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El trombonista que se ha ganado el cariño de Magallanes

Por La Prensa Austral Sábado 30 de Julio del 2016

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– Perteneció a las bandas de los regimientos Lanceros, Caupolicán y Pudeto, además de integrar numerosos conjuntos musicales, cuyas melodías resuenan en la memoria colectiva de los magallánicos, cosechando el reconocimiento de la comunidad como también de sus alumnos a quienes transmite su experiencia.

“La música no muere conmigo, porque yo siempre he dicho que uno tiene que entregar lo que Dios le ha dado, ya que después de esta vida esto uno no se lo lleva para ningún lado, hay que dejarlo”

“Le daría a los jóvenes es que no se dejen llevar tanto por la tecnología, que en sí es entretenida, pero que aparta las cosas fundamentales de la vida como lo es compartir, poder aprender a tocar un instrumento musical o leer un libro”

Roberto Martínez Arriaza

rmartinez@laprensaaustral.cl

Solicitado y requerido para eventos, fiestas, reuniones sociales de diversa índole, siendo reconocido por el singular toque chilote que caracteriza su forma de darle melodía al acordeón, el ímpetu con el que deja salir las notas desde el pabellón de su trombón, o la pasión que demuestra al convertir los acordes que emergen desde su teclado o un piano en un elemento fundamental de una pieza musical, don Teodoro José Arroyo Gómez ha dejado una huella imborrable en la historia musical de la región, expandiendo sus canciones y melodías en las provincias de Ultima Esperanza, Tierra del Fuego y Magallanes.

Nacido en 1955 en la ciudad de Castro, Región de Los Lagos, vivió gran parte de su niñez en el pequeño poblado de Quetalco, sitio ubicado a 12 kilómetros al norte de Dalcahue, lugar donde su familia poseía tres fundos, ya que su padre era comerciante y administraba negocios, almacenes, galpones y bodegas de mercadería. Junto con ayudar con las labores campestres, Teodoro inició sus estudios en la Escuela rural E-64, lugar donde cursó parte de sus estudios básicos que posteriormente concluyó en Puerto Natales.

“Mi infancia fue atroz y entretenida. Una vez, en una jugarreta, me metí al negocio de mi madre y le saqué una peineta y ella me mandó castigado al segundo piso del palafito. Desde arriba miraba la playa, el mar estaba muy bajo, lleno de carretas amarradas a la casa de las personas que estaban comprando, y de repente se empieza a mover la tierra bien fuerte y a mí me vino una sensación de risa porque no sabía lo que era eso. En eso veía cómo se abría y se cerraba la tierra y los animales quedaban atrapados y toda la gente salía arrancando”, recuerda con nostalgia el desolador terremoto que ocurrió el 22 de mayo de 1960 en Valdivia y que afectó además a la Isla Grande de Chiloé, señalando que tras esa situación una empleada lo salvó de quedar atrapado antes que llegara el maremoto que destruyó su hogar en su totalidad.

Tras el mortal incidente, la familia de “Teo” -como le dicen- debió construir una nueva casa en una superficie alta del mismo pueblo, asentamiento en el cual rehicieron su vida dedicándose a labores agrícolas con el propósito de levantar nuevamente el negocio familiar. Ya en etapa de construcción de la vivienda, rememora que su pasión por la música nació el mismo año en que se produjo el terremoto, cuando su madre le preguntó qué es lo que quería para Navidad y él le señaló que deseaba un acordeón, ya que era un instrumento que hasta el día de hoy es emblemático y característico de la Isla Grande de Chiloé.

“Dejaban en la noche los regalos que traía el Viejito Pascuero en las almohadas de nosotros y a eso de las 9 de la mañana me despierto y miro para los lados y todos mis hermanos tenían sus regalitos y yo empiezo a buscar el mío y no estaba, y me puse a llorar porque me había portado bien. Entonces me levanté calladito y encima de la mesa veo un paquete cuadrado y yo en la desesperación comienzo a meterle el dedo y veo que era un acordeón. Rompí el papel y empecé a tocar de la nada la canción ‘La Adelita’, y eso que nunca había tocado, sólo había visto como lo hacían, y bajan mis hermanos y se emocionaron”, señala sin ocultar la notoria sonrisa de su semblante, recalcando que el haber obtenido un instrumento musical a muy temprana edad lo convirtió en el alma de las fiestas familiares, los asados con los amigos, como también amenizando los viajes en lancha y barcazas menores cuando debía acompañar a su padre a realizar negocios a otras ciudades.

Llegada a Magallanes

En el año 1970, y por algunas disposiciones ordenadas por el gobierno de la época, los padres de Teodoro se vieron en la obligación de vender sus tierras y todos los bienes que poseían, tomando la determinación de migrar hacia el sur de Chile en la motonave Navarino, llegando a Punta Arenas, lugar donde la familia tenía contactos con algunos conocidos y comerciantes. Ya en la entonces provincia de Magallanes, la primera prioridad fue encontrar un lugar para vivir y poder reinstalar su negocio, pero antes decidieron ir a visitar a la abuela paterna que residía en Puerto Natales quedándose un tiempo allí hasta que dieron con una casa propia en la esquina de las calles Galvarino con Miraflores, inaugurando un almacén que tuvo éxito debido al auge de la actividad minera en la ciudad trasandina colindante de Río Turbio.

