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Andrés Varnava Kiriakou: “Fui un joven muy rebelde. Llegué a Punta Arenas sin saber leer ni escribir”

Por La Prensa Austral Domingo 19 de Marzo del 2017

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Andrés Varnava Kiriakou

 

– Nacido en Chipre, su destino no estaba en esa isla del suroeste asiático, considerada hoy como parte de Europa. Con su madre viajó hacia Sudamérica en busca de su padre, quien en 1936, prácticamente con lo puesto y sin conocer el idioma, había llegado a la Patagonia en busca de mejores oportunidades

– De su progenitor heredó el famoso café de calle Nogueira, local que por décadas fue el punto de reunión por excelencia de un público variopinto, que junto con darse cita para compartir y sociabilizar fraternalmente, también lo hacía para adquirir el aromático café en grano que se comercializaba luego de molerlo y envasarlo en bolsas de 1 kilo y de medio kilo

Por Mario Isidro Moreno

Dentro de las colonias de emigrantes establecidas en la capital de la Región de Magallanes y Antártica Chilena, destaca la griego-chipriota. Su presencia en esta zona es muy importante y, aunque es pequeña en número, (alrededor de 100 descendientes), se caracteriza por el gran amor hace la madre patria, sus costumbres y sus tradiciones que tratan de preservar y difundir con ardor y orgullo. Para ello se constituyó la Colectividad Helénica de Magallanes el 2 de junio del año 2008.

Miembro de esta noble institución, es Andrés Varnava Kiriakou, nacido en la isla de Chipre, ciudad de Famagusta, hijo del matrimonio compuesto por Christos Varnava y Cristina Kiriakou.

El destino del joven Andrés no estaba en esa isla del suroeste asiático, considerada hoy como parte de Europa, ya que con su madre viajaron hacia Sudamérica en busca de su padre.

“Mi padre se vino solo a Chile y yo quedé con mi mamá. Sus contactos eran esporádicos al igual que las contribuciones económicas, de tal forma que un día, cuando yo tenía 16 años, decidimos viajar a reunirnos con mi progenitor.

El viajó en el año 1936, prácticamente con lo puesto y sin conocer el idioma. Primero se vino a Inglaterra y no le gustó el país, de tal manera que tomó un barco en Londres que lo trajo a Buenos Aires, desde donde partió hacia la Patagonia. Supimos que ingresó a prestar servicios en un negocio de propiedad de un griego de nombre Basilio Chali, donde también laboraba un hermano de mi padre Antonio Varnava. El establecimiento comercial, instalado en lo que fue la primera casa del pionero José Menéndez, estaba ubicado en calle Nogueira, al llegar a Errázuriz. Mi padre era mozo del lugar, y se encargaba de los mandados, como por ejemplo ir a buscar la leche en tachos que traía desde las lecherías de los alrededores de la ciudad; hacía el aseo y también otros servicios.

Un largo viaje a Magallanes

Al venirnos, llegamos primero a Buenos Aires, el 16 de junio del año 1949, donde nos fue a esperar al aeropuerto nuestro compatriota Jorge Zabolakis, que tenía la Casa Helénica, en Punta Arenas. Luego de una semana nos vinimos hacia el sur.

Llegamos a esta ciudad chilena, -en el avión que nos traía también viajaba Alejandro Domic, al cual Zabolakis le encargó nuestro cuidado-, la aeronave aterrizó en Bahía Catalina, que era donde antes estaba el aeropuerto.

No nos conocíamos con mi progenitor, él sabía que veníamos y nos fue a esperar al aeropuerto. Allí, al encontrarnos, Alejandro Domic dijo: -Christos, aquí está su mujer y su hijo. Andrés, aquí está su padre-”.

A Christos Varnava se le puso la cosa difícil con la llegada de su familia, puesto que no tenía donde alojarlos ya que él ocupaba un pequeño dormitorio en el mismo negocio, pero a quién le tocó la parte espinosa fue al joven Andrés que lo mandaron con camas y petacas a dormir donde su tía Antonia, mientras que el matrimonio largamente separado disfrutaba de una hermosa luna de miel.

“Mi padre se unió comercialmente con Basilio Chali y adquirieron la casa de al lado. Pero se deshizo la sociedad y Christos quedó con la casa y el negocio que funcionaba desde el año 1919. Existían más locales, además del café; también a continuación estaba la sastrería de Molteni, padre del destacado profesor Fulvio Molteni; otra dependencia la ocupaba la señora Nieto que tenía una frutería y, más hacia la esquina se encontraba Antonio Djappra.

Joven y rebelde

“Era la época de mis 16 años. Fui un joven muy rebelde. Llegué a Punta Arenas sin saber leer ni escribir y cuando me quisieron enviar al colegio me negué rotundamente por la vergüenza de estar con niños de primer año.

Me conocían con el apodo de ‘pelo blanco o lana blanca’. Ese sobrenombre lo tenía mi abuelo materno.

Como me negué a estudiar, mi padre me puso a trabajar en el café incluso haciendo hasta las labores de pastelero, puesto que también se vendían pasteles además del café que se comercializaba luego de molerlo y envasarlo en bolsas de 1 kilo y de medio kilo.

El local era un lugar de reunión. Llevó el nombre de ‘Politeama’, por estar frente al cine y posteriormente se la llamó ‘Superior’, por la marca del café, pero siempre se le identificó como el Café Varnava.

