Necrológicas
  • Hugo Hernán Maureira Menghini
  • María Victoria Zúñiga Cid

Un país distinto al que se fue y al que está por llegar

En estos días por alguna razón me he acordado de mis abuelos, que ya no están en este mundo, y rodeado de nostalgia, los he imaginado con sus penas y alegrías, con sus contradicciones y sus convicciones, con sus triunfos y sus derrotas, con sus amores y sus desamores. Cerrando los ojos me invaden algunos aromas, algunos sabores que me llevan a mi infancia, mi adolescencia, en definitiva a tiempos pasados muy distintos a mi presente, y lejanamente distantes de mi futuro. Yo he cambiado, el mundo ha cambiado y el país ha cambiado. Yo no sé si el lugar donde vivo es lo que pensaron mis abuelos, o por lo que lucharon y se esforzaron, o por lo que mis padres también buscaron. Sin duda que es un país distinto.
[…]

Por Juan Francisco Miranda Jueves 10 de Septiembre del 2015

Compartir esta noticia
41
Visitas

En estos días por alguna razón me he acordado de mis abuelos, que ya no están en este mundo, y rodeado de nostalgia, los he imaginado con sus penas y alegrías, con sus contradicciones y sus convicciones, con sus triunfos y sus derrotas, con sus amores y sus desamores. Cerrando los ojos me invaden algunos aromas, algunos sabores que me llevan a mi infancia, mi adolescencia, en definitiva a tiempos pasados muy distintos a mi presente, y lejanamente distantes de mi futuro. Yo he cambiado, el mundo ha cambiado y el país ha cambiado. Yo no sé si el lugar donde vivo es lo que pensaron mis abuelos, o por lo que lucharon y se esforzaron, o por lo que mis padres también buscaron. Sin duda que es un país distinto.
Los imagino conversando conmigo respecto a sus experiencias y sus sueños. De todas aquellas cosas que no alcanzamos a hablar, quizás entre tanta distracción, quizás entre tanto para después. Lo cierto es que los imagino de overol, con las manos gastadas entre tanta madera trabajada por sus manos, y gastadas de lavar una y otra vez la ropa de sus hijos. Levantándose muy temprano y acostándose tarde, alegrándose por un nuevo nieto, o por esas cosas pequeñas y dulces que vienen cuando uno empieza a perder los sabores y recuerdos de la infancia.
Hoy por fuera todo es distinto, hay luz en todas partes pero todo es más sombrío. Hay más tecnología al alcance de la mano pero más incapacidad para resolver las cosas cotidianas con las propias manos. Hay más medios de comunicación, está el Internet, los teléfonos celulares, pero hay menos comunicación. Hay más pantallas de televisor pero menos tiempo para mirar el paisaje y para leer un buen libro. Estamos amarrados al consumo, y por ello quizás ante los nubarrones de la economía caemos tan fácilmente en el pesimismo.
Hoy en el país pareciera que todo es conflicto, pareciera que hay noticias negativas incluso en los comerciales, hechos de violencia, y también de delincuencia (la de calle y también la de cuello y corbata). La impaciencia se ha hecho parte del paisaje, de un momento a otro se multiplicaron los paros, reclamos, demandas (algunas más justas que otras, algunas más urgentes que varias). Nos hemos vuelto más exigentes con los otros, pero más condescendientes con los nuestros. Hemos cambiado el diálogo por la imposición, y el respeto al disenso por el menosprecio al consenso. ¿Qué cambió tanto en sólo algunas décadas? Han ido desapareciendo los ciudadanos y se ha llenado de clientes disgustados.
Probablemente me estoy poniendo más viejo, pero respeto cada vez más a los que me llevan varios años, pues leyendo la historia reciente, a todos ellos les tocó mucho más difícil en lo material poder sobrevivir en un país mucho más pobre y con menos libertad. Pero por otro lado, la batalla silenciosa que se da en esta sociedad de consumo, es mucho más cruenta y dura que aquellas del siglo pasado. El enemigo se camufla demasiado bien y nos divide. Y nosotros seguimos enredados en la manera de ponernos de acuerdo y repartir justicia. Enredados en sí la educación es un derecho o un bien de consumo, en sí el acceso a la salud es un derecho o una enfermedad que se debe pagar. Mientras, avanza el enemigo vestido de bienestar falso, pues el consumo es como el tabaco que va cerrando las arterias llevando menos oxígeno a nuestra cabeza.
Espero que el país de mañana sea distinto, espero que de tanto cliente disgustado pasemos a ser más los ciudadanos informados, y de igual forma anhelo que para cada derecho los deberes no sean olvidados. Quizás así algún día, entre los que no están, los que quedamos y los que vendrán, el país se asemeje más a la copia feliz del edén.