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Cuentan que el Marqués de Salisbury, ministro de Relaciones Exteriores en los gobiernos de Disraeli y formidable orador, tuvo una pesadilla en que soñaba que estaba pronunciando en la Cámara de los Lores un discurso torpe y lleno de incoherencias. Despertó sobresaltado para darse cuenta que, en efecto, estaba en la Cámara de los Lores pronunciando un discurso torpe y lleno de incongruencias.
[…]

Por Jorge Abasolo Lunes 3 de Agosto del 2015

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Cuentan que el Marqués de Salisbury, ministro de Relaciones Exteriores en los gobiernos de Disraeli y formidable orador, tuvo una pesadilla en que soñaba que estaba pronunciando en la Cámara de los Lores un discurso torpe y lleno de incoherencias. Despertó sobresaltado para darse cuenta que, en efecto, estaba en la Cámara de los Lores pronunciando un discurso torpe y lleno de incongruencias.
– “Estoy escribiendo un libro”, se excusó ante sus atónitos pares.
Traigo a colación el chascarro para retratar un tanto la realidad política chilena, cuajada de exageraciones, errores y abusos.
Hacia donde volquemos la mirada percibiremos transacciones espurias, componendas soterradas y esos cubileteos políticos que refrendan el divorcio política/ciudadanía.
Hace poco fuimos sorprendidos una vez más con la conducta inmoral de un grupo de parlamentarios, quienes sólo después de intensas presiones devolvieron los viáticos obtenidos de forma irregular. Sería interesante que la devolución considerara dos períodos legislativos, o al menos cinco años retroactivos, y las sanciones correspondientes, si es que existiesen.
Pero, sería una pérdida de tiempo. Pedir justicia en estos casos es tan improductivo como dibujar en el agua.
En un escenario así, tan vergonzante como surrealista, los políticos algo se han despercudido, aunque no lo suficiente.
La derecha -golpeada y jibarizada- anuncia entonces la creación de un nuevo referente, tratando de expiar sus culpas por estar en el epicentro del contubernio política/negocios. La derecha está repensando su visión y ha creado los cimientos de su nuevo impulso político, forjado más por la atormentada realidad en la cual se debate, más que por una aguda percepción de la realidad.
Por su parte, la Nueva Mayoría no termina de sacudirse del sambenito que le dejaron los casos CAVAL y SOQUIMICH. Ahora, en un gesto de constricción pocas veces visto en la “clase política” comenzaron a percatarse de que no es posible llevar a cabo en plenitud, todo ese ambicioso programa con que encantaron (¿o encandilaron?) a quienes depositaron la confianza en ellos. Más vale tarde que nunca, reza un adagio. Sacaron las cuentas y pudieron  constatar que la ecuación simplemente no cuadra: por presupuesto, por la incapacidad del Estado para procesar las reformas y por mensurar la economía chilena bajo el prisma del “tejo pasado”, tan ancestralmente chilena.
¿Quién paga el costo de toda esta atmósfera pestilente de anemia moral?
El ciudadano de a pie. El hombre común y corriente, ya desgarrado por la borrasca de la desconfianza. Y conste que cuando hablamos de confianza, hay que hacer el distingo entre aquella que se da entre conocidos y entre extraños. En inglés la distinción es entre trust y confidence.
La confianza en Chile se reduce hoy día sólo al ámbito familiar y a los amigos. De allí hacia arriba campea la desconfianza, que se proyecta hacia los vecinos y hasta compañeros de trabajo.
Un imperativo de conciencia nos lleva a reconocerlo: los políticos -salvo honrosas excepciones- han tenido una alta cuota de responsabilidad en la instauración de esta cultura de la desconfianza.
Y esto es lo que nos alarma, pues cuando los que mandan pierden la vergüenza, los mandados pierden el respeto.
O dicho en lenguaje más prosaico: en Chile no faltan cloacas. Lo que pasa es que sobran cagadas.