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Todos somos migrantes (II)

Por Marcos Buvinic Domingo 4 de Diciembre del 2016

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En agosto publiqué aquí una columna con igual título que ésta, refiriéndome a los signos de discriminación hacia migrantes que se dan en nuestra vida magallánica, olvidándonos que -aquí en la Patagonia, más evidente que en otras regiones- todos somos migrantes, o hijos, nietos o bisnietos de hombres y mujeres que llegaron a estas tierras llenos de esperanzas e ilusiones, con sus manos e inteligencia dispuestos al trabajo y -habitualmente- con casi nada de dinero en sus bolsillos. Esto es una realidad esencial de nuestra historia e identidad magallánica.
En las últimas semanas, la migración ha sido un tema recurrente en la vida nacional a raíz del aumento de migrantes que llegan a Chile, así como de los vacíos que regulan su ingreso al país -tenemos una ley antigua, que no considera las nuevas situaciones-, y a causa de diversas intervenciones públicas que evidencia los prejuicios de unos, la desinformación de otros, y el retraso de casi un año en la presentación de un proyecto de ley por parte del gobierno.
Quisiera compartir con los amables lectores que la Iglesia Católica tiene una larga historia y experiencia sobre este tema, pues ella misma es migrante desde su origen -por misión y convicción- y por eso cultiva el cuidado de quienes han debido abandonar sus países de origen, empeñándose en que la sociedad comprenda que los migrantes no son un problema ni una amenaza, sino una oportunidad de enriquecimiento multicultural. Queremos ayudar a que toda la sociedad asuma que la migración ha existido siempre y que, tras un período de ajustes, siempre es un motor de desarrollo. De esto, tenemos abundante experiencia en Magallanes.
Esta acción se realiza -principalmente- a través de dos instituciones: el Instituto Católico de Migraciones (INCAMI) y el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM). El INCAMI nació en 1955 y en sus dos primeras décadas se dedicó a la atención pastoral y social de los inmigrantes europeos después de la Segunda Guerra Mundial. A partir de 1973, atendió a los chilenos exiliados y la migración de miles de chilenos a la Patagonia argentina (seguramente muchos lectores recordarán el servicio de la Pastoral de Migraciones del Obispado de Punta Arenas), en los años 90 se centró en el  acompañamiento y reinserción de los retornados, y -a partir de  1993- al crecer la inmigración limítrofe hacia Chile, se inició el servicio a los latinoamericanos. Cabe señalar que el presidente de INCAMI entre 1960 y 1980 fue el destacado empresario magallánico e hijo de migrantes, Jorge Matetic Fernández.
El Servicio Jesuita a Migrantes, a cargo del sacerdote Miguel Yaksic -también descendiente de migrantes croatas- desarrolla su acción principalmente en el norte del país, en el acompañamiento pastoral y social de los migrantes, así como en la visibilización de las situaciones que les afectan. Dice el P. Yaksic: “buscamos la creación de una nueva ley de migración en Chile, que está muy atrasada, así como políticas públicas adecuadas que valoren el aporte de los que llegan en la construcción de una sociedad intercultural”, porque sin una adecuada ley “lo único que se consigue es favorecer el ingreso clandestino, y la aparición de las redes de tráfico y la trata de personas”.
Todos necesitamos limpiarnos de prejuicios, hacer memoria agradecida de nuestra propia historia y esperar que el gobierno y los legisladores se apresuren en la creación de una adecuada ley para los migrantes que llegan a nuestro país.