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“Esta tierra me dio la oportunidad de dar una dirección certera a mi vida”

Por La Prensa Austral Domingo 25 de Diciembre del 2016

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Vicente Caballero

Nacido en la Región de O´Higgins, antes de echar raíces en Magallanes, salió muy pronto de su tierra natal para buscar mejores horizontes en Santiago y Valparaíso. Con afán de aventura y tesón, en 1960 viajó a esta zona austral, donde forjó su destino como fotógrafo y también incursionando en el reporteo radial

La aventura del hombre se registra en cualquier lugar del mundo. Cada vida es diferente, pero, hay individuos cuya lucha constante los destaca por su tenacidad, perseverancia y empeño en lograr metas, a veces tan lejanas u otras que están al alcance de la mano y basta proponérselo para alcanzarlas.

Visité a uno de estos seres en su domicilio de calle Zenteno, de la ciudad de Punta Arenas, y lo acompañé a adentrarse en la bruma del recuerdo, para que con sus palabras aclarara el velo que, a veces, cubre la rica historia de un gran personaje.

“Yo, debí llamarme Vicente Osman Caballero Soto, pero diversas circunstancias lo simplificaron y quedé como Vicente Caballero, a secas.

Nací en Las Palmas de Cocalán, en la Sexta Región del Libertador Bernardo O´Higgins, donde se produce la miel de palma más rica del mundo -dice con orgullo Vicente Caballero- sin segundos nombre ni apellido.

A mi papá no lo conocí y mi madre murió cuando yo tenía cuatro años. Pero mi padre tuvo la gentileza de reconocerme y, para ello, un día partió desde el fundo de su familia con una calesita a caballo en dirección a la localidad de El Manzano, donde se encontraba el Registro Civil más cercano, con el fin de inscribirme. Cuando arribó al pueblo, se puso a beber licor con el Oficial del Registro Civil y, como a los dos días, se acordó que iba a reconocer un hijo. Le dijo al funcionario: “ponga en el documento Vicente, hijo de Eladio Caballero Calderón y madre no compareciente”, de tal manera que en mis certificados de nacimiento se leía “de la madre no se expresa”.

Mi mamá, profesora normalista, hacía clases en la escuelita de la Hacienda Las Palmas; luego la trasladaron al Casablanca, de la VII Región. Los cambios de residencia los hacíamos con nuestras pertenencias cargadas en un carro con ruedas de goma tirado por caballos. En ese tiempo yo tendría unos tres años y mi madre, para no dejarme solo, me llevaba a la escuela. Otro traslado fue a Chimbarongo, donde muere mi mamá, y mi tía, hermana de mi progenitora y a la vez mi madrina, junto a su esposo que vivían en Santiago, me fueron a buscar para llevarme con ellos. El, Juan Aceval González, era maquinista de Ferrocarriles del Estado y mi madrina Marina Soto Miranda, dueña de casa.

Viví entonces en el barrio San Eugenio, sector ferroviario, fanáticos del club deportivo, tanto que, cuando su club jugaba en el estadio del lugar e iba perdiendo, los tiznados, con una locomotora, echaban humo hacia el campo deportivo para desorientar a los contrarios.

Yo le decía papi a mi padrino. El, fue uno de los primeros maquinistas de un tren muy moderno que llegó a la Empresa y que le decían “El Flecha del Sur”.

Ingresé a un establecimiento educacional del barrio, la Escuela Superior de Hombres N°57, donde cursé de primero a sexto año básico. La profesora que me hacía clases había sido compañera de curso con mi madre en la Escuela Normal Santa Teresita. Me trataba muy bien, pero, cierto día llegó un profesor de Chillán, Arturo Millán, el que fuera famoso cantante chileno, al cual nosotros apodamos “El Pituco Millán”, que en respuesta a este mote nos agarraba a reglazos en las manos.

En el sector donde vivíamos, se realizaba una celebración que se llamaba “La fiesta del riel”, donde la Empresa de Ferrocarriles del Estado ponía a disposición de sus empleados y familia, dos trenes. Uno de ellos, iba desde la Estación Central a Cartagena. En ese nos embarcábamos muy temprano, con canastos de cocaví, conteniendo alcachofas, huevos duro, tomates, etc. Cuando íbamos a Valparaíso, al llegar a destino, la estación puerto, tomábamos una góndola y nos trasladábamos hasta Las Torpederas. La playa, todo el día estaba repleta de “tiznados” y, al regreso, luego de bañarse, comer y beber, regresaban curados hasta el maquinista y el fogonero.

Huyendo del hogar, época de sufrimiento

El semblante de Vicente Caballero se oscurece, al recordar duros momentos de su niñez lejana.

