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Otra historia de misericordia

Por Marcos Buvinic Domingo 15 de Mayo del 2016

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Los relatos de la misericordia que se manifiesta en la vida de tantas personas nos permiten ver lo mejor del ser humano, el cual puede hacer crecer flores en medio del basural y mostrarnos que la misericordia es el otro nombre de Dios. Aquí va otra historia de misericordia.

Hace casi 80 años España ardía por los cuatro costados a causa de una guerra fratricida y absurda que desgarraba al país, desbordando odio acumulado y violencia irracional, y sumergiendo a ese pueblo en un reguero de sangre.

En un pueblito de la comarca de Alcarria, el 26 de febrero de 1937, cuatro desconocidos llamaron a la casa de Juan Antonio y María Luisa. El era un campesino tostado por el sol y los afanes de cuidar un pequeño rebaño; ella, una esforzada dueña de casa, de corazón grande y sencillo. Era un matrimonio feliz en su vida de trabajo y la crianza de los cuatro hijos pequeños. Era ya de noche, estaban cenando. Los cuatro desconocidos, preguntaron a Juan Antonio si podía venderles unas ovejas. Les respondió que en ese momento no tenía ninguna a la venta, pero que un vecino suyo podría hacerlo: “puede ser que él tenga”, y salió para indicarles donde vivía. “Vuelvo enseguida”, dijo a su mujer. Al ver que tardaba en volver, María Luisa salió a la calle a buscarlo y la acompañaron no pocos vecinos, pero todo fue en vano Cuando amaneció, encontraron a Juan Antonio con un tiro en la nuca. Aquellos asesinos sin entrañas destrozaron esa familia, dejando una mujer viuda de 32 años y huérfanos a sus cuatro hijos.

A María Luisa nunca le oyeron decir una palabra de odio ni de venganza. Era una creyente de una sola pieza. Hablaba poco, pero hacía mucho; siempre cariñosa y cercana. Trabajó incansablemente para sacar su familia a flote.       

Pasaron dos años y lograron detener a los asesinos de Juan Antonio; en un juicio sumarísimo los condenaron a muerte. María Luisa se enteró y -sin dudarlo- se presentó ante el capitán general de Madrid y le dijo: “yo soy la viuda del señor Juan Antonio y me he enterado que van a fusilar a los que mataron a mi marido. Le pido de rodillas que no hagan más viudas, conmigo ya sobran. Yo ya les he perdonado en mi corazón. Si ellos se arrepienten y quieren cambiar de vida y lo demuestran, déjenlos en libertad para que la rehagan”.

Pasaron 50 años y la vida de María Luisa se apagó como una velita. El funeral fue una apoteosis, ella jamás se lo hubiera soñado. El pueblo estaba lleno de gente, la iglesia repleta y todos la acompañaron al cementerio. El ataúd lo llevaban su hijo mayor, su nieto mayor y dos de los que mataron a su marido, con lágrimas en los ojos todavía… Al corazón de esos criminales les llegó el raudal de la misericordia de Dios a través de María Luisa, lloraron su pecado y cambiaron de vida.

He tomado esta historia de misericordia del relato que hace uno de los hijos de María Luisa, quien es un sacerdote misionero que ha servido por más de 30 años en Chile, el cual dice: “este hecho me conmovió hasta las raíces. Pensé que si una mujer humilde y sencilla, profundamente cristiana, fue capaz de ese derroche de misericordia, cómo será la misericordia de Dios. Fue como asomarme al océano inabarcable de la misericordia de Dios”.