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Los silentes guardianes del estrecho

Por Elia Simeone Sábado 14 de Mayo del 2016

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Están en pequeñísimos puntos de la desmembrada geografía regional custodiando el funcionamiento de los faros y reportando en forma oportuna el paso de las embarcaciones que cruzan a diario las estratégicas aguas del paso bioceánico.

Quizás desde un diminuto peñasco o desde un punto escondido de la intrincada y desmembrada geografía o desde lugares en que nadie podría imaginar la presencia humana… Allí están, son los fareros de la Armada, los silentes guardianes del estrecho de Magallanes.

Son la luz entre los océanos Atlántico y Pacífico y nadie puede entrar ni salir de estas frías y estratégicas aguas sin que sea registrado en forma oportuna por uno de estos vigías insospechados.

Dos calificativos sobrevienen de forma inmediata a la mente cuando el helicóptero de la III Zona Naval nos aproxima a estos puntos neurálgicos del gravitante paso bioceánico: abnegados y orgullosos.  Sí, todos comparten un espíritu hoy casi extinto de entrega cotidiana, sin esperar nada más que experimentar la satisfacción de hacer bien su trabajo, irradiando en sus rostros y palabras tal pundonor.

Nadie los vigila, pero cumplen en forma puntual y eficiente su labor, no sólo controlando que los equipos funcionen, sino estando alerta ante cualquier posibilidad de alguna emergencia.

Por ello, recordamos aquel encuentro del protagonista de El Principito con el farolero, luego de haber conocido a otros personajes del libro homónimo y, como él, pensamos: “Este sería despreciado por los otros, por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Y, sin embargo, es el único que no me parece ridículo, quizás porque se ocupa de otra cosa y no de sí mismo”.

Un oficio casi bicentenario

¿A quién se le podría hoy ocurrir estudiar para ser farero? Sin embargo, se trata de una especialidad de la Armada que tiene más de 178 años y que resulta capital para un país de costas interminables, como el nuestro. Hay 95 fareros a nivel nacional, 27 de ellos en Magallanes.

Sólo en nuestra región, son custodios de lo que sucede dentro de los 12 millones de kilómetros cuadrados del territorio marítimo, el cual representa al 41% del área de responsabilidad nacional.

A su cargo, tienen la mantención y operación de 592 señales marítimas, que permiten guiar el paso de las embarcaciones, haciendo más segura la navegación, lo cual tiene como prioridad salvaguardar la vida humana en el mar.

Faro Félix

Por ello y ya con el puntapié inicial del Mes del Mar que vino a dar la Presidenta Michelle Bachelet, abordamos un helicóptero naval y, en compañía del gobernador marítimo Oscar Ortiz, sobrevolamos el seno Otway, canal Fitz Roy, seno Skyring y el lago Muñoz Gamero para dirigirnos hacia nuestros objetivos en la boca occidental del estrecho: los faros Félix y Fairway.

La gobernación marítima asentada en Punta Arenas tiene dentro de su jurisdicción siete faros, tres ellos habitados por familias (Santos, Dúngenes y Fairway) y otros cuatro sostenidos con personal naval (San Pedro, Félix, Evangelistas y Diego Ramírez).

El buen tiempo nos acompaña, mientras el comandante de la nave, el teniente primero Andrés de La Torre dirige atento las maniobras del piloto, el teniente primero Daniel Rifo. El trayecto escogido permite a la tripulación realizar una inspección de rutina, sobrevolando por zonas en que transitan embarcaciones y se realizan actividades de pesca. De todo ello van tomando nota y dando cuenta a la gobernación marítima.

Saliendo del estrecho de Magallanes y tras una hora y media de vuelo, se asoman los techos rojos de las instalaciones del faro Félix. Allí nos recibe el sargento primero (Faro) Luis Umazabal Meza, de 40 años, orgulloso de su profesión. Cuando ingresó a la Escuela de Grumetes decidió seguir la especialidad de farero.

Con orgullo muestra las instalaciones y, desde la altura del vigía de metal, declara que se trata de un faro tipo “A”, es decir, “nunca debe estar apagado”. En 1905 comenzó su construcción y ésta concluyó en 1907.

La primera mujer naval en un faro

Los vecinos de los cuatro funcionarios que por igual número de meses deben vivir en el faro Félix son el matrimonio compuesto por el sargento segundo (Litoral) Luis Gatica Aguirre y la cabo segundo Luz Delgado Montiel.

Ella, de sólo 27 años, es la primera funcionaria de la Armada que con su marido vive en un faro.

“Como mi esposo había estado en otro faro, yo quería saber lo que es vivir y estar en un faro aislado. Estamos cómodos y estoy muy feliz de mi decisión”, comenta con una gran sonrisa.

Como únicos habitantes sobre un diminuto peñasco, las tareas las realizan los dos “por igual”, siendo uno de sus principales roles el control marítimo. Pasan unas ocho embarcaciones al día en temporada de invierno, lo cual sube más cuando es verano y abunda el tráfico comercial, los yates y otras naves turísticas.

Mal tiempo, mucha lluvia y viento son parte de las condiciones climáticas que azotan al pequeño islote.

Como anécdota y ejemplo de obediencia, cuenta que, cuando hay alerta de tsunami en el resto del país, ellos también tienen que hacer el ejercicio de salir de la casa y buscar el punto más alto.

Llegaron en noviembre pasado y deben permanecer un año allí, en medio del estrecho, vigilando la lontananza.

Pese al frío, la calidez asoma en sus rostros sonrientes y nos invitan a tomar té o café con un pedazo de tarta de durazno que Luz Delgado hizo, como buena hija de un marino y panadero.

Admiración

Al hablar con estos funcionarios de la Armada, tan sacrificados y apegados a sus tareas, la admiración surge en forma espontánea. Quisiéramos quedarnos hablando tendido con ellos, pero el tiempo apremia.

Las aspas del helicóptero apostado sobre el mini helipuerto ya comienzan a elevarnos y, mientras regresamos a Punta Arenas en medio del paisajes de hermosura infinita, vuelven a la menta las palabras del protagonista del libro El Principito, quien, tras haber conocido a mucha gente, concluye al dejar al farolero apegado a su consigna: “Es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es demasiado pequeño y no hay lugar para dos…”.