Necrológicas

Nuestro bendito gas de cada día

Escribo esta columna, mientras me preparo para abordar el avión ya de regreso a Magallanes, después de una estadía en la zona del Bío-Bío, en momentos que los habitantes del Chile central han recibido la bendición de lluvias, por meses pedidas desde una tierra que se secaba hasta quedar resquebrajada. Hoy es posible ver nítidas las contorneadas alturas de la cordillera como merengues que traen auspicios de mucha agua para las siembras de la primavera. Pero como no toda felicidad es completa, el frío de la sensación térmica ha golpeado inclemente a los hogares, oficinas, edificios y  habitantes, no acostumbrados a soportar por tiempo prolongado temperaturas cercanas a los cero grado.
[…]

Por Ramón Arriagada Miércoles 22 de Julio del 2015

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Escribo esta columna, mientras me preparo para abordar el avión ya de regreso a Magallanes, después de una estadía en la zona del Bío-Bío, en momentos que los habitantes del Chile central han recibido la bendición de lluvias, por meses pedidas desde una tierra que se secaba hasta quedar resquebrajada. Hoy es posible ver nítidas las contorneadas alturas de la cordillera como merengues que traen auspicios de mucha agua para las siembras de la primavera. Pero como no toda felicidad es completa, el frío de la sensación térmica ha golpeado inclemente a los hogares, oficinas, edificios y  habitantes, no acostumbrados a soportar por tiempo prolongado temperaturas cercanas a los cero grado.

Para hacer más grave este rechinar colectivo de dientes, ciudades como Chillán, Los Angeles y  Concepción deben soportar cielos con cerrazones  de humos provenientes de la quema de leña y otras fuentes contaminantes que debilitan los rayos solares. Hace unos días  visitó la zona el subsecretario de Medio Ambiente para declarar al Gran Concepción, zona saturada en cuanto a contaminación atmosférica. Algo impensado hace unos años para un territorio situado en la costa,  con buenos niveles de ventilación y lluvias abundantes.

A quién no le ha sucedido estando en la zona central de Chile en invierno y al dar muestras de frío por fallas de la “termocupla magallánica”, como la denomina un amigo, debemos dar latas explicaciones sobre la bendición de contar con el gas natural. Es nuestro oxígeno, nuestro factor de vida; bien suministrado da la posibilidad de democratizar su acceso. Aquellos que los tienen como calefacción central, pueden sentirse parte de un Olimpo terrenal. Todas estas reflexiones, luego de ver la lucha de los habitantes de esta parte del Chile congelado, con los aparatos a parafina, los cilindros de gas licuado y la leña verde. No olvidemos lo más importante, que ese gas nuestro de cada día, sigue en los hogares magallánicos, porque la razón y la fuerza de todos, convenció a la autoridad central que era un elemento no sujeto a transacciones. 

Por favor, que el centralismo no siga considerándolo como parte de los subsidios -por vivir en esta región- el tener gas natural accesible. Ello, porque en la Región del Bío-Bío el Estado ha anunciado un Plan de Descontaminación que superará en subsidios los 100 millones dólares. Lo primero que se subsidiará será el cambio de estufas(calentadores en Magallanes), ya que los antiguos “braseros” de carbón vegetal pasaron al museo de los artículos hogareños, siendo reemplazados por improvisados calefactores a leña no certificados. Son los más contaminantes pero también  los más económicos, calefaccionan una casa de 80 metros cuadrados, ocho horas diarias durante un mes por $37.000.

Para los valores anteriores, la parafina tiene un costo de $53.000, gas licuado $59.000, electricidad $138.000. Los valores están referidos a la calefacción que brinda una temperatura de 18 grados Celcius. Por lo tanto, no están considerados los costos de combustibles para  uso domiciliario (cocinar alimentos y agua caliente), “Hay que vigilar hasta el piloto del calefont”, me informa una dueña de casa atenta a los gastos hogareños.

Al regresar a Magallanes, quería hacer llegar esta  percepción de tanta simpleza, nos indica el valor de lo que poseemos, lo dimensionamos sólo cuando nos falta.