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Reportaje: Alcoholismo, soledad y pobreza extrema, el rostro oculto de Magallanes.

Por Analía Vázquez Domingo 30 de Agosto del 2015

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Desde hace 14 años, cada jueves, la tía Orieta comienza a picar cebollas, zanahorias, zapallo y carne, para cocinar una reconfortante comida caliente que será el plato de unas cuarenta personas que viven en situación de calle, o para quienes tienen un techo pero el dinero no alcanza. A las 20 horas todo está listo para llevar la gran olla de un metro de altura hasta la parroquia María Auxiliadora.

Ese es el punto de encuentro de Eduardo, Daría, José, Carla, Rosvita, Juan Carlos, Francisco, María, Priscila y Mauri, el grupo que integra “La patrulla”. “Nuestra pretensión no es muy grande, el objetivo es compartir, conocer la historia de la gente; porque a través de las historias sabemos por qué están en esa situación. Nos llena de amor y alegría los jueves, compartir con los hermanos, especialmente los que más necesitan, los que más sufren. Hay personas que tienen carencias, que están solos y que por distintas circunstancias han quedado marginados. Nosotros mismos como sociedad los marginamos. Y como decía el otro día otro integrante de la patrulla, son invisibles”, cuenta Eduardo quien junto a Daría su esposa, trabajan en esta misión desde sus comienzos.

A las 20,30 horas los termos de café ya están arriba de la camioneta que también lleva la comida, unos platos plásticos, vasos, y dulces para los niños.

Historias de vida

La primera parada es en la esquina de Errázuriz y Armando Sanhueza, en donde un grupo de seis hombres y una mujer esperan, con la mirada perdida en algunos casos y con una sonrisa en otros, ese plato de comida caliente, pero sobre todo, un abrazo y una mano que los sostiene por unos minutos para rezar una oración. Distintas circunstancias de la vida, cuyas historias se atisban un poco en cada visita, los han llevado a caer en el alcoholismo, una enfermedad de la cual son presos. Un hombre mayor lanza un grito desesperado cuando llega el momento de la despedida, trata de extender el tiempo para tener un rato más de compañía y deja soltar unas lágrimas pidiendo un abrazo, al igual que un niño.

José reparte algunos abrigos y bufandas que consiguió, otro pide una frazada. Muchos de ellos van a dormir en el Hogar de Cristo, otros simplemente en la calle.

“Somos una patrulla bien abierta: acá participa gente sin importar la condición social, grupo de pertenencia o religión, todos tienen las ganas de brindar tiempo para dar a los demás. Ser pobre no significa solamente estar en la calle. Hay gente que no le alcanza para comer, vive en mediaguas, no tienen los servicios básicos como agua, luz, gas…” dice José mientras enciende el motor del auto que nos lleva al próximo punto.

“Don Pepe” abre la puerta de la piecita que arrienda. Sus ojos claros y una simpática sonrisa que conquista con sus 82 años, ocultan esa tos cargada, producto de un edema pulmonar. Está solo, sin familia, pero no se queja. Aprovecha la compañía para contar de sus años de juventud cuando trabajaba en el campo, sus años en Argentina y las aventuras en Tierra del Fuego.

La noche se va poniendo espesa entre el frío y una garúa finita que cae del cielo, sin decidirse a llover como parecía al principio.

La habitación donde vive María, una joven de poco más de 20 años, está alumbrada solamente por la luz de una vela, ya que no tiene el cableado correcto para que le habiliten la luz eléctrica, ni tampoco el dinero para pagarlo. De inmediato Eduardo, que conoce del tema, se pone a un costado a conversar con ella para entender la situación y ver qué se necesita para que pueda tener luz como cualquier persona en este siglo XXI. La pequeña llamita de la vela deja ver a un costado una cuna, algunos juguetes y unas leches para bebé sobre el aparador. Todo pertenecía a su guagüita de un año, que falleció hace unos pocos meses producto de un problema pulmonar congénito. El duelo de María por supuesto no ha terminado, pero aún tiene fuerzas. Unas fuerzas que sólo el cariño de la gente y la guía de un ser superior pueden dar. Todavía tiene fe y quiere encaminar su vida. Les dice a todos que por favor si saben de alguien que necesite hacer aseo ella quiere y necesita trabajar, plancha, lava y limpia.

Hay una particularidad en cada punto: al despedirse todos se toman de las manos y rezan una oración, un padrenuestro que da fuerzas y esperanzas para continuar. “Hace unos años se salía a repartir comida, y una vez una persona de la calle que ya falleció pidió si podía rezar. Desde aquel momento, en cada una de las visitas se reza una oración”, cuenta José. Y hay que experimentarlo, el calor de esas manos unidas crea una atmósfera de amor, de entrega y la certeza de que cada persona es importante, que no hay que bajar los brazos y seguir luchando.

