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Gabriela y Julio Munizaga, encuentro poético en el país de las nubes pasajeras

Por Ramón Arriagada Sábado 9 de Enero del 2016

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El 9 de marzo de 1917 arribó al muelle de Punta Arenas el barco de pasajeros Ortega. Días después el diario Chile Austral entregó a sus lectores una breve nota sobre el arribo de la embarcación, destacando que “ha llegado del norte para pasar algún tiempo en Punta Arenas el distinguido literato Julio Munizaga Ossandón.

El recién llegado es hermano del médico de la ciudad Oscar Munizaga, a quien viene a visitar y es de profesión abogado”. Otro diario puntarenense resalta la visita del poeta Munizaga, agregando que por su calidad como creador poético se había hecho acreedor al gran premio La Flor de Oro en los Juegos Florales celebrados en Santiago en 1914.

Dicho evento había impactado el ambiente intelectual de la época por la calidad de la poesía que llegó a manos de los jurados, además, porque fue un acontecimiento social donde la gran capital mostró el “glamour” y lozanía de sus jóvenes juglares, rindiéndose ante la belleza de sonrojadas señoritas provenientes de los sectores acomodados.
Para ilustrar la valía de la creación del poeta que visitaba Punta Arenas, señalemos que junto a Julio Munizaga participaron creadores que, con el correr de los años, marcaron rumbos trascendentales en la cultura de este país, valorizado intelectualmente como un país de poetas.

Entre los participantes en los Juegos Florales de 1914 se encontraban Pedro Sienna, Jorge Hübner Bezanilla, Max Jara, Carlos Mondaca, Manuel Magallanes Moure, Juan Guzmán Cruchaga, Daniel de la Vega y Angel Cruchaga Santa María, entre otros.
Una mujer y un soneto de muerte

Lo más significativo es destacar que quien gana La Flor Natural, el mayor premio de aquellos Juegos Florales, es una mujer. Pese a ser un concurso de versos alegres, de cotillones y señoritas glamorosas buscando un cetro para abrirse paso en los salones de la época, “Los Sonetos de la Muerte”, de Lucila Godoy Alcayaga impactan en la competencia.

Llevando como pie de autor el pseudónimo de Gabriela Mistral, la autora se mantiene alejada de la premiación. Tal vez previendo que las mujeres en ese escenario son para recibir loas y sentimientos poéticos y no para ser protagonistas intelectuales.
Nuestros personajes tienen mucho en común. Gabriela Mistral nació en Vicuña en abril de 1889. En tanto, Julio Munizaga llegó al mundo el año anterior en la misma localidad del Valle de Elqui.

Su amigo Pedro Aguirre Cerda

Cuenta Gabriela Mistral en una carta a Pedro Aguirre Cerda “mis estudios en la Normal de La Serena me los desbarató una intriga silenciosa -con la que se buscó eliminarme- por habérseme visto leyendo y haciendo leer algunas obras científicas que me facilitaba un estudioso de mi pueblo, don Bernardo Ossandón, ex director del Instituto Comercial de Coquimbo”.

Confiesa que los contenidos de los textos facilitados por el familiar materno de Julio Munizaga Ossandón y su concepción de las cosas, demasiado desusada para una jovencita de la época, le trajeron problemas en el Liceo de Coquimbo, donde -para costear sus estudios- trabajaba como inspectora.
En la misma carta a su amigo Aguirre Cerda, ministro de la época, fechada el 1 de febrero de 1920, expresa: “El profesor de la Normal, presbítero M. Munizaga, hacía también clases allí y tenía mucho ascendiente sobre la directora. Me hizo ella una observación dura respecto a mi ateísmo y a ésta siguió otra sobre mis tendencias socialistas”.

El religioso inquisidor de la poetisa era el hermano de Policarpo Munizaga Varela, personaje de mucha valía intelectual, también poeta, cuyos versos tomarán forma en un libro que editarán sus hijos con el nombre de Rimas Póstumas en la litografía Universo en Santiago (1910).

En el país de los chilenos olvidados
La historia testimonia que el 18 de mayo de 1918 en el vapor Chiloé llegó Punta Arenas la nueva directora del Liceo de Niñas, Gabriela Mistral.

Los diarios de la localidad trasuntan la sensación de contar en la convivencia diaria con una mujer que ya viene con el atributo de ser más que una conocida educadora, una de las más destacadas poetisas de habla hispana.

Viene con el nombramiento entregado por el propio ministro de Instrucción, Pedro Aguirre Cerda. Dicen las crónicas que en esta designación influyó lo que hoy llamamos el “lobby” del médico Luis Aguirre  Cerda, médico residente en la Punta Arenas de aquellos años.

Traía dos misiones nuestra divina  maestra, “reorganizar un colegio dividido contra sí mismo y ayudar en la chilenización de un territorio donde el extranjero superabunda”.

Al saber de la llegada de Gabriela a Magallanes, Carlos Pereira escribe al director de El Ateneo de Madrid, una carta con una dura reflexión: “A este lugar han relegado los chilenos a su más grande poetisa”. No todos entienden que ya en aquellos años Magallanes había comenzado a conocer los beneficios de la explotación de la tierra, que ya no es la colonia penal de antes.

Será común que la poetisa haga referencia en sus escritos al “país de los chilenos olvidados” y más de alguno de sus amigos escritores recalque, “más lejos que ella sólo fueron los muertos”.

En uno de los poemas de su libro “Desolación” aparece aquella conocida sentencia “La tierra a la que vine no tiene primavera: tiene su noche larga que cual madre me esconde”.