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Los 90 años del poeta mulchenino: Marino Muñoz Lagos, testigo de las tempestades del austro y de las auroras

Por La Prensa Austral Domingo 19 de Julio del 2015
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El poeta chileno Marino Muñoz Lagos cumple en este mes 90 años, de los cuales 67 de ellos los ha vivido en Punta Arenas, “siendo testigo de las tempestades del austro y de las auroras”.

Nació en Mulchén, en el año 1925 (en mapudungún Molchen molu: guerrero, che: gente, ñanku: aguilucho o halcón “Halcón Guerrero”), comuna que está situada en la Región del Bío Bío.

Lo encontramos en su domicilio de la población Fitz Roy, en compañía de su esposa Eulalia Agüero Pleticosic, con papel puesto en su fiel máquina de escribir, que lo ha acompañado durante muchos años en sus creaciones literarias, para estampar sus comentarios o ideas que le musitan al oído las musas que lo han seguido desde niño.

“Fuimos 10 hermanos, hijos del matrimonio compuesto por Tomás Muñoz, profesor primario y Rosa Lagos, dueña de casa, ambos con nombres característicos de gente campesina. Llevamos desde niños una vida nómade por cuanto al jefe de familia lo designaban para que fuera a enseñar a escuelas de diversas localidades. Sin lugar a dudas que Mulchén fue el lugar principal de nuestras andanzas y de ahí saltamos a Talcamávida, luego a Concepción y finalmente Talcahuano.”

Talcamávida significa en mapudungún “Montaña de Truenos”. En su libro “Crónicas de Sur a Norte” el poeta viaja a las nostalgias evocando a Helia Murga, compañera de su escuelita primaria, diciendo que su recuerdo “nos ha traído un pretérito azul que nos faltaba en este diario y pedregoso transitar por los recuerdos”.

 

 

Silabario Matte y cuadernos fiscales

 

Sus ojos tratan de captar las imágenes de ese tiempo remoto de escuela con silabarios y cuadernos fiscales: “En Talcamávida había dos escuelas; una de hombres y otra de mujeres. Había árboles frutales y rincones que invitan a esconderse en los innumerables juegos de los claros recreos de entonces. Aquí aprendimos a leer, empezando a descubrir el mundo y a soñar en tantos viajes que la imaginación no alcanzaba a aprisionar para nuestros osados propósitos de niño provinciano. En el patio de la escuela con árboles y pájaros hicimos bailar el trompo juguetón, con su púa zumbadora y su pecho de arcoíris, en un ruedo de incipientes gladiadores del baile y la destreza”.

Sus ojos recuperan el brillo juvenil de su adolescencia lejana, al capturar la emotiva presencia de Helia: “era una chica de mi edad y se transformó en uno de esos primeros amores infantiles. Murió muy joven”. Al pronunciar estas últimas palabras sus pupilas vuelven a oscurecerse para llevar al olvido esos recuerdos de dulce y agraz.

Pero, las reminiscencias de su lejana infancia, lo mantienen en Talcamávida, ese pueblo que de alguna manera marcó su vida de niño: “Talcamávida es el nombre de un pueblecito que guardó, silenciosamente, parte de nuestra lejana infancia. Como no había un reloj público, sus habitantes se guiaban en la hora por las campanadas que tañían en la estación de ferrocarriles para anunciar los trenes de pasajeros que tenían sus denominaciones particulares: el tren de los borrachos, el del pescado, el nocturno. Los habitantes vivíamos felices aunque el poblado carecía de luz eléctrica, agua potable y otros adelantos citadinos. Hacia el norte del pueblecito y saliendo de sus límites, había una larga y hermosa avenida de eucaliptus, hasta donde solíamos caminar en las tardes de buen tiempo para recoger sus cortezas de muy rica leña y aspirar el aire denso de sus mentoladas nervaduras. En los pueblos pequeños del sur se consume el pan amasado y cocido en horno de barro, el cual es vendido en los almacenes ubicados en las esquinas. El pueblo, que nunca alcanzó los mil habitantes, se alimentaba de ese exquisito pan y las tortillas de rescoldo hechas por las manos de la mujer rural.”

Acacias y aromos de su tierra, dos fragancias le permiten retroceder en el tiempo, y aclarar la memoria del gran bardo. (Los aromos florecen en invierno, avisando que se aproxima la primavera.)

