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Soy chileno y también soy inmigrante…

Por Juan Francisco Miranda Jueves 1 de Diciembre del 2016

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Parece que algunos políticos se han contagiado con la campaña de Donald Trumph, haciendo una apología respecto a la inmigración, levantando banderas para captar adhesión apelando al miedo a lo desconocido y diferente. Creo que el debate debe ser serio y con altura de miras, ya que en Chile la gran mayoría provenimos de inmigrantes, quienes por diversas razones llegaron a estas tierras, desde hace más de 500 años. ¿Cuántas colonias existen en Chile? árabes, judíos, españoles, italianos, croatas, coreanos, chinos, ingleses, etc. Algunos antepasados llegaron arrancando del desastre mundial de sus dos guerras, otros perseguidos políticamente, otros en busca de oportunidades, otros han migrado a otras regiones, como es mi caso, y el de miles de “nortinos” que llegaron a poblar este austral territorio. El continente americano en su esencia está lleno de migrantes. Por ello, resulta absurdo levantar banderas en contra de la inmigración, o buscar excusas, generalizar con frases banales y poco serias criminalizando a quienes en su amplia mayoría han llegado a Chile, como llegaron gran parte de nuestros ancestros, buscando mejores oportunidades para vivir y ser felices, aportando con su esfuerzo y talento.
¿De qué se trata entonces? ¿De con una caricatura como la que hace Piñera al decir “que hay bandas de extranjeros haciendo delitos”, tenemos que discriminar a todos los que llegan? Personas que hacen daño o incurren en delitos hay en todas partes, pero también hay gente de esfuerzo que sólo quiere aportar y tener una vida buena. No es bueno, no es serio y es inconducente generalizar, pues, así como hay extranjeros en Chile, hay miles de chilenos en el extranjero.
Lo que constato, es que hay una vez más un doble estándar, pues parece que el inmigrante latinoamericano, y en especial el centro americano, o aquel que no se parece tanto al europeo, es mirado de manera diferente que el que proviene de Argentina, Uruguay, Europa o de países que hablan en otro idioma. Así como hay discriminación con quienes tienen apellido aimara, mapuche o de un pueblo originario, también ocurre con los inmigrantes de color, o de acento más caribeño.
Es curioso que para hacer negocios o a la hora de contratar mano de obra barata se olviden de la nacionalidad, pero a la hora de ganar popularidad sembrando o acrecentando la desconfianza digan que se pondrán más exigentes y rigurosos con quienes vengan a Chile.
La canción dice “y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero”. Sin embargo, parece que hemos cambiado mucho como nación o ya no somos los mismos. Parece que la copia feliz del edén no es más que una mala copia de un edén que sólo es de unos y donde la mayoría de quienes viven en esta faja larga y angosta de tierra no puede acceder a él.
Creo que es el temor el que agiganta las barreras y las fronteras. Creo que es la falsa sensación de propiedad de un espacio, en el que transitoriamente pasamos por esta vida, la que acrecienta la desconfianza ante quienes con acento distinto vienen a acompañarnos. También creo que es la creciente soledad o individualismo de los chilenos la que nutre estos aires antimigratorios, pues hace rato que la vida de barrio fue quedando en el pasado, y que sólo tendemos a reunirnos con los que nos parecemos. Como dice mi amigo Felipe Berrios, “los chilenos nos hemos ido pareciendo a los perros que se olfatean el poto para reconocerse”. Nos olfateamos a través de preguntar de dónde venimos, donde estudiamos, a quien conocemos, etc. Pero si somos diferentes no dejamos que se acerquen, pues parece que olemos distinto, y por lo tanto pareciera que no podemos convivir. ¡Absurdo!
Yo soy chileno, y también soy inmigrante.