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El asombroso encuentro con su majestad, la ballena jorobada

Por La Prensa Austral Lunes 15 de Febrero del 2016

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De pronto, a lo lejos, se divisa un chorro de vapor en el horizonte. Nos ponemos en alerta pues sabemos que estamos ad portas del misterioso reino que queremos conocer. Pero, un día relativamente soleado disipa los temores de aquellos cuentos de marineros, donde estas criaturas gigantes se presentaban como una amenaza inminente y permitían personificar todos los temores de las navegantes.

Desechando definitivamente los miedos de aquellos mitos sobre monstruos marinos y cantos de sirenas que embaucaban a los tripulantes, las dos sombras avanzan en el agua y vienen amistosamente a nuestro encuentro.

¡Todos a cubierta, pues nos ha salido al encuentro la reina de estas latitudes marinas: la ballena jorobada!

Comienza lo que parece un baile de bienvenida. Tras salir a respirar y deleitarnos con su resoplido característico, el par de cetáceos se sumerge una vez; sale nuevamente para volver a meterse en las frías aguas; y vuelve a aparecer. Ahora, su cuerpo se encorva más y es el anuncio de que nos regalará el bello espectáculo que vivimos a presenciar: su gran cola se alza en un movimiento rítmico y elástico que nos envuelve y alucina.

Pese a que a mediados del siglo pasado estuvo casi extinta por la caza indiscriminada en estos mismos sitios, estos ejemplares de yubartas se acercan sin temor, muy familiarizados con el entorno y la embarcación. Parece que la M/N Forrest fuera una vieja amiga. De hecho, el guía ya reconoce a una sólo mirando su cola: “Es la 126, una mamá que el año pasado vino con una cría”.

Un viaje al Parque Marino Francisco Coloane

Nuestro viaje comienza por la tarde, al dejar Punta Arenas e irnos a Bahía Mansa, a unos 60 kilómetros de la capital regional de Magallanes y Antártica Chilena.

Nos embarcamos en la M/N Forrest, llenos de ilusiones. El grupo de visitantes se conoce a bordo y resulta agradable hablar con un matrimonio español y sus hijos pequeños, avecindados hace dos años en Chile. De Santiago, otro grupo familiar, compuesto de cinco personas también relata cómo se enteraron del viaje y se muestra curioso sobre otras aventuras que se pueden emprender en nuestra región.

Un viento fuerte que pega de costado desde el sur hace que el capitán de la nave decida permanecer anclado en Bahía Mansa, mientras disfrutamos de una agradable cena. Luego, comienza el viaje. La noche avanza, pero el mar se presenta hostil y es mejor fondear antes de cruzar el Faro San Isidro.

Cuando amanece, la nave retoma su rumbo y se dirige de inmediato hacia el sector del canal Bárbara, al interior del Parque Marino Francisco Coloane, que incluye la primera área marina y costera protegida del país y que, a su vez, forma parte de la Reserva Natural Alacalufes, la más grande de Chile.

Es, precisamente, en el canal Bárbara que avistamos a nuestras dos primeras amigas. Pronto, se unen a ellas otros ejemplares de ballenas jorobadas, también con su juego acrobático de ritmo cadencioso. La nave comienza a girar para seguir su ronda y tener la mejor ubicación para captar el alzamiento de las colas, las que lentamente se sumergen en la confluencia de aguas.

En el paso Shag (cormorán en inglés), otros cetáceos maravillosos parecen salir a nuestro encuentro.

El guía nos informa que, en el sector, al cual llegan todos los años las ballenas jorobadas a alimentarse tras reproducirse y parir en zonas tropicales y subtropicales, se han observado unas 45 yubartas distintas entre los meses de noviembre 2015 a enero recién pasado. Basándose en los registros fotográficos a bordo, han avistado cuatro nuevos ejemplares, probablemente ballenatos de algunas de las hembras que regresan año a año a esta área del estrecho de Magallanes.

Mientras sigue su curso el cortejo en que entran mutuamente estas coquetas y cosmopolitas yubartas y el Forrest, nos ofrecen un aperitivo sin igual: un sabroso Calafate sour, el cual bebemos mientras el sol impone su brillo en medio de estos canales y el viento marca los rostros.

Isla Santa Inés, el paraíso de los glaciares; isla Carlos III, el gran aposento de las ballenas

Tras el almuerzo, el barco prosigue rumbo a la isla Santa Inés, habitada por más de 300 glaciares, la mayoría sin bautizar. Sobre ella, normalmente caen 3.500 milímetros de agua al año. Nos acercamos al seno Helado, donde dos brazos de un gigante gélido nos saludan. Uno llega al mar y a él nos aproximamos para quedar embelezados con su albura, exaltada por los toques de azules luminosos. Momento mágico que celebramos sobre cubierta brindando con un buen whisky que parece endulzarse con el prístino trozo de hielo milenario que baila dentro del vaso.

Frente a una de las tantas cascadas que embellece el entorno, la M/N Forrest se aproxima a la orilla para un necesario aprovisionamiento de agua dulce. Durante esta maniobra, un zodiac nos permite visitar el sector, recorrerlo a pie y apreciar la naturaleza en todo su esplendor, incluido un gran mar del alga huiro.

En los alrededores de la isla Carlos III, verdadero epicentro del dominio de la jorobada, otros ejemplares pululan sin pudor. Nos alejamos del aposento principal de esta magnífica reina. Todo ha sido un regalo divino, pues emprendemos el regreso a Punta Arenas luego de haber avistado unas 25 yubartas. ¡Dios salve a esta soberana!

Fotografías Rodolfo Soto