“Mi padre nos compraba, a través de los trenes que llegaban de Concepción, algunas revistas del ayer; el Peneca que era dirigido por Elvira Santa Cruz, con fachadas dibujadas por Mario Silva Ossa, Coré (nieto del ilustre José Santos Ossa, magnate del salitre), y el Cabrito, conducido por la misma, con el seudónimo de Roxane y que en su portada contaba con las hermosas ilustraciones de Alfredo Adduard. Nuestro progenitor leía Don Fausto y el Topaze y los mayores compartían la lectura de las revistas Vea y Ercilla. Aprendí a leer en el Silabario Matte, conocido también como el Ojo.”

Quizás, si las páginas de esa cartilla de la enseñanza de las primeras letras, lo habrán incentivado para hacer caso a su vocación de maestro.

“Estudie en la escuela Normal de Victoria donde, en 1945, obtuve el título de profesor Primario. Poco antes de ingresar a este establecimiento educacional comencé a escribir poesía. Desde allí me fui trasladado a Talcahuano donde hice mis primeras clases. Los días iniciales fueron dedicados a conocer a esos niños, casi rurales, con los cuales me encontraba por primera vez sabiendo que desconocían leer y escribir y que tenían la esperanza que yo les condujera por la ruta del saber”.

 

 

Su traslado a la tierra del frío

 

 

“A Punta Arenas me vine en el año 1948 como con una especie de traslado, desde el Puerto de San Vicente. Eran los tiempos de la presidencia de Gabriel González Videla, autor de la criticada Ley de Defensa Permanente de la Democracia, calificada como la Ley Maldita, porque en ella se declaraba ilegal la existencia del Partido Comunista”.

Debe haber sido un amor a primera vista el que tuvo el poeta con la Perla del Estrecho porque sus palabras escritas en uno de sus textos, lo dice así:

“Quienes aman a esta tierra no olvidan los elementos esenciales que la hacen imprescindible: la lejanía, el colorido, la soledad, el viento, la nieve. Punta Arenas florece así para aquellos que arribaron un día a sus orillas imantadas y se quedaron para siempre en estos lares que agradan al corazón de muchos”.

 

 

Su compañera Eulalia

 

 

 

Aquí conoció a su esposa Eulalia Agüero Pleticosic, hija del director provincial de Educación. Ella estudiaba en el Liceo de Niñas. “Fui destinado a la Escuela N°8 del barrio Sur durante los primeros meses que estuve en Punta Arenas. Luego me hice conocido en las letras como el poeta de Punta Arenas y por intermedio de una escritora amiga, profesora de la joven Eulalia, se produjo el encuentro entre ambos. Pololeamos durante 10 años. En ese intertanto me fui un tiempo a Antofagasta para regresar a la Perla del Estrecho a terminar el noviazgo y convertirla en mi esposa. De esta unión nació nuestro único hijo Marino Andrés Muñoz Agüero.”

El poeta Marino Muñoz Lagos, recorrió de sur a norte y del mar a la cordillera; lo divisó el caluroso norte y lo cautivó el frío austral.

Amigo de Pablo Neruda, Pablo de Rocka, Nicomedes Guzmán, Francisco Coloane y otros, éstos se refirieron a su obra.

Coloane escribió que “Marino Muñoz descubrió una zona escritural donde el paisaje de Magallanes era un territorio inexpugnable y, por lo mismo, sólo podía vivir en el poema, en los anchos parajes que fueron habitados por milodones, torres de piedra y nieve, que alguna vez visitó con el gran poeta ruso Eugenio Evtuchenko y el mismo autor de El Ultimo Grumete de la Baquedano en Ultima Esperanza”.

Aristóteles España dijo: “el poeta explora el entorno de un paisaje metafísico de la Patagonia y de sus mundos atávicos. Inventa una patria literaria a través de la cual describe la cotidianidad como un perfecto artesano y cada verso tiene una finalidad y un ritmo que muy pocos autores pueden lograr”.

El poeta y cantautor argentino Atahualpa Yupanqui dijo a Marino “Usted es, como todo poeta, el trashumante del pan celeste. Ningún pan más sabroso, más breve y sagrado. Nacido pan para la vida, agonizante vida del que busca la palabra, sabiendo que lo total y hermoso es el silencio”.

En la certeza de vivir en una tierra de clima inhóspito, en la cual se ha quedado para siempre, el poeta deja el más hermoso epitafio para esta, su tierra de adopción:

“El día que me muera, estoy pensando,/será un día de lluvia. /El día menos rebelde que yo tenga. /Desde el bosque traerán la madera con que sueño./Desde un bosque cercano donde el agua sigue su cristalino derrotero./Y unos árboles breves, como nidos, servirán de ataúd para mi cuerpo”.

Texto, Mario Isidro Moreno; Fotografía, José Villarroel.