Necrológicas
  • Manuel Aravena Domínguez
  • Jorge Ulloa Ulloa
  • Proselia Alvarez Marín

Un sueño, un camino, un legado

En varias de mis charlas y conferencias acerca de la Antártica, sobre todo con escolares tanto de enseñanza básica como de enseñanza media les hago ver como las experiencias ocurridas en la vida infantil repercuten sobre todo en lo que puede ser el futuro personal y profesional de las personas, en mi caso ligado a estos temas que me han convocado por espacio de muchos años de labor en terreno con estudiantes y en ambientes subantárticos como antárticos. Mi análisis posterior me lleva a determinar y visualizar el desarrollo infantil como un proceso no lineal, continuo e integral, producto de las experiencias corporales, emocionales, sociales y cognitivas que obtienen al interactuar con el mundo que los rodea. El desarrollo infantil no inicia en un punto cero, ni tiene su fin en una etapa última. Siempre existen condiciones previas a partir de las cuales el niño y la niña construyen conocimiento, haciendo de su desarrollo un proceso continuo a lo largo de la vida. Estas condiciones previas son experiencias reorganizadoras que transforman la manera como se ve el mundo y que les abren nuevos horizontes para su desarrollo. Cuando los niños y las niñas interactúan con el medio que los rodea, viven experiencias a través de las cuales movilizan capacidades y conocimientos que les permiten “hacer”, para luego “saber hacer”, hasta llegar a “poder hacer”. Esta movilización de recursos (cognitivos, afectivos, físicos y sociales) se denominan competencias y se van adquiriendo para enfrentar procesos cada vez más complejos en relación con su desarrollo y contexto. Las competencias adquiridas en la primera infancia les permiten a los niños y niñas tener un conocimiento de sí mismos, de su entorno físico y social, estableciendo la base para los aprendizajes posteriores y para su enriquecimiento personal y social. Voy a tomar mi caso personal que desde muy joven y camino a mi escuela (año 70), pasando por la Avenida Bulnes en el sector del Monumento Croata,  encuentro en el suelo un libro de la Editorial Life cuyo título en tapa dura es “Los Polos”, sin ver dueño alguno del libro lo dejo conmigo y en algún momento de ocio lo reviso entre sus páginas, viendo imágenes que me impresionaron de viejos exploradores, fauna del Artico y de la Antártica propiamente tal y una serie de relatos históricos y científicos de la época de la relación de las regiones polares con el resto del mundo. Ya en casa me dispongo a ver la televisión y coincidentemente se me aparece en la pantalla, imágenes del “Mundo submarino de Jacques Cousteau” cuyo capítulo era nada menos que la Antártica y el riesgoso viaje de la embarcación del famoso marino, el “Calypso”. No dejo pasar un segundo en que estoy viendo el documental y con mi libro en la mano retroalimentando las imágenes tanto del libro como las de la TV. Esos mismos días desde mi colegio se organizaba una visita al muelle Prat, cuando llegamos en grupos de niñas y niños, casi con emoción veo que se encuentra en el muelle esta embarcación de ensueño el “Calypso” y en mi memoria o visión infantil, puede haber sido cualquier marinero…pero para mis cortos años fue Jacques Cousteau, que lo vi, la motivación fue desbordante, mi cerebro aglutinó sinapsis para dejar plasmado en mi memoria todos estos acontecimientos. Pasaron 27 años hasta cuando el mismo año que Jacques Cousteau dejó su legado y emprendió su viaje a la inmortalidad, el año 1997, me bajaba de un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea de Chile, en la pista de Hielo Azul de Patriot Hills, tras la cumbre del Monte Vinson, acompañado de un grupo de amigos y colegas como el Dr. Gino Casassa con el que hoy día compartimos la dirección del Programa Gaia – Antártica de la Universidad de Magallanes. Se me ha convertido este espíritu por mostrar, enseñar y educar de estos parajes desde que toda mi formación inicial comenzó de cero y continuó posteriormente bajo el prisma de una línea nacida de un sueño y de una educación informal, potenciada por estos acontecimientos que sucedieron en el momento justo para quedar como un sello de toda mi vida. […]

