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Santiago es un monstruo grande y pisa fuerte

Por Ramón Arriagada Miércoles 27 de Abril del 2016

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Coincido con muchas opiniones cuerdas que plantean que la descentralización no ha avanzado por la profunda desconfianza de las élites políticas. Con su miopía y superficialidad de juicios, consideran  que la entrega de poder y recursos a las regiones, elevará los niveles de corrupción pues el Estado perderá el control de las cosas.

En esta línea de análisis, el investigador Camilo Vial en su columna de un diario de circulación nacional enfatiza: “Como si las élites políticas, normalmente afincadas en Santiago, fueran garantes de la probidad y la transparencia, mientras que en la periferia abundaran  gánsteres, bandidos y uno que otro sheriff”.

En este país, hasta el ciudadano más marginal y ausente en los asuntos de la administración del Estado, sabe que el Chile inmaculado, como la blanca montaña que nos separa del mundo exterior, sucumbió. Con ello, a las autoridades de Santiago se les cayeron las aureolas, como también la superioridad ética con respecto a las del resto del país. Como lo recalca Camilo Vial, “es precisamente en la capital donde se reproducen,  día tras día, los escándalos más impactantes y onerosos”.

Resumiendo, los estudios internacionales relacionados con el tema de la descentralización, no han logrado detectar que un país que tienda a darle poder a sus regiones, aumente en corrupción. Todo lo contrario, ya que simplifica la relación del ciudadano con la burocracia -sinónimo de un Estado más abrumador que facilitador- que  se constituye en un cuerpo  omnímodo y omnívoro. La regionalización nos  hará libres de tanta revelación mesiánica y advertencias proféticas, que hasta ahora llegaban de boca de autoridades centralistas, haciendo livianos anuncios y tomando absurdas medidas, recomendadas por pisalevitas locales y  complacientes burócratas del régimen de turno.

En la libreta de apuntes de los natalinos son muchas las salidas de madre de gobernantes  víctimas de recomendaciones apresuradas y disparatadas. Partiendo por la asignación por parte de Pinochet de un casino de juegos a una ciudad, como la nuestra, donde los visitantes son gentes cultas y lo que menos hacen es ir a probar con los juegos de azar. En el recuento, también  está la determinación del gobierno de Patricio Aylwin de no detener la transformación de nuestros maravillosos bosques de lengas en astillas. La empresa encargada de la masacre forestal dividió a los natalinos en dos bandos irreconciliables. El final por todos conocido, sólo dejó pobreza y desencanto.

En este breve, pero ingrato recuento del centralismo mal asesorado, no puedo olvidar la disposición del Presidente Frei y su mandato de construir una planta de aguas servidas: la medida fue aplaudida por semanas. Después nos  informamos  que debíamos pagarla nosotros, a consorcios extranjeros, porque la empresa de las aguas se reprivatizó, pasando de mano en mano  nuestra interminable deuda.

Y qué decir del gobierno de Ricardo Lagos. Vino y nos dijo que no necesitábamos leyes de excepción. La cantidad de invernaderos auguraban que Puerto Natales se convertiría en “La capital chilena de la lechuga”. Para el bicentenario construiría un muelle excepcional para cruceros. En la lista de aspiraciones contenidas están los transbordadores de la primera administración bacheletista. Y en la parte más triste del recuento, la postergación, por cuatro años, de la adecuación de nuestro  aeropuerto a las exigencias de las nuevas aeronaves comerciales: obra de la administración piñerista.