“Las relaciones con mi tía-madrina no eran buenas. Había diferencias con mis primos-hermanos. Mientras ellos comían por ejemplo pan con mantequilla y miel, yo tenía derecho a elegir entre mantequilla y/o miel, pero no las dos juntas.

Por discriminación, me inscribieron en la Escuela Industrial N°2 de Santiago, donde me especialicé en relojería, con mención en aquellos con péndulo y fui a realizar mi práctica en la joyería Francesa, ubicada en calle Ahumada, y me transformé en relojero a domicilio. Allí aprendí que, mientras más me demoraba en mi trabajo del día, más rica era la once. Tenía como 14 años y tres pololas, una en cada barrio. Lo ganado iba a parar al bolsillo de mi tía-madrina que se encargaba de darme sólo dinero para movilización.

La situación en el hogar se puso tan tensa que programé una fuga.

Un día 1 de enero salí por la ventana de la casa con la idea de irme a Valparaíso. Me trasladé a la estación Mapocho y tomé un tren hacia el puerto. El hecho de elegir esa ciudad era porque, en época de verano, podría dormir en la playa.

En la estación, me di cuenta que había muchas señoras que portaban varias maletas y comencé a ayudarlas recibiendo algunas propinas que me permitieron alojar en el Ejército de Salvación -dato que me dieron algunos vagos con los que compartí en el puerto-. Diariamente, me alimentaba en el restaurante Popular, donde cobraban diez pesos por el plato de porotos y cinco pesos la ensalada de tomates, lo que cancelaba con mis propinas.

Encontré trabajo en una tienda de calle Pedro Montt para limpiar pisos pero, una cajera del establecimiento me dio otro dato: que necesitaban un mozo puertas adentro en una casa particular de Viña del Mar, donde ingresé como jardinero y para hacer aseo. Don Pepe, el dueño de casa me tenía mucho cariño, lo que puso algunas sospechas en la mente de su esposa que un día me llamó y me preguntó: -a ver ¿de quién eres hijo tú? Y se armó la grande y me echaron de ese excelente trabajo.

Me conseguí una labor en un casino de Valparaíso, de ayudante de mesonero, donde luego de un tiempo quedé nuevamente sin actividad, por lo cual tuve que ir a dormir a las Torpederas, ocupando un banco de una plaza, hasta que llegó un vago, como yo, y me llevó al Submarino, un resto de góndola, adaptado como quiosco para vender bebidas en verano. Allí había unos sacos de arpillera rellenos de paja que ocupamos para dormir.

El hombre me hacía trabajar. Me llevaba hasta el sector de las rocas de la playa, me amarraba con una cuerda en la cintura, frente a la Piedra Feliz, y me hacía extraer locos y luche que comercializaba en los domicilios. Lamentablemente, me llené de piojos y tuve que huir y regresar a Santiago, derrotado y con la cola entre las piernas.

Fui donde un amigo de nombre Gustavo que tomó toda mi ropa y la quemó. Hacía algún tiempo, había conocido al “Chico” Oyarce, jugador de fútbol y comunista “come guaguas”. Fue elegido diputado y, como yo no tenía trabajo, fui hasta la Cámara y me hizo una carta de recomendación con la cual comencé a trabajar en una casa de pensión en que vivía una dama que era nieta de Carlos Bories, el cual, luego de haber sido gobernador de Magallanes, se trasladó al norte y fue corredor de la Bolsa. Allí, yo tenía que servir la comida mientras que una nana cuidaba un par de pequeños, lo que no era de su agrado, de tal manera que un día cambiamos y pasé a ser niñero.

Llegó a la casa Violeta Bories de Pedreros la que me solicitó prestado para que ejerciera esta labor en su casa. Fue tanto lo que se encariñaron conmigo que quisieron adoptarme y yo, ante esta verdadera amenaza, huí de nuevo y me inscribí en mi Servicio Militar, donde, para variar, gané hasta el Premio 18 de Septiembre, como el mejor conscripto del año.

Viaje a Punta Arenas e inicios en radio

Vicente Caballero, al igual que muchos emigrantes, viajó a la zona austral, casi desconociendo el destino que allí le esperaba, pero su afán de aventura y tesón, lo embarcaron en un episodio que tendría bastante que ver en su vida laboral y familiar.

En el año 1960, razones varias determinaron que el joven, emprendiera de nuevo las de Villadiego y se fuera a Valparaíso con la determinación de tomar un barco que lo llevara “a cualquier parte”. Estaba allí el Villarrica que salía en dirección al sur y allí se embarcó hasta llegar a la Perla del Estrecho donde, según sus propias palabras “creía que en el puerto nos iban a recibir los naturales en canoa”.

