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Trampas del desarrollo

Una pregunta que ronda permanentemente, es ¿por qué no nos convertimos en país desarrollado aún? Cada cierto tiempo, como que vamos a dar el salto y por arte de birlibirloque nos trancamos en el intento. Una de las causas recurrentes en estas columnas, es la excesiva concentración que experimenta Chile en todos sus ámbitos, especialmente en materia de recursos humanos calificados.
[…]

Por Diego Benavente Viernes 7 de Agosto del 2015

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Una pregunta que ronda permanentemente, es ¿por qué no nos convertimos en país desarrollado aún? Cada cierto tiempo, como que vamos a dar el salto y por arte de birlibirloque nos trancamos en el intento. Una de las causas recurrentes en estas columnas, es la excesiva concentración que experimenta Chile en todos sus ámbitos, especialmente en materia de recursos humanos calificados.
Estamos pegados en la elite que todo lo concentra y que rara vez, se preocupa o deja distribuir, ya que maneja, concentra y manipula todo en las distintas esferas, siendo muy difícil encontrar algo que se le escape a su influencia. Esto es, a nuestro juicio, una de las causas principales que produce un país enfermo de vicios de desigualdad, en el que la modernidad solo llega a determinados barrios o comunas y, donde la mayoría de las experiencias piloto se hacen para la gran metrópoli y muy poco para el resto. Lo que contribuye a que, cada vez más, las nuevas generaciones de esta elite concentrada, prácticamente no conozcan las realidades territoriales y sociales tan diversas de las regiones. Son globales, se forman exclusivamente en las universidades capitalinas top y se peinan con el inglés, pero del Chile profundo, solo conocen los senderos de trekking del veraneo taquilla.
El rector de la Universidad de Playa Ancha y vocero de las universidades regionales, Patricio Sanhueza recientemente en un matutino expresaba, “no ha existido nunca una política pública que haga distinciones entre universidades que están en Santiago y las que prestan un inmenso servicio en regiones. Toda política pública que no hace distinción territorial cae en una contradicción, porque en el modelo de desarrollo chileno, el mercado también es centralista”. Agregando más adelante que, “para un país tan desigual, la política tiene que ser diferenciada. Tiene que considerar temas como los grados de aislamiento de una región, su población, la vulnerabilidad de los estudiantes, revisar los instrumentos de acceso, pero también el premiar el hecho de que una persona se quede en su región”. Música celestial para nuestra clase dirigencial, que sólo atina a ver un poco más allá de su nariz, del negocio de corto plazo o del entorno capitalino.
Para evitar el caer en una política centralista, Sanhueza es muy claro, “Chile necesita investigación científica diversificada por territorio. Es necesario hablar de compensaciones regionales, impulsarlas más en su propio desarrollo y en el aporte que están haciendo a las regiones del país. Estas son las miradas que hay que tener”. Esto necesariamente pasa por universidades e investigadores regionales empoderados y acompañados con recursos significativos.
Lo anterior también pasa, porque las elites políticas y de todo tipo, se dejen de embolinar la perdiz y darle al puro bla bla, para de una vez por todas, dedicarse a hacer la pega y bien hecha. Esto es válido tanto para la izquierda poco acertada para implementar reformas, así como para la derecha, experta en eludir los grandes temas donde el país hace agua, como por ejemplo lo que se debería hacer para modernizar la institucionalidad y corregir la desigualdad imperante. Nos quedamos, de lado y lado, en un parlanchineo hueco de luchas por el cuoteo de los espacios de poder, pero nada de generar los consensos transversales necesarios para afrontar los grandes desafíos que nos impone la modernidad y sobre todo, las urgencias de los desequilibrios sociales y territoriales.