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Hernán Andrade Alvarez: el hombre que ha dignificado al trabajo

Por La Prensa Austral Sábado 7 de mayo del 2016

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Ovejero, puestero, jornal, minero, bombero, cocinero, panadero y hasta se desempeñó en la construcción, asfaltando las calles, son algunos de los oficios que a sus 81 años le han forjado el carácter de “trabajólico” y que han sido parte de su vasta experiencia. Reminiscente, repasa fugazmente su historia con la misma energía que lo ha mantenido periódicamente laborando. Aún no piensa en el retiro y asegura que todavía “le queda para rato”.

Ni las inclemencias de la naturaleza, ni el paso de los años, ni el avance de la tecnología, ni incluso la sordera que lo aqueja desde hace algunos años han conseguido aplacar la acérrima ansiedad de mantenerse constantemente ocupado, haciendo cualquier cosa para demostrarse a sí mismo que aún se puede ser útil en lo que sea designado, una virtud inefable que ha caracterizado a lo largo de su vida a don Hernán Segundo Andrade Alvarez, quien luego de jubilarse y de haber tenido la posibilidad de optar a una apacible vida familiar, decidió que a sus 81 años aún conserva vigente su espíritu trabajador que forjó a la fuerza durante su juventud, demostrando que no es el momento todavía para poner el freno a sus capacidades ni para otorgarle espacios al ocio.

Casado por más de medio siglo con Alejandrina Arteaga, y padre de Nelson, Hernán y Marlene, don Hernán mantiene la tradición inquebrantable de levantarse cinco horas después de la medianoche y caminar diariamente, a su ritmo, desde el barrio Prat hasta Tres Puentes, lugar donde se localiza Maqsa, empresa filial de la compañía Salfacorp que es responsable de la gestión de activos en maquinaria industrial, que le ha brindado al incansable octogenario la oportunidad de seguir laborando y contribuyendo con su oficio, luego de 36 años desde que ingresó por primera vez.

Nacido en Maullín, Región de Los Lagos, nunca conoció a su padre, por lo que fue criado, junto a su hermana Elia, por su madre y por -como él denomina- su “jodido” padrastro, de quien aprendió diversas tareas a muy corta edad, puesto a que no pudo completar su escolaridad por ser el único alumno de una escuela, que debió cerrar sus puertas debido a que su asistencia era ocasional e irregular.

“Iba a una escuela rural, allá estudié, pero era el único alumno en ese entonces, y además que iba una vez al mes. Después, a los 15 años me tuve que ir con mi padrastro como inquilino a un fundo en Quellón, Chiloé, cuidando animales, ordeñando vacas y haciendo mantequilla, que la enviábamos a Santiago a un patrón que nunca conocí”, evoca con la mirada perdida en el techo.

La llegada a Magallanes

De fechas y de la cantidad de nietos que tiene, dice -entre risas cómplices- no acordarse, y aunque el año exacto de cuando migró a Punta Arenas divaga confusamente en su mente, afirma que tras cumplir con sus deberes militares en la época de la disputa limítrofe de Alto Palena y río Encuentro, entre Chile y Argentina respectivamente, llegó a Magallanes con el simple propósito de “buscar suerte”, en el momento preciso en que la región vivía un auge económico y laboral que se extendió por algunas décadas, siendo la extracción del carbón una de las principales actividades.

“Después de hacer el servicio militar y de que los argentinos nos querían quitar Palena me vine para acá a buscar trabajo y llegué a la compañía Sara Braun, donde fui minero en la mina Pecket. Ahí trabajaba de bombero en la noche para vaciar la mina, ya que los chiflones se llenaban de agua, entonces trabajábamos para que el lugar estuviera seco en la mañana para la gente que iniciaba sus labores. Allí operaba una bomba que tiraba el agua para afuera. Después entré de fogonero, alimentando una caldera de cuatro fuegos en la misma mina”, rememora don Hernán, haciendo énfasis en que todo lo que aprendió fue mirando las tareas que ejecutaban sus superiores, aunque en más de una ocasión debió arriesgarse a improvisar para conservar su estabilidad, por lo que recalca que nunca estuvo “sin pega”.

“Había que aceptar lo que venía y siempre estar dispuesto a hacer las cosas y a aprender, y si no sabías algo, preguntar y nunca quedarse callado, porque ahora muchos se quejan de que no tienen pega o que ganan pocas lucas, pero en ese tiempo uno no se podía regodear”, apunta, especificando que en el yacimiento carbonífero su jornada se extendía de lunes a domingo en turnos de noche que comenzaban a las 17 horas, concluyendo con su faena a las 7,30 de la mañana del día siguiente, para luego retornar a su pieza que se situaba en un pueblito aledaño a la mina.

De cocinero a ovejero

Luego, se trasladó a la Estancia Josefina, en la comuna de Laguna Blanca, para ejercer variadas funciones, inicialmente de aseo de las instalaciones, y que por algunas eventualidades debió reemplazar al cocinero, lo que le llevó a que tiempo más tarde accediera a tomar su lugar.

