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Una amistad forjada en el Festival en la Patagonia le cambió la vida

Por La Prensa Austral Domingo 1 de Enero del 2017

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Ximena Amarales Osorio

El emblemático grupo musical Inti Illimani fue clave en el desarrollo personal de esta arquitecta magallánica, que optó por un rumbo diferente al que le dictaba su tradición familiar ligada a la medicina. Desde mediados de los ’80 está establecida en Roma, donde tras ejercer su profesión, ahora tiene una empresa de servicios turísticos

De paso en Punta Arenas, después de tres años sin visitar a su familia, Ximena Amarales Osorio disfruta de las fiestas de fin de año, con el agregado de que su padre, el doctor Jorge Amarales Aspinall, fue distinguido como uno de los Ciudadanos Destacados por el municipio de la capital regional. Desde mediados de la década del ’80 esta arquitecta de profesión echó raíces en Italia, donde actualmente vive con sus dos hijos y en la que recibe a turistas que llegan a visitar la histórica capital europea, ya que tras desempeñar su profesión, ahora cuenta con su propia empresa de servicios turísticos.

Rubros distintos a lo que dictaba la tradición familiar, históricamente ligada a la medicina. “Estudié en la Universidad de Chile, me recibí en 1981 y el 82 comencé un master en desarrollo urbano en la Católica. La tesis la terminé después de muchos años, cuando ya estaba en Italia. Me fui en el año 84 cuando terminé el master. Tomé esa decisión porque era un momento crítico en Chile. Fui una víctima de la crisis de los ’80, así me siento yo, porque la situación en Chile era muy crítica, había casi un 70% de desempleo a nivel arquitectónico. Las empresas constructoras estaban todas quebradas, los arquitectos estaban en su mayoría sin trabajo y los que tenían, trabajaban en el Pohj (Programa de Ocupación para Jefes de Hogar) que fue una invención que hizo Pinochet para absorber la cesantía de aquel entonces, por lo que estábamos desesperados por encontrar un trabajo, e incluso el Pohj se había cerrado para los arquitectos”, recordó.

Pudo volver a Punta Arenas, e incluso, seguir un doctorado en Oxford. “Me habían aceptado, me enviaron todos los papeles, iba recomendada por la facultad de arquitectura de la Universidad Católica para hacer el doctorado en diseño urbano, que era mi sueño. Pero desgraciadamente, ser estudiante extranjero en Oxford en ese tiempo era carísimo, como 25 mil dólares al año, la matrícula. Entonces, como no había becas, porque era otro Chile, que no le interesaba formar académicos, un Chile de la dictadura, que el tema académico no era interesante para nadie. Así que a dónde me voy”, se preguntó.

Estaba en esa encrucijada cuando unos viejos amigos aparecieron en escena: el grupo musical Inti Illimani, a quienes conoció siendo estudiante de enseñanza media, y con quienes se reunió en un festival en Ecuador. Como ellos estaban en Roma, la motivaron para que se fuera.

Una vida de amistad

“Los Inti Illimani fueron mis amigos desde la época del Festival en la Patagonia. Ellos vinieron en el año 1972 y yo en ese tiempo era una niña de liceo, que participábamos con la Cormag (Corporación de Magallanes), entidad creada durante la época de Frei (padre). Ellos (la Cormag) en 1972 fueron auspiciadores del festival, y nosotros como estudiantes del liceo participamos. Ese año viene a Punta Arenas Inti Illimani, César Isella, Armando Tejada Gómez, Charo Cofré, un elenco muy importante de música chilena y argentina. Ahí nació una amistad, principalmente con Horacio Durán. En 1973 entré a la universidad y seguí la amistad con ellos, fui a sus conciertos y a trabajos voluntarios. Tengo memorias de ir a trabajos voluntarios con Horacio, donde estaba Víctor Jara, y para nosotros era todo normal. Era un trabajo voluntario con los obreros y campesinos. Después yo empecé como a pololear con uno de ellos, con Jorge Coulón, pero yo era una niña”, recordó.

