viales”. No puedo estar más de acuerdo con este cambio de conceptos, pues lejos de resultar un resquicio semántico, debe influir en la forma de procesar cognitivamente las implicancias de estos lamentables, pero evitables acontecimientos.
Actualmente más de 60 personas son procesadas en la misma condición que se encontraba Gonzalo Rojas. Más allá de las consideraciones propias de cada caso, esperamos ser testigos que la “Ley Emilia” se siga aplicando rigurosamente para disuadir a los que creen imposible convertirse en asesinos a pesar de manejar borrachos. Se lo debemos a las familias, tanto de víctimas como de victimarios, ya que la inconsciencia de estos irresponsables sólo trae muerte, dolor y sufrimiento. Es que el concepto de “Tolerancia Cero”, pocas veces estuvo mejor aplicado.