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Tiempo de cincuentenarios

Por Abraham Santibáñez Sábado 12 de Agosto del 2017

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La década de 1960 fue turbulenta. Para algunos, en especial campesinos, trabajadores y jóvenes significó una gran esperanza. Pero otros chilenos sintieron entonces el impacto de la inseguridad y el temor. Pese al tiempo transcurrido, hay pasiones que no se han apagado. Ahora se cumple medio siglo desde 1967, año marcado por un sinnúmero de acontecimientos que nos dejaron huellas profundas, recuerdos imborrables para muchos de nosotros. Fue, probablemente, el momento culminante.
Para mi generación, la década de 1960 fue “la década prodigiosa”. Vivimos muchas emociones y fuimos protagonistas de muchos acontecimientos trascendentales entre 1960 y 1970. El período se inició trágicamente con el terremoto de Valdivia, nos hizo vibrar con el Mundial de Fútbol en 1962 y tuvo un profundo estremecimiento político el 4 de septiembre de 1964 cuando los votantes eligieron Presidente a Eduardo Frei Montalva, paladín de la Revolución en Libertad.
En Estados Unidos esos fueron los años de John Kennedy, un Mandatario carismático que arrasaba con su simpatía y la imagen de una familia perfecta, y que hoy ha sido escarnecido por mujeriego. Pero también fueron los años de Martin Luther King y la igualdad racial y también de la aventura espacial. Mientras el mundo vivía el fragor de la Guerra Fría, la Iglesia Católica se embarcó en el Concilio convocado por Juan XXIII bajo la consigna del aggiornamento, intento de una audaz “puesta al día” que todavía no se logra del todo.
Cada uno de esos diez años tiene historias y protagonistas per se. Pero, como se está viendo ahora, es probable que 1967 haya sido el más rico. Es el año en que estallan -literalmente- dos procesos espectaculares. Uno fue la rebelión de los universitarios, simbolizada por un desafiante cartel en el frontis de la Universidad Católica: “El Mercurio miente”. El otro fue la Reforma Agraria.
Las protestas estudiantiles eran sólo el comienzo de una efervescencia que cruzó todo el planeta y se manifestó paradigmáticamente en París en mayo y junio de 1968. El objetivo aparente era la reforma universitaria, pero tras esa demanda estaban el rechazo a la amenaza nuclear y la guerra (Vietnam), un distanciamiento inédito ante la sociedad de consumo en los países ricos y un intento de solidarizar con las angustias del Tercer Mundo.
En Chile, la Reforma Agraria apuntaba a cambiar la economía del sector y, adicionalmente, de todo el país. Pero, más que nada, como dijeron los obispos católicos al iniciar el proceso de entrega de sus propiedades a los campesinos, se quería asegurar su dignidad. Como recordó, años más tarde, Alejandro Guerrero, vicepresidente de la Confederación Nacional de Cooperativas Campesinas: “La Iglesia bajo el Cardenal nos enseñó a organizarnos bajo los principios universales del cooperativismo. Fue nuestro pastor y conductor”. En este complejo período fue crucial la libertad de sindicalización de los campesinos.
El respeto ganado por los trabajadores del agro no fue tarea fácil. Pero significó en definitiva un vuelco profundo en nuestra sociedad. Esa es la razón por la cual resulta insuficiente y mezquino medir la Reforma Agraria sólo por sus resultados económicos.
Lo más importante, 50 años después, sigue siendo el reconocimiento de los trabajadores como personas y como ciudadanos chilenos.