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Más historias de Don Guillermo: Un naufragio en el estrecho

Por La Prensa Austral Domingo 4 de Diciembre del 2016

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(Parte II y final)

Presentamos otra primicia del siglo XIX, la narración de un accidentado viaje en el estrecho y el correspondiente salvataje, aventura vivida por nuestro primer cronista regional, William Greenwood (Don Guillermo).

Por Gladys Grace y Duncan Campbell

Esta historia viene a completar el resumen hecho en memoria de su amigo Enrique Reynard, pionero de la crianza ovina en Patagonia y aumenta la colección de recuerdos compartidos por Greenwood en sus memorias. Fiel a su estilo, Don Guillermo mezcla humor y tragedia; su gran amigo es, a la vez, valiente y temeroso; sus barcos, estupendos y desastrosos; el tiempo, de bonanza y de terror. Las dificultades de la vida pionera quedan expuestas, así como también la actitud emprendedora y solidaria necesaria para enfrentarlas. Reynard llegó Punta Arenas, llamada entonces “la Colonia”, en 1874; Greenwood y Dunsmure, el otro inglés mencionado, en 1872, o sea, durante la época temprana del asentamiento.

Lo que nos cuenta Don Guillermo

“Cuando Reynard recién llegó a la Colonia, tenía muchos deseos de visitar Tierra del Fuego. Yo era dueño de un pequeño cúter, así que un buen día se lo presté a él y a Dunsmure. Ellos partieron en una excursión exploratoria para cazar, conseguir focas o lo que fuera que encontraran. Lo que encontraron fue un temporal de vientos fuertes que impulsaron la pequeña embarcación hacia la costa contra las rocas, dejándola atrapada allí con un gran hoyo en el fondo. Por suerte, el barco no se destrozó, de modo que lograron llevar a tierra algunos artículos y provisiones: arvejas, porotos, galletas, etc., además de las dos cajas de ginebra enviadas por mí para negociar con los indígenas (si encontraban a alguno).

Una semana después del accidente, como no existía ni la más remota posibilidad de llamar la atención de algún otro barco o vapor, Reynard y Dunsmure decidieron enviar el chinchorro para informarme de lo sucedido; mientras, ellos se quedaron en tierra. En una mañana de calma, el capitán Hansen y los marineros Kelly y Johnson remaron hasta la otra orilla, adonde llegaron sin dificultad. De inmediato, pedí prestada una lancha a vapor, propiedad de la Sociedad Carbonífera y partí a buscar a Reynard y a Dunsmure. Tomamos tierra sin problemas y los recogimos, así como también unas cuantas cosas de valor, sin olvidarnos de la ginebra, provisiones, municiones, etc. Dejamos el cúter abandonado a su suerte.

Ni bien habíamos partido cuando la bendita lancha encalló y no la pudimos mover por un buen rato. Finalmente, Reynard saltó por la borda y con esfuerzos sobrehumanos pudo empujarla y ponerla a flote. Había un frío tremendo y él estaba medio congelado, pero le aplicamos ginebra en cantidades; le pusimos mantas gruesas contra la piel y rápidamente entró en calor de nuevo. Después de eso, partimos hacia la Colonia. Habíamos llegado sólo hasta cerca del islote Contramaestre, cuando la condenada máquina se paró, dejándonos varados en medio del Estrecho, con la mar gruesa, sin velas, únicamente con un remo pequeñito, mientras soplaba un vendaval que rápidamente se convirtió en un verdadero huracán.

Tras la popa, remolcábamos un bote de cuero o loneta, el que se anegó en un dos por tres y se dio vuelta. Esto salvó nuestras vidas ya que cortaba las olas, que rompían contra nosotros por detrás, altas como montañas. La lancha seguía haciendo agua y estaba llena hasta más de la mitad. Por suerte, sus compartimentos eran herméticos, lo que le permitía seguir a flote; pero, no parábamos de desaguarla con todo lo que teníamos a mano (si no, hubiéramos sufrido un desastre).