En unos pocos días
sin techo para vivir

Malcofa, Paty y Juanito viven en una mediagua bajando una lomada repleta de lodo, no hay luz que ilumine el camino y hay que descender con cuidado porque hay maderas y chapas sueltas que en medio de la oscuridad pueden ser cortantes. Eduardo se resbala y cae al piso, un poco dolorido continúa su descenso. Su señora y Francisco lo ayudan y el resto se adelanta ya que Paty está esperando en la puerta. Malcofa es una madre esforzada, cabecera de su hogar. Juanito tiene 9 años y Paty unos 17. Los tres se están quedando en unos pocos días sin lugar para vivir, ya que el terreno que arriendan y en donde está construida la mediagua se va a vender. Han postulado incontables veces para proyectos Serviu, pero la suerte no la acompaña. Y sus papeles van quedando postergados, sin tener el beneficio que le daría mayor dignidad a sus vidas. Los chicos van a la escuela. Juanito sueña con ser alguien en la vida y se esfuerza por ello, tiene buenas notas. Hace poco dos integrantes de la patrulla lo llevaron al Mall para comprarle algo de ropa y comer papas fritas. Era la primera vez en su vida que iba al Mall y que comía papas fritas. Contento dijo que era la comida más rica que había probado en su vida.

La tarea de la patrulla no empieza ni culmina los jueves, ya que el celular de José y de Eduardo está de guardia las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Gracias a la confianza depositada en cada una de las visitas, los más necesitados los llaman, les plantean las urgencias, como por ejemplo, el pedido de un poco de leña, un remedio, leche, y demás. En enseguida se activa una red de amigos, compañeros de trabajo y así, de boca en boca continúan hasta conseguir lo necesario.

Los sábados también atienden a una familia cuyos cuatro integrantes están postrados, y tienen dificultades para comer, ya que sólo pueden deglutir alimentos procesados. Así es que cada sábado seis integrantes de la patrulla van a la casa y les cocinan especialmente, limpian la casa, y los asean. “Es difícil mantener en el tiempo el compromiso de ir todos los jueves y sábados, pero es necesario ya que están solos, y el servicio público trabaja con ellos sólo de lunes a viernes”, explica José.

Rosvita, trabaja hace 14 años en esta patrulla: “Todos los días uno siente al Señor como cada jueves, a mí por lo menos me alimenta mucho el espíritu dar un granito de arena, una palabra, un abrazo y duermo súper bien”.

“Le pedimos al Señor que llevemos fraternidad y alegría, que nuestros hermanos que visitamos sientan que todos son dignos hijos de Dios, sin importar la condición”, agrega Eduardo. 

A Tomás se le incendió la casa tres veces porque tomaba alcohol. Asustado por el fuego, que de milagro no le quitó la vida, logró dejar la bebida y volver a levantar una mediagua. Vive en una pieza junto a un gato que para él es como un hijo. Llegó desde Chiloé a Punta Arenas a los 19 años en el buque Navarino para trabajar en el campo. Ahora tiene 74 años y hace “changas” cada vez que puede para reunir unos pesos y sobrevivir. En los distintos días de la semana, también lo visita Puro Corazón y otras patrullas, gracias a las cuales se siente acompañado y quienes lo mantuvieron alejado del alcohol.

Cuando María golpeó la puerta de la habitación en la que vive un padre con ocho de sus nueve hijos, apareció una pequeña de 8 años y enseguida la abrazó y preguntó por Priscila, la tía más linda. La madre de esta familia era alcohólica y se fue del hogar, pero el padre, con todo el esfuerzo y amor hacia sus hijos los fue trayendo de vuelta a casa, ya que el Sename se los había quitado. La patrulla compartió la Navidad con esta familia así como algunos de los cumpleaños de los pequeños. Los chiquitos esperan ansiosos cada jueves, reciben con agradecimiento los dulces que les traen y no saben de juguetes o ropas lindas para ir a un cumpleaños. Luchan por estar unidos y poder ir a la escuela. La noche del jueves les faltaba leña, había un tronco encendido que mantenía la temperatura y llegaron las maderas junto al guiso de la mano de la patrulla.

Las niñas se acercan a pedir un abrazo y seguramente no saben cuánto es el amor que ellas mismas brindan a quien se va de esa casa con el corazón partido y con la impotencia que genera el deseo de mover cielo y tierra para que ésta, como otras cientos de familias de Punta Arenas, puedan vivir dignamente. La patrulla tiene más familias por visitar hasta las dos o tres de la madrugada.

Ellos están por fuera de los múltiples diagnósticos y estadísticas que indican que en Punta Arenas la pobreza es mínima, porque la gente se moriría de frío. Pero la cruda realidad es que muchas personas sí se mueren de frío. Y aquellos que viven en una mediagua, sobreviven en una situación extremadamente compleja, precisando de la empatía de las autoridades y del granito de arena del ciudadano común.