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Una promesa odiosa

Por ley, en la mayoría de los países los individuos no tienen que pagar el dinero que otros fraudulentamente prestaron a su nombre, y las compañías tampoco se hacen responsables por contratos contraídos por sus altos ejecutivos sin la autoridad requerida para comprometer a la firma. De igual forma, en derecho internacional aparece con cada vez más fuerza la doctrina de la “deuda odiosa”. Esta postula que la deuda externa contraída por un gobierno en contra de los intereses soberanos de sus representados no debería pagarse. El año 2000, desde Bono a Juan Pablo II participaron en una movilización internacional masiva para erradicar la deuda de los países del Tercer Mundo, considerando que ésta muchas veces era el resultado de préstamos millonarios hechos por dictadores corruptos (como Anastasio Somoza en Nicaragua), o por gobiernos ilegítimos (como el régimen de apartheid sudafricano). Aunque en estricto rigor el derecho internacional sigue considerando a los países como responsables de pagar sus deudas –comoquiera y por quienquiera que éstas hayan sido contraídas– han surgido propuestas para cambiar esto, basadas en la escasa legitimidad moral de los gobiernos “odiosos”.
[…]

Por Alejandra Mancilla Jueves 4 de Junio del 2015

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Por ley, en la mayoría de los países los individuos no tienen que pagar el dinero que otros fraudulentamente prestaron a su nombre, y las compañías tampoco se hacen responsables por contratos contraídos por sus altos ejecutivos sin la autoridad requerida para comprometer a la firma. De igual forma, en derecho internacional aparece con cada vez más fuerza la doctrina de la “deuda odiosa”. Esta postula que la deuda externa contraída por un gobierno en contra de los intereses soberanos de sus representados no debería pagarse. El año 2000, desde Bono a Juan Pablo II participaron en una movilización internacional masiva para erradicar la deuda de los países del Tercer Mundo, considerando que ésta muchas veces era el resultado de préstamos millonarios hechos por dictadores corruptos (como Anastasio Somoza en Nicaragua), o por gobiernos ilegítimos (como el régimen de apartheid sudafricano). Aunque en estricto rigor el derecho internacional sigue considerando a los países como responsables de pagar sus deudas –comoquiera y por quienquiera que éstas hayan sido contraídas– han surgido propuestas para cambiar esto, basadas en la escasa legitimidad moral de los gobiernos “odiosos”.
Pero los gobiernos odiosos no sólo se dedican a pedir dinero prestado. A veces también prometen cosas a otros gobiernos, sin consultar antes a la ciudadanía y muchas veces en desmedro de los intereses soberanos de ésta. Surgen así “promesas odiosas” que, más allá de su validez legal, carecen de legitimidad moral. Es una de estas promesas odiosas (y doblemente, como veremos) la que ha invocado Bolivia como una de las razones por las cuales Chile debiera darle acceso soberano al mar. Los bolivianos recuerdan que, en los años setenta, el dictador chileno Augusto Pinochet prometió a su par, el dictador boliviano Hugo Banzer, un acceso soberano al Pacífico. a cambio de un canje territorial. Aunque el acuerdo ente golpistas finalmente quedó en nada, hoy los bolivianos argumentan que Chile tendría una obligación para negociar basada en dicho precedente. Causa por decir lo menos extrañeza ver al presidente democraticamente electo y campeón de la representatividad popular, Evo Morales, sugiriéndole a Bachelet que haga realidad lo que Pinochet convirtió según él en un derecho expectaticio de Bolivia – esto es, un derecho surgido del comportamiento de las autoridades ilegítimas del gobierno chileno en ese entonces, las que habrían creado obligaciones para el Estado chileno.
“Si un dictador como Pinochet propuso una salida al mar para Bolivia en los años 70, esperamos que un gobierno democrático y socialista pueda hacer realidad este derecho en pleno siglo XXI”, dijo Morales en el discurso por el Día del Mar en Bolivia. Si de pedir una salida soberana al mar se trata, sin embargo, Evo no debería remitirse a lo que hizo Pinochet como modelo para Bachelet, sino que debiera apelar en abstracto a los altos valores morales y cívicos de nuestra Presidenta y su gobierno de Nueva Mayoría. Flacas artes estratégicas las de quien apela a la generosidad de un dictador con la esperanza de que su interlocutor lo emule; flaco poder persuasivo el de quien pide favores basándose en las promesas odiosas que otros hicieron.
Si Bolivia tiene buenas razones para interponer una demanda contra Chile ante la Corte Internacional de La Haya, ésta definitivamente no es una de ellas. Quizás es difícil decir en qué dirección debería avanzar el derecho internacional, pero no lo es tanto saber en cuáles no debería hacerlo: así como las deudas odiosas deberían ir perdiendo con el tiempo validez legal (quitando el incentivo tanto para prestatarios corruptos como para prestamistas sin escrúpulos), así también deberían ir perdiendo fuerza promesas odiosas como la de Pinochet a Banzer. Es de esperar que tanto los asesores de Evo como los jueces de la Haya tengan esto en mente en sus próximos pasos.
http://alejandramancilla.wordpress.com