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Un monje budista con raíces kawésqar

Por La Prensa Austral Sábado 16 de Enero del 2016

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•René Vargas Llanllán construyó un camino hacia la espiritualidad que estuvo marcado por su abuela Rosa Catalán Portales, quien es desecendiente de ese pueblo.

No recuerda bien si ocurrió cuando tenía cinco o seis años, pero sí tiene claro que en esa época le dijo a su mamá que quería convertirse en monje. Los mismos que aparecían en las películas.

René Vargas Llanllán (29) es profesor de hatha yoga y los inicios de su vínculo con el budismo se remontan a los años en que era un adolescente. Sin embargo, el camino espiritual comenzó a transitarlo desde pequeño e indudablemente fue su abuela materna Rosa Catalán Portales, originaria de la lengua kawésqar y la persona que más influyó en esa búsqueda.

“Cuando era más chico, la entrevistaban muchísimo. Franceses, alemanes y estadounidenses venían hasta el fin del mundo para hablar con ella. Se sacaban fotos y luego se iban.  Yo en esa época no sabía lo que era ser kawésqar. Tenía claro que éramos indígenas, pero no sabía a qué etnia pertenecíamos”, cuenta.

En su infancia, René vivió junto a Rosa en las afueras de una estancia, cerca de donde se ubica la gruta a la virgen de Monserrat. Fue en aquel período en que se acercó al cristianismo.

“En esos años mi abuela me empezó a contar que había gente que creía en dios. Le pregunté si nosotros creíamos en él y me respondió que nuestra familia vivía de otra forma. Como no tenía respuestas concretas, comencé a leer la Biblia, pero cuando conocí la forma cristiana, me espanté. No quise seguir porque no quería nada de eso. Yo buscaba caminar en el desierto y meditar”, explica y agrega que “las formas cristianas nunca me llenaron y las de mi abuela no las entendí. Ella me decía: ‘yo creo en esto’ y abría sus manos. Sin embargo, jamás verbalizó qué era eso”.

 

Con el pasar de los años, René escuchó a personas de su pueblo hablar de fuerzas. Aquéllo le hizo sentido.

“Hay gente que piensa que los kawésqar tenemos muchos dioses y eso no es cierto. Nosotros hablamos de espíritus. Por ejemplo, si el mar está muy intenso y no puedes navegar porque tienes miedo, eso es un espíritu. Finalmente se trata de un tema de energías”, dice.

A los 15 años René comenzó a acercarse al budismo. En plena adolescencia empezó a meditar solo mientras escuchaba música. Posteriormente, a los 18, se enamoró y a los 19 nació su primera hija.

“Con la mamá de mi hija meditábamos. De hecho, fue ella quien me inició en yoga. Luego, esa relación terminó muy mal y un día, antes de partir, ella me dijo: ‘No podemos seguir volando, queriendo cambiar el mundo. Necesitamos algo más terrenal. Sigue tú este camino y ve hasta donde puedes llegar’”.

Un año de silencio

Cuando René se separó de su pareja, decidió dejar de hablar por un año. Solamente lo hacía una vez cada dos semanas, cuando debía entregar trabajos en la universidad.

“Estudiaba Arquitectura en la Umag. Cuando entré no tenía amigos, no tenía mundo, no tenía nada. Esto se debió a que me encontraba en un proceso de silencio”, afirma.

Mientras seguía sin hablar, un día encendió el televisor y vio que en un programa del canal ITV Patagonia estaban entrevistando a un monje budista que dijo una frase que le llamó profundamente la atención: “Ninguna hoja cae en cualquier lugar”.

“Yo no veía tele y curiosamente aquel día la prendí por primera vez. Esa oración fue un golpe muy fuerte para mí. Entendí muchas cosas con ella y me pregunté si ese hombre sabía realmente lo que estaba diciendo”, recuerda.

Después de mucho pensarlo, decidió contactar al monje. Le envió un correo electrónico y posteriormente fue a visitarlo. Hablaron durante horas y allí se dio cuenta de que aquella persona, que también practicaba yoga, no entendía el verdadero significado de la frase, sino que simplemente la repetía y eso le hacía bien. Por ello, decidió acompañarlo durante tres años a cambio de aprender.

“Un día, él tuvo que viajar a Santiago y el que era su primer alumno de yoga dijo que no podía dar las clases porque le daba miedo, entonces me preguntaron a mí. Yo soy muy estudioso y me sabía los nombres de todas las posturas. Llevaba solamente un mes practicando, pero dije que sí inmediatamente. Tenía mucha fe en lo que estaba aprendiendo”, manifiesta, y añade que “me aprendí de memoria todas las posturas de la semana y, además, como estudiaba arquitectura, hice papelitos con dibujos para que sea más fácil”.

Las clases de yoga fueron el puntapié para que René volviera hablar con la gente. El 2008, su maestro le dijo que lo prepararía oficialmente como instructor de yoga, pero que para ello necesitaba que practicara más horas al día. En aquella época, René llevaba cuatro años estudiando Arquitectura.

“Fui en la tarde a clases y justo ese día uno de los profesores habló de lo pesada que era su carga como arquitecto. Ahí dije: ‘No más, no quiero jefes. No quiero vivir en base a lo que otros digan. Yo deseo ser libre, realmente libre’. Después de esa cátedra, fui a hablar con el director de carrera y le dije que no iría más porque me dedicaría a estudiar yoga”, expresa.

Tras años dedicándose a ser instructor, René creó “Yoga Studio Ancestral”, donde dicta clases a 40 alumnos.

“Hoy en día existe gracias a la colaboración de muchas personas. Algunos ya no están y otros siguen apoyando esta propuesta. La alegría de mis hijas Martina y Maite, el apoyo de mi madre Margarita y la ayuda de Pamela Vega han sido fundamental para darle la forma actual que tiene esta sala. La suma de todas esas energías han construido y dado vida a este espacio”, afirma.

El camino hacia el budismo

Con el objetivo de participar en el retiro budista más importante del año, que se realiza la primera semana de diciembre todos los años, René viajó a Santiago. La idea era practicar.

“Fui como cualquier otro ser. Estando allí, mi maestro me pregunta: ‘¿Y tu ropa? ¿Por qué tienes el pelo tan largo?’. Le expliqué que nunca habíamos hablado de eso. El me contestó que me esperaba rapado y con el traje para que me ordenara como monje. Le volví a decir que jamás conversamos de aquéllo y me respondió: ‘Sí, siempre lo hablamos”, cuenta entre risas. Fue así como, de un día para otro, sin siquiera pensarlo, se convirtió en monje.

Lecciones de Rosa

Curiosamente, muchas de las lecciones que René aprendió de su abuela Rosa se relacionan con el budismo.

“Recuerdo que desde niño ella me decía que no habían personas malas, sino que todos éramos tontos. Nadie nos enseña a actuar y por eso cometemos tantos errores. Esas palabras me llegaron mucho”, comenta.

Uno de los principales axiomas del budismo, a su vez, es que el bien y el mal no existen. Aquéllo depende de la perspectiva de cada ser humano.

“Mi abuela me ha enseñado mucho. De ella aprendí, por ejemplo, que la buena o mala suerte no existe. Sólo es parte de nuestra mente. No son verdades. En el fondo, no existen las personas malas en esencia”, concluye.

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