Seguimos a la deriva, de un lado a otro, toda esa noche y el día y la noche siguientes, sin saber cuándo llegaría el punto final. Estábamos calados hasta los huesos, sentados en medio del agua y achicándola incesantemente para mantener la vieja lancha a flote. Si no hubiera sido por las raciones de ginebra y leche condensada, más o menos cada hora, no hubiéramos sobrevivido. Ambos tanques de agua se habían perdido, no teníamos nada para beber y estábamos muertos de sed.

Finalmente le dije a Reynard “¡Ni que me cuelguen soporto esto más ya! En cuanto lleguemos como a cien yardas de la costa otra vez, me tiro al agua y trato de nadar hasta la orilla”. El me contestó: “No seas tonto, nadie puede nadar con este oleaje. Yo voy a aguantar aquí no más; no podremos estar peor de lo que estamos”. Y, al mismo tiempo, al ver que el capitán y el oficial tenían puestos cinturones salvavidas de corcho, me preguntó con indiferencia: “¿No tendrán algún cinturón que les sobre, no?”

Bueno, por la tarde, la embarcación continuó a la deriva. Se alejó de la costa rumbo al seno Almirantazgo y, finalmente, encalló en el último punto de entrada, como a 20 ó 30 yardas de la playa. Todo el mundo saltó por la borda inmediatamente, excepto yo, que estaba sentado en la popa y no podía arrojarme. Pero llegó una gran ola y me lanzó hacia la playa; me hubiera llevado de vuelta al mar si Reynard y Dunsmure no se hubieran apurado para sacarme tirándome por las piernas.

Al darnos cuenta de que estábamos en tierra firme nuevamente, realizamos una jubilosa danza de guerra, excepto el viejo Brown (Kelly), que se había lastimado una pierna con las violentas sacudidas. Bien podíamos haber esperado antes de saltar: media hora más tarde la lancha estaba sobre la playa con la mayor parte de nuestras cosas flotando en su fondo; pero seguíamos tremendamente sedientos y no pudimos encontrar ni una gota de agua cerca.

Luego -como, por suerte, uno de nosotros tenía unos cuantos fósforos envueltos en tela impermeable- hicimos una gran fogata. Comenzamos a condensar agua con una tetera grande de barco y un barrilito de ginebra. Era un proceso largo, pero nos las ingeniamos para condensar una cantidad suficiente para llenar otra tetera desde el barril y esperábamos tomarnos una tacita de café en seguida, cuando Dunsmure, que estaba atizando el fuego, dio vuelta la tetera por accidente y derramó hasta la última gota, lo que nos obligó a esperar un par de horas más para llenar la tetera de nuevo. Entonces sí nos preparamos una espléndida taza de té y comimos muchas galletas y cerdo salado, y estábamos casi completamente felices. Continuamos con el proceso de condensación y no nos faltó más el agua.

A la mañana siguiente, Reynard y Dunsmure se encaminaron a lo largo de la costa hasta los restos de mi cúter, ya que sabíamos que nos irían a buscar allí cuando vieran que la lancha no regresaba. El resto de nosotros los seguimos lentamente, ayudando a nuestro camarada lesionado y, luego de una caminata larga y cansadora, llegamos hasta los restos del barco, casi al mismo tiempo que la goleta Anita aparecía a la vista; venían a buscarnos por orden del Gobernador. En una hora, estábamos todos salvos a bordo y en la Colonia, esa misma tarde”.

Esta Patagonia bravía que conoció y describió tan genialmente Greenwood tenía como contrapartida al medio hostil, la solidaridad hacia todo aquel que la necesitara. Las amistades que se forjaban eran profundas y duraderas. Greenwood continuó su asociación con Reynard al fundar la estancia Cañadón de las Vacas (en Santa Cruz, Argentina). Fue allí que los investigadores de la Patagonia austral, Gladys Grace y Duncan Campbell, encontraron este resumen de recuerdos inéditos.