“Pasé a la cocina de la estancia, donde hacía el aseo y era mozo, pero después se fue el cocinero y lo reemplacé. Mucha gente compraba sopas concentradas, y esas cosas, pero yo hacía la comida a la chilena. Luego pasé a ser panadero, y estaba el problema de que había un horno de ladrillo y nadie sabía ocuparlo, y había que hacer pan para cuarenta personas, pero yo sí sabía. Aparte que no se podía regular la temperatura del horno y me preguntaron cómo lo iba a hacer y yo les dije que me dejaran trabajar tranquilo y empecé colocando la masa en los moldes como por una hora para que se hiciera bien. Cuando saqué el pan, llegó el administrador y me preguntó qué era lo que había hecho y yo corté a la mitad el pan, saqué unas rebanadas y se las di al delegado que me supervisaba, que no me creía que yo sabía, y me dice, disculpando la expresión: vos no serás panadero, huevón”, se acuerda del hilarante episodio que atesora entre sus reminiscentes anécdotas, destacando que muchos de los quehaceres que ha aprendido a lo largo de su existencia han sido por iniciativa propia.

Un giro radical, pero un rubro que en algún fragmento de su infancia y juventud conoció y disfrutó como un pasatiempo fueron los animales. Si bien, de pequeño fue fascinado por los caballares, en esa época le tocó vigilar a los miles de lanares que pastaban en la Patagonia chilena, rebaños de pertenencia de los latifundistas a quien prestaba servicios, y con los cuales tasadamente se pudo relacionar en alguna ocasión.

“Después de salir de la cocina, fui a parar como ovejero y puestero. Cuidaba algunos cuantos animales que pertenecían a los patrones de la Estancia Josefina, hasta que los terrenos fueron expropiados por el fisco. Aparte que había varios colegas que tomaban y tomaban y no paraban hasta que se morían. El copete hace mal”, sostiene el octogenario maullinense, explicando que en dicho tiempo no menor eran los altos índices de alcoholismo asociados a aquel oficio, situación que pudo comprobar en la muerte de algunos de sus compañeros, llevándolo a retirarse en aquel entonces de la labor de supervisión de animales.

El sacrificio familiar

Del trabajo de campo a las carretillas, la mezcla y los hormigones. Después de estar por casi 20 años en la Estancia Josefina, ingresó en la década de 1980 a laburar de jornal para la constructora Salfa. En ese tiempo, su hijo Nelson “Chispa” Andrade, que hoy es jefe de bodega de Maqsa, trabajaba como subtécnico eléctrico, entrando a la empresa por el deporte, singularmente porque era un reconocido futbolista que formaba parte del equipo de Cosal, que representa a la empresa. Debido a esto, el primogénito relata que él fue quien consiguió el puesto para que su padre pudiese ejercer en la empresa. Allí, don Hernán ejecutó distintas obras urbanas cuya duración no se extendían más allá del año y medio. A la vez, junto a un amigo se desempeñó realizando labores de pavimentación que comenzaron en la población Bargo, aunque el asfaltado de la calle Rómulo Correa, desde el cementerio hasta donde concluye hacia el norponiente, es la obra que más recuerda.

“Estuvo también de sereno para varias poblaciones de casi todo Punta Arenas, y después y le tocó en innumerables veces trabajar en navidades y en Año Nuevo. Cuando él era nochero de repente lo perdíamos el sábado, el domingo y los feriados. Mi mamá con mi hermana iban a dejarle la tortita del cumpleaños cuando estaba de turno. Para mí es una persona intachable en el trabajo, es muy bueno para la pega y con la familia. Esté trabajando o no se levanta igual en la madrugada a cocinar huevos con cebolla y no deja dormir a nadie en la casa. Eso viene de cuando él trabajaba en el campo. El es puro chiste, pura risa y vive la vida con alegría. Estoy orgulloso de él”, destaca su hijo, que por otra parte y a modo de broma revela algunas “mañas” que nunca abandonó.

Actualmente y ya jubilado hace un par de años, Hernán Andrade Alvarez brega afanosamente en el casino de SalfaCorp, aplicándose en numerosos cometidos que le asignan a diario, como mantener el aseo, hervir el agua para las tandas del café matutino y calentando la comida a los obreros que lo reconocen y lo saludan cordialmente en distintos puntos de las instalaciones. Dice no estar cansado. Señala que a sus 81 años no le faltan energías y que se siente aún útil para lo que se requiera.

“Ninguna cosa ha sido difícil para mí. Desde chico aprendí a trabajar, sé muchos oficios y donde me manden yo lo voy a hacer. Todavía me queda cuerda para rato. El frío nunca ha sido una dificultad, uno simplemente tiene que andar abrigado, pero yo ya estoy acostumbrado”, concluye con una sonrisa determinante, que pretende reflejar ser un modelo de empeño, esfuerzo, tenacidad y perseverancia.