Por Alfredo Soto Martes 19 de Enero del 2016

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En varias de mis charlas y conferencias acerca de la Antártica, sobre todo con escolares tanto de enseñanza básica como de enseñanza media les hago ver como las experiencias ocurridas en la vida infantil repercuten sobre todo en lo que puede ser el futuro personal y profesional de las personas, en mi caso ligado a estos temas que me han convocado por espacio de muchos años de labor en terreno con estudiantes y en ambientes subantárticos como antárticos. Mi análisis posterior me lleva a determinar y visualizar el desarrollo infantil como un proceso no lineal, continuo e integral, producto de las experiencias corporales, emocionales, sociales y cognitivas que obtienen al interactuar con el mundo que los rodea. El desarrollo infantil no inicia en un punto cero, ni tiene su fin en una etapa última. Siempre existen condiciones previas a partir de las cuales el niño y la niña construyen conocimiento, haciendo de su desarrollo un proceso continuo a lo largo de la vida. Estas condiciones previas son experiencias reorganizadoras que transforman la manera como se ve el mundo y que les abren nuevos horizontes para su desarrollo. Cuando los niños y las niñas interactúan con el medio que los rodea, viven experiencias a través de las cuales movilizan capacidades y conocimientos que les permiten “hacer”, para luego “saber hacer”, hasta llegar a “poder hacer”. Esta movilización de recursos (cognitivos, afectivos, físicos y sociales) se denominan competencias y se van adquiriendo para enfrentar procesos cada vez más complejos en relación con su desarrollo y contexto. Las competencias adquiridas en la primera infancia les permiten a los niños y niñas tener un conocimiento de sí mismos, de su entorno físico y social, estableciendo la base para los aprendizajes posteriores y para su enriquecimiento personal y social. Voy a tomar mi caso personal que desde muy joven y camino a mi escuela (año 70), pasando por la Avenida Bulnes en el sector del Monumento Croata,  encuentro en el suelo un libro de la Editorial Life cuyo título en tapa dura es “Los Polos”, sin ver dueño alguno del libro lo dejo conmigo y en algún momento de ocio lo reviso entre sus páginas, viendo imágenes que me impresionaron de viejos exploradores, fauna del Artico y de la Antártica propiamente tal y una serie de relatos históricos y científicos de la época de la relación de las regiones polares con el resto del mundo. Ya en casa me dispongo a ver la televisión y coincidentemente se me aparece en la pantalla, imágenes del “Mundo submarino de Jacques Cousteau” cuyo capítulo era nada menos que la Antártica y el riesgoso viaje de la embarcación del famoso marino, el “Calypso”. No dejo pasar un segundo en que estoy viendo el documental y con mi libro en la mano retroalimentando las imágenes tanto del libro como las de la TV. Esos mismos días desde mi colegio se organizaba una visita al muelle Prat, cuando llegamos en grupos de niñas y niños, casi con emoción veo que se encuentra en el muelle esta embarcación de ensueño el “Calypso” y en mi memoria o visión infantil, puede haber sido cualquier marinero…pero para mis cortos años fue Jacques Cousteau, que lo vi, la motivación fue desbordante, mi cerebro aglutinó sinapsis para dejar plasmado en mi memoria todos estos acontecimientos. Pasaron 27 años hasta cuando el mismo año que Jacques Cousteau dejó su legado y emprendió su viaje a la inmortalidad, el año 1997, me bajaba de un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea de Chile, en la pista de Hielo Azul de Patriot Hills, tras la cumbre del Monte Vinson, acompañado de un grupo de amigos y colegas como el Dr. Gino Casassa con el que hoy día compartimos la dirección del Programa Gaia – Antártica de la Universidad de Magallanes. Se me ha convertido este espíritu por mostrar, enseñar y educar de estos parajes desde que toda mi formación inicial comenzó de cero y continuó posteriormente bajo el prisma de una línea nacida de un sueño y de una educación informal, potenciada por estos acontecimientos que sucedieron en el momento justo para quedar como un sello de toda mi vida.