“Antes de llegar a Punta Arenas, en el viaje que duró 15 días, conocí un joven que se embarcó en Chiloé, el cual me invitó que fuera a alojar a la casa de su familia en la ciudad de destino. Yo pretendía irme a Natales porque tenía alguien que me conseguiría trabajo en el mineral de Río Turbio, pero la familia de mi amigo no dejó que me fuera, más yo tenía que trabajar y la necesidad hizo florecer una idea.

Este joven amigo había adquirido una serie de discos norteamericanos, de moda en la época, como los Platters, los Cuatro Ases, etc. Con los discos en mi poder fui a Radio Austral, que pertenecía a los Turina, solicitando arrendar un espacio de una hora en la emisora el día sábado en la tarde. Me dijeron “vale 10 mil pesos”. Para solventar esto visité muchas tiendas sin resultados, hasta que llegué a la Casa de los Regalos donde la dueña me envío a conversar con el señor Wilson, su esposo, el cual me canceló la suma de 20 mil pesos por el programa que se llamó “La Ronda Juvenil de la Casa de los Regalos”.

Su matrimonio y otras actividades

Las peripecias del joven aventurero no terminaron allí, porque aún le quedaba “pisar el palito” y, además, realizar otras acciones laborales.

“Ibamos caminando por la Plaza Muñoz Gamero y mis compañeros se encontraron con una amiga, Lucy Mercedes Soto Vidal, la cual me presentaron, pero no me gustó para nada. En ese tiempo las jóvenes usaban un gorro tipo pasamontaña que se les veía sólo la cara. Nos caímos mutuamente mal. El amigo donde yo me alojaba estaba de cumpleaños y a la fiesta llega una rubia despampanante, el descueve. Pregunté quién era y la respuesta me hizo caer de espaldas: -esa es la Lucy. Me enamoré y al año nos casamos”.

Seis meses duró el programa y nuevamente Vicente Caballero inició su peregrinar. Laboró en una barraca de cuero, en una empresa constructora y en Cerro Guido y Castillo para la Explotadora Tierra del Fuego.

“La Reforma Agraria nos hizo quedar sin trabajo. Un amigo me sugirió que hiciera un curso de fotografía y Lalo Sánchez me dio crédito para adquirir elementos como ampliadora y otros, y ahí partió mi carrera fotográfica, que se transformó, con el tiempo, en ser “el fotógrafo del jet set magallánico”.

“Se comenzó a editar en Punta Arenas la revista Quesecuenta de la que me llamaron a fin de que me desempeñara como fotógrafo de esa publicación. En cierta oportunidad, a Donald Bello Marín, director de la revista, se le ocurrió hacer un reportaje al grupo 6 de la Fach y para obtener las fotos me embarcaron en un caza bombardero A-37. Me mareé como 5 veces en el vuelo, clamando a los dioses ¡para que me subiría aquí! Al regresar, Bello me dice –escribe tú lo que te pasó en el vuelo. Mi narración fue publicada con el título de “El Caballero Audaz”.

Gerardo Rafael Alvarez, me inició en Radio Polar en el reporteo radial y con un equipo móvil. Luego, Carlos Bianchi me llevó a Radio Nacional.

Al masificarse la fotografía dejé esta labor y fuimos con la familia a pasear a Santiago. Allá busqué trabajo en radio y lo encontré, cuando la periodista Guillermina Galaz, que realizaba reemplazo en Radio Portales, tuvo problemas de acuerdos laborales y me aceptaron a mí como sustituto del periodista policial. Tuve la fortuna que sucedió un caso de la muerte de una pequeña y mi jefe me dio la misión de hacer el reportaje. Como yo tenía amigos policías uniformados, uno de ellos me entregó toda la información, con lo cual pude hacer la noticia que ‘golpeó’ el medio periodístico de la capital.

“Luego, trabajé durante 15 años en la Revista de Carabineros.

La familia, los hijos, excepto nosotros, estaban en Punta Arenas y nos trajeron de nuevo acá con todos los cachivaches.

Y aquí estamos, de nuevo en esta tierra. Mi hijo Vicente es bioquímico, mi hija mayor Paula, es magister en biología y, finalmente Claudia, es periodista, lo que nos llena de orgullo por tener hijos profesionales.

“Punta Arenas me ha tratado siempre muy bien, pero me castiga con su viento, su lluvia dándome a entender que no es mi hábitat, pero gran parte de mis hijos viven acá, donde están sus raíces y eso me obliga a amar esta tierra que me los entregó y me dio la oportunidad de dar una dirección certera a mi vida”.