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¡TANTO TRABAJO POR HACER!

Por Marcos Buvinic Domingo 1 de Mayo del 2016

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Nos pasamos trabajando la vida entera, incluso cuando descansamos hay una doble relación al trabajo: contemplar -con diversos niveles de agrado y gratitud- la tarea realizada, y reponer fuerzas para la tarea que nos espera. De un modo u otro, el trabajo es compañero inseparable de nuestras vidas.

 

Desde nuestras fantasías de la infancia, nos proyectamos hacia el trabajo, entonces el niño sueña y juega a ser bombero, policía o astronauta, y la niña sueña y juega a ser mamá y llevar adelante su casa, y será enfermera o profesora. En las fantasías de los niños hay espacio para todo, pero ya el trabajo está en el horizonte.

 

En la etapa estudiantil el trabajo toma la forma del estudio -arduo y complejo- que va aterrizando las fantasías de la primera infancia y dando forma a las tareas futuras que realizaremos. Así, casi sin darnos cuenta, nos encontramos metidos de cabeza en la vida laboral, con el trabajo como compañero inseparable de nuestra vida.

 

Por cierto, no se trata de un proceso pacífico e idílico, sino de un caminar lleno de luchas, incluso frustraciones, y en medio de todo -una y otra vez- mucha esperanza: la esperanza de lo que podremos hacer y lo que podremos lograr, la esperanza de colmar un poco más la medida de lo mucho que hay por hacer.

 

Ocurre que en el trabajo está en juego algo muy profundo de nosotros mismos, algo que está más allá del hecho -ya bastante fundamental- de ganarnos el sustento diario; está en juego nuestra necesidad de sentirnos útiles para nosotros mismos y para otros, que servimos para algo y somos capaces de hacerlo.

 

Pero, en el trabajo está en juego algo más hondo y que tiene que ver con el sentido de la vida: con su inteligencia y con sus manos en el trabajo de cada día, el ser humano comparte la actividad de Dios en este mundo que nos ha dejado la creación como tarea. Con nuestro trabajo somos colaboradores en la obra del Creador, ¡y hay tanto trabajo por hacer para que nuestro mundo sea según el querer de Dios!

 

La grandeza del trabajo no está en el simple hecho de tener una “pega”. Para que el trabajo sea verdaderamente humano y humanizador debe ser digno, socialmente valorado y reconocido económi­ca­mente. Un trabajador con salarios injustos que perpetúan la injusta pobreza de los pobres es una trágica ironía, como la de los campos de concentración nazis, que en la entrada escribían “el trabajo hace libres”.

 

De ahí que el celebrar el Día del Trabajo -como en el reciente 1º de Mayo- lo hacemos recordando las luchas sociales de los trabajadores y afirmando la necesidad actual de justicia: trabajo estable, buenas condiciones laborales, salarios dignos, justicia en la distribución de los bienes.  La Iglesia se une a esta celebración de la vocación humana al trabajo conmemorando a san José Obrero, de quien Jesús aprendió el oficio que ejerció. El Carpintero de Nazaret nos muestra que hay tanto trabajo por hacer para que nuestro mundo sea -para todos- la obra maravillosa que el Creador confió a nuestras manos.