Antes y después de las tres funciones del cine, matiné, vermouth y noche, el local se repletaba de gente. Un griego le ofreció a doña Cristina una máquina para tocar discos, que se hacía funcionar con una ficha o moneda. No se le aceptó la oferta y el señor habló conmigo y me propuso que instalara el aparato, sin costo. Fue un éxito total y el negocio ya no se llenaba dos o tres veces, todo el santo día estaba de bote en bote, desde la mañana hasta las dos o tres de la madrugada, para consumir los productos escuchando la música de moda. El griego tenía tres máquinas para vender y se le compraron todas. Una la instaló en el local, otra la arrendó y la tercera la dejó en casa para que escucharan música los nietos.

“El Parlamento chico”

En cuanto a la clientela de excelencia, al local lo llamaban “el Parlamento chico”, porque en él se reunían los políticos de todas las colectividades, y allí arreglaban el mundo.

Para que decir de los ministros de la Corte de Apelaciones. Eran como de la casa y colaboraban a atender hasta detrás del mostrador. En ocasiones en que algo subía de precio, algunos clientes los insultaban y ellos los ministros les insinuaban “pongan el reclamo en la Corte de Apelaciones”.

“En el café se citaban los novios y más de algún matrimonio se concertó en el local.

Nosotros teníamos una colaboradora, Carmela, que ayudaba en los quehaceres del hogar. Tenía un enamorado: Tulio. Este, continuamente le proponía matrimonio y ella lo evitaba. Pero, cierto día, Carmela decidió tomar el toro por las astas y se fue directo a la casa del pretendiente. Salió su hermana a atenderlo y ella preguntó por Tulio. Cuando éste se asomó a la puerta le dijo: ¿es cierto que me propones matrimonio? –el hombre, sorprendido le respondió: -pero Carmelita, vivamos así nomás-. Esta respuesta provocó el enojo de la dama que lo interpeló diciéndole: -o casados, o nada.

La pareja contrajo matrimonio y fueron felices para siempre”.

Muchas fueron las actividades que realizó Andrés Varnava, al participar en instituciones de bien público. Fue radioaficionado y como tal hizo la primera conexión con la Antártica. Estuvo en el Club de Leones entidad de la cual fue socio por más de treinta años, desempeñándose como director primero hasta llegar al cargo de presidente. Este organismo tuvo la brillante idea de establecer en Punta Arenas un banco de lentes, para la gente de escasos recursos trayendo incluso profesionales de la capital para una cruzada oftalmológica.

La campaña de los bingos

“Uno de los mejores recuerdos es la campaña de los bingos. El presidente del Club Manfred Lehmann, trajo la idea de este juego desde Norteamérica. La propuso en el directorio, lo aprobamos, trajeron las máquinas y en el año 1970 se realizó el primer sorteo, en el Cabo de Hornos. Cada semana se realizaba, siempre con el premio mayor de un auto. Se realizó un bingo gigante en Ojo Bueno, con cinco bingos cuyo premio era un automóvil. La ciudad de Punta Arenas se despobló para concurrir a este sorteo. Las ganancias nos alcanzaron para que el Club de Leones adquiriera la sede de calle O´Higgins con Ignacio Carrera Pinto. Luego vinieron los telebingos cuyos cartones se vendían “como pan caliente”. Sólo en mi negocio vendía más de 25 mil de los 32 mil cartones. El Club llevó este juego a la Argentina y se realizó desde Río Gallegos hasta Comodoro Rivadavia.

Un auto para Fidel Castro

“En el primer bingo tuve la fortuna de ganar un premio que consistía en un automóvil Peugeot 404, cero kilómetro. Casi me dio un infarto de alegría. Y ese automóvil tiene una anécdota. En el año 1971 Punta Arenas recibió la visita del Primer Ministro de Cuba, Fidel Castro, que arribó por barco a esta ciudad. Los organizadores de su permanencia en la Perla del Estrecho, me solicitaron el vehículo para transportar a miembros de la comitiva desde el muelle fiscal Arturo Prat, hasta el Hotel Cabo de Hornos. No tuve problemas en prestar el flamante coche.

El problema fue que me costó recuperarlo, ya que al solicitar su devolución nadie me daba noticias de su paradero. Fue una odisea ir de puerta en puerta tratando de encontrar el auto, hasta que alguien me dio una idea: -Fidel regresó al norte vía aérea-. Me fui al aeropuerto y ahí estaba mi Peugeot 404, en el sitio de aparcamiento y con las llaves puestas en la chapa de contacto”.

Andrés Varnava recuerda cómo conoció a la madre de sus hijos, Rosa Torres Vidal.

Romance y matrimonio

En aquel tiempo se realizaba la Fiesta de la Primavera, de día, y los carros alegóricos desfilaban y, entre ellos, uno del Hospital Regional. Rosa, que trabajaba en el citado centro asistencial participaba en el carro y cada vez que pasaba frente a Andrés, lo llenaba de serpentinas y chayas. En la noche final del carnaval, se hizo una fiesta en el Club Italiano donde ambos se encontraron y nació un amor que los llevó al matrimonio. De esta unión, nacieron Christos, que es actualmente médico, Theofania, secretaria bilingüe, Eleni, empresaria del rubro alimentos, Androulla, Contadora Auditor y Andrés, que es director del Lolapallooza Chile.