Ya en la hoy capital de la provincia de Ultima Esperanza, Teodoro se unió a su primer conjunto musical llamado “Los Extraños”, banda en la que compartió con los hermanos Subiabre-Sobarzo y que según dice, “hacíamos bailar a todo el mundo”. En una de las fiestas conoció al suboficial de reclutamiento Garrido, con quien forjó una amistad que le permitió en 1974, en plena dictadura, realizar el Servicio Militar, pese a que su madre hizo todas las gestiones posibles para evitar que su hijo ingresara a la institución castrense.

“Un día salgo al centro y veo a mis compañeros de la escuela que andaban con sus uniformes. Se veían encachados, tiraban pinta y mi papá siempre se acordaba de su Servicio Militar diciendo que sus hijos eran cobardes y me quedó grabado eso, así que partí donde el suboficial de reclutamiento y le dije que quería hacerlo pese a que mi mamá habló con el coronel para poder sacármelo, por lo que me mandaron una citación para el segundo llamado. La firmé y mi papá que estaba en el negocio me preguntó qué pasaba y le conté, entonces me agarró y me abrazó diciéndome que estaba orgulloso de mí”, evoca con un brillo en su mirada.

Aprendizaje y consolidación

En el Regimiento Lanceros, y a escondidas de su estricta madre que se enteró días después de la decisión en la que fue cómplice su padre, el acordeonista precisa que se instruyó en lectura musical, ya que toda su experiencia se basaba en aprenderse las canciones ‘a oído’, especializándose con la ayuda del jefe de banda, el suboficial mayor Sergio Durán Sepúlveda.

“Aprendí a conocer la música, a leerla, lo que eran las figuras musicales, aprendí a tocar un piano antiguo que arreglamos, y ahí el primer tema que interpreté fue Imagine, de John Lennon. Luego me enseñaron a tocar el fliscorno barítono y cómo producir su sonido con los ejercicios del diafragma y el estómago. Después en el regimiento hallaron un trombón a pistones y también me enseñaron a utilizarlo y ahí pasé a formar parte de la banda”, recapitula, indicando que participó de varias actividades tradicionales en el que se involucraban con la sociedad civil, como el izamiento de la bandera que se efectuaba los días domingos, alegrando la jornada a las decenas de personas que salían de misa y se quedaban a ver al conjunto que interpretaba en la Plaza de Armas algunas canciones clásicas como My Way de Frank Sinatra, entre otros estilos populares de la época como el rock and roll, el twist, el swing y algunas cumbias que eran aplaudidas y celebradas por la multitud.

Tras concluir con sus deberes militares, Teodoro se casó con su actual pareja Eva Almonacid, con quien lleva 42 años de matrimonio, unión de la cual nacieron sus tres hijas. Asimismo, en 1976 señala que le ofrecieron la oportunidad de ser contratado para pertenecer a la banda marcial, lo cual debía ser determinado por el coronel de la época Mario Marshall L’Huillier, quien luego de unos días le dijo en voz alta: “Andate preparando para pagar el piso”, un sueño que pasó a ser realidad luego de trabajar por casi tres meses de piletero en la gamela del personal minero en Río Turbio, convirtiéndose así en el reconocido trombonista de la Sonora Celeste del Regimiento Lanceros hasta 1990, año en que fue transferido al Regimiento Caupolicán, en Porvenir, donde fue contactado inmediatamente por la banda Latino.

“Allá tocábamos tropicalísimo y la onda de Música Libre todos los sábados en distintos clubes sociales y siempre me pedían que tocara la canción ‘El viejito del acordeón’”, afirma entre simpáticas carcajadas.

En 1995 fue derivado por última vez al Regimiento Pudeto, en Punta Arenas, para integrar la banda instrumental de la Quinta División del Ejército. Ya en la capital de la provincia de Magallanes, Teodoro se asentó con su familia en la población Manuel Bulnes y al poco tiempo fue contactado por Humberto Leiva, locutor de la Radio Polar, para invitarlo a formar parte del grupo Los Trianeros como pianista del popular conjunto que lo llevó a ganarse el reconocimiento de la gente que disfrutaba de sus cumbias en cada encuentro o reunión social en los clubes y diversas actividades citadinas.

“Nunca me faltó la pega, siempre me buscaban por todas partes para animar eventos en las juntas de vecinos o en reuniones con los amigos y yo hacía lo que más me gustaba, siempre lo hice y con eso me doy por pagado”, manifiesta, precisando que su trabajo musical para el Ejército concluyó en 2002 y que posteriormente se dedicó a mostrar su labor de forma particular para luego transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones, entrando a trabajar al Liceo San José en 2010 como profesor de música, realizando actualmente talleres de trombón a 23 jóvenes de entre cuarto básico a cuarto medio que asisten de lunes a jueves en sus vacaciones de invierno.

“La música no muere conmigo, porque yo siempre he dicho que uno tiene que entregar lo que Dios le ha dado ya que después de esta vida esto uno no se lo lleva para ningún lado, hay que dejarlo”, expresa con sentimientos encontrados, sintiéndose conforme de que lo que ha aprendido a lo largo de su trayectoria será replicado por sus alumnos, como también por la menor de sus cuatro nietas que a su corta edad ya toca el teclado, cosechando los frutos que el mismo abuelo sembró.

“El consejo que yo le daría a los jóvenes es que no se dejen llevar tanto por la tecnología, que en sí es entretenida, pero que aparta las cosas fundamentales de la vida como lo es compartir, poder aprender a tocar un instrumento musical o leer un libro”, concluye el sonriente trombonista.