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Sospechoso de terrorismo

Por Abraham Santibáñez Sábado 14 de Mayo del 2016

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Guido Menzio es un ciudadano italiano con residencia permanente en  Estados Unidos. Terminó sus estudios superiores en la Universidad de Northwestern, en Illinois. Su inglés es correcto pero con un marcado acento extranjero. Es profesor en varios establecimientos de educación superior en Estados Unidos, aunque su cátedra permanente está la Universidad de Pensilvania donde es profesor asociado. También trabaja para la Oficina Nacional de Investigación Económica, una fundación sin fines de lucro.
El año pasado, Menzio fue galardonado con la Medalla Carlo Alberto, como el mejor economista italiano de menos de 40 años. Entonces se le definió como “uno de los economistas más destacados de su generación”.
Nada de esto, sin embargo, se nota a simple vista. Menzio tiene el pelo ensortijado, su piel es aceitunada y se ha dejado una barba descuidada. Como la mayoría de sus colegas académicos, suele vestir de manera informal, especialmente cuando viaja. Ello explica por qué hace unos días, mientras viajaba de Filadelfia a Kingston, en Canadá, lucía blujeans y un sweater rojo de Lacoste: “Elegancia sencilla” según sus propias palabras. En la primera etapa de su vuelo, de unos 40 minutos, apenas se subió al avión se concentró en su notebook, tecleando con entusiasmo.
A su compañera de asiento, una rubia, cuyo nombre  no se ha dado a conocer, todo esto le pareció sumamente sospechoso: el hombre había hablado por su celular en un inglés que parecía corresponder a alguien de origen árabe y los signos que utilizaba en su computador podían ser caracteres arábigos (en realidad eran caracteres griegos, como se usan en ecuaciones matemáticas). Todo ello le pareció que estaba enfrentando a un terrorista islámico. Después de tratar infructuosamente de sacarle conversación le pareció que lo mejor era pedir ayuda. Como comentó Mónica Akhtar en The Washington Post, “tal vez era un código secreto, posiblemente los detalles de un plan para destruir docenas de vidas inocentes a bordo el vuelo 3950 de American”.
Como el avión todavía no despegaba, la tripulación informó a un agente secreto para que se hiciera cargo. Según testigos, el agente partió por explicarle cortesmente al pasajero de pelo ensortijado que era sospechoso de terrorismo.
El pasajero se rió.
Debió sin embargo identificarse (era la versión norteamericana de nuestra superada “detención por sospecha”) y sólo al cabo de un par de horas, aclarado todo, se le permitió regresar a su asiento y proseguir su viaje.
Su rubia compañera prefirió quedarse en tierra.
¿Moraleja?
Todo indica que este es el terreno de la desconfianza en el cual ha sembrado su intransigente candidatura el republicano Donald Trump.