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Mi transición y don Patricio

A medida que pasan los años, uno va tomando conciencia de los personajes buenos o malos que nos han ido acompañando, cuyos decesos son como hitos de la República que quedan en el inconsciente y consciente colectivo, tanto como las imágenes de sus vidas. De los buenos líderes y personajes recuerdo la partida de don Clotario Blest y su testimonio de vida y hombre bueno, del cardenal del pueblo don Raúl Silva Henríquez y su defensa de los derechos humanos en dictadura, de Manuel Bustos y su coherencia en las reivindicaciones de los trabajadores de Chile, de Gladys Marín y su consecuencia aunque no siempre estuve de acuerdo con ella, y ahora de don Patricio Aylwin a quien conocí en el Instituto Nacional y luego pude compartir en momentos de mi vida partidaria en la DC. De don Pato, como le llamamos los democratacristianos con cariño y admiración, pude presenciar su permanente sencillez y amabilidad para cualquiera que se le acercase (hoy hay políticos que con un poco de poder no saludan, pasan de largo más preocupados de aparecer y mostrarse en las redes sociales que de conectarse personalmente con las personas y sus electores).
[…]

Por Juan Francisco Miranda Jueves 21 de Abril del 2016

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A medida que pasan los años, uno va tomando conciencia de los personajes buenos o malos que nos han ido acompañando, cuyos decesos son como hitos de la República que quedan en el inconsciente y consciente colectivo, tanto como las imágenes de sus vidas. De los buenos líderes y personajes recuerdo la partida de don Clotario Blest y su testimonio de vida y hombre bueno, del cardenal del pueblo don Raúl Silva Henríquez y su defensa de los derechos humanos en dictadura, de Manuel Bustos y su coherencia en las reivindicaciones de los trabajadores de Chile, de Gladys Marín y su consecuencia aunque no siempre estuve de acuerdo con ella, y ahora de don Patricio Aylwin a quien conocí en el Instituto Nacional y luego pude compartir en momentos de mi vida partidaria en la DC. De don Pato, como le llamamos los democratacristianos con cariño y admiración, pude presenciar su permanente sencillez y amabilidad para cualquiera que se le acercase (hoy hay políticos que con un poco de poder no saludan, pasan de largo más preocupados de aparecer y mostrarse en las redes sociales que de conectarse personalmente con las personas y sus electores).
Yo nací después del golpe de Estado, y los recuerdos de mi niñez conviven con el inicio de las protestas al dictador, con las marchas estudiantiles viendo a una generación de jóvenes que sólo exigían más democracia, justicia y libertad. Jóvenes que no querían formar familia y crecer con miedo y sin libertades. Eran los 80, se cae el muro de Berlín y se derrota la dictadura en las urnas en forma pacífica. No tenía la mayoría de edad para votar en el plebiscito, pero con 14 años y menos, mi generación, la de adolescentes conscientes de lo que se vivía y se jugaba, igualmente estábamos en las calles protestando, participando de cuanta marcha o concentración se hacía contra Pinochet y su régimen, pues se olía y se respiraba la necesaria y urgente salida de la dictadura. El miedo iba quedando atrás.
Como en tantas familias de chilenos, en esa época no se hablaba mucho de política, o bien se hacía sigilosamente, pues como en toda dictadura la desconfianza se imponía desde todas partes. El gran triunfo fue perder el miedo. En esto don Pato y tantos otros contribuyeron notablemente. Del mismo modo, su impronta de maestro y profesor permitió comprender lo que ocurría en muchas de las familias (tenía tíos “fachos” y también “comunistas” con el mismo apellido y seguíamos siendo familia). Era necesario generar instancias de reconciliación y reencuentro, abriendo las puertas a la verdad y justicia en DD.HH., pero haciendo un llamado a la unidad, pues como bien lo señaló en el estadio Nacional “¡Chile es uno solo! ¡Las culpas de personas no pueden comprometer a todos! ¡Tenemos que ser capaces de reconstruir la unidad de la familia chilena!”. Su gobierno estuvo con la sombra y constante provocación del dictador con su Ejército en permanente estado de alerta. Fue la búsqueda de acuerdos y sus convicciones democráticas las que permitieron transitar a una democracia imperfecta, pero democracia al fin.
Hoy parece fácil criticar por lo que no se hizo, o la aparente debilidad ante el dictador. Los que lo hacen son los mismos que creen hacer una revolución a través de las redes sociales, o con capucha sin rostro descubierto. Yo les recordaría que su libertad de opinión es parte del legado de don Pato y tantos otros, que lucharon contra la opresión, pidieron perdón por sus errores, e iniciaron un nuevo periodo de democracia.
Don Pato conjugó autocrítica con sabiduría. Recuerdo un encuentro con él hace unos años cuando nos decía “en todo el proceso de la vuelta a la democracia hemos puesto mucho énfasis en ser democráticos, pero en este tiempo deberíamos poner más énfasis en ser cristianos”.