En sus memorias, guarda como un tesoro una cena que tuvo con el grupo: “Ellos fueron invitados a un festival de la juventud, en Alemania, y la última cena antes de partir la hicieron con Víctor Jara, y yo estuve ahí, era como un pajarito. Me acuerdo porque poco tiempo después fue el golpe militar, entonces son cosas que quedan grabadas en la memoria y que nunca se olvidan. Víctor Jara era dulcísimo, una persona generosa, aún me acuerdo que fuimos a un restaurante chino que se llamaba El Cantón, y Víctor les daba consejos y recomendaciones a sus amigos. Ellos partieron entre mayo-junio de 1973. Yo estaba en primer año de arquitectura y tras el golpe, ellos se quedan en Italia. Cada uno siguió su vida y volví a verlo a Jorge en 1982, nueve años después, cuando hice un viaje a Europa luego de recibirme, nos encontramos con todos, hice una gira con ellos, maravilloso”.

Una vez titulada y mientras analizaba las posibilidades de desarrollarse profesionalmente, Ximena Amarales realizó un viaje por Europa. “Fui de París a Budapest, Praga, Viena, Salzburg, Roma, Nápoles, París de nuevo, Madrid, Barcelona, Sevilla; todo en tren. En Londres, con el Horacio, casado con una gran amiga de mi hermana, me puso en contacto con Joan Jara, la viuda de Víctor. Ella me acogió con mucho cariño, pero con una gran tristeza y nostalgia, y finalmente pudo volver, porque tenía esa tristeza de sentirse exiliada”.

En ese lapso fue cuando se reencontró con Inti Illimani en Ecuador, en la que le aconsejaron trasladarse al país de la bota.

Cambio de vida

Apenas llegada a Roma, Ximena Amarales entró a trabajar a una oficina de arquitectura. Y una de sus primeras misiones fue casi de ensueño: hacer la decoración del palacio del emir, en Qatar. “Partí con un equipo de 12 arquitectos, de las cuáles dos éramos mujeres. Era parte de los Emiratos Arabes en ese tiempo, en el Golfo Pérsico. Llenos de dinero. Estuvimos un mes haciendo la decoración del interior del palacio del emir, que es como un Buckingham Palace, era de película. El entorno era todo un desierto, nos encerraron en un hotel para trabajar día y noche, dibujando. Estuve un mes, pero en esa oficina estuve seis meses”. De regreso en Italia, conoció a quien se convirtió en su esposo, dando otro cambio fundamental a su vida.

Ximena Amarales junto a sus hijos Amaranta y Ludovico.

“Me casé y tuvimos dos hijos, Ludovico y Amaranta, y ahí tuve que quedarme, primero era un juego todo pero de ahí se puso todo serio. Armamos una oficina de arquitectura como socios y trabajamos diez años. En eso me pasé un buen período de mi existencia. Hasta el año 1995, cuando me separé. Seguí viviendo en Roma y era difícil hacer una oficina sola, él quedó con su oficina. Y ahí me reciclé, me reinventé y armé otro trabajo para mí. Algo más relacionado con el arte, que desde niña me gustó, toda la estética”.

Guía en moto

Tras el quiebre matrimonial, nuevamente Ximena Amarales tuvo que reinventarse, ya alejándose de los proyectos arquitectónicos, pero aprovechando su gusto por el arte y el diseño, giró hacia el turismo. “Tuve que estudiar nuevamente historia del arte italiano, el mundo antiguo, mundo clásico, Barroco, Renacimiento. Meterse en el estudio del arte mundial prácticamente fue muy bello. Así que empiezo a estudiar y a trabajar como guía. Roma es un museo abierto, una ciudad museo, donde usted de una vuelta encontrará mil años de historia, arquitectura del Barroco, del Renacimiento, pintura, y está en todos lados.

“Empecé a trabajar para otra gente y ahora tengo una empresa, y hace seis años la tengo, solamente para clientes privados. Tengo mi página web y les armo visitas guiadas, privadas. Fui una de las primeras que se puso en internet y llegaron clientes de toda Latinoamérica, especialmente de Argentina. Después me inventé otra cosa que es hacer el tour en moto, porque hace más de 20 años me movilizo en moto, como todos los romanos, en una motorino, que es como una scooter, de rueda grande, tengo una de 125 cc, perfecto para Roma que es una ciudad muy concentrada, muy pequeña, estoy al lado de la ciudad histórica, que tiene 1.350 hectáreas, como la estancia de mi abuela aquí en Punta Arenas. En esos 1.350 hectáreas tienen un cúmulo de arquitectura y arte, por lo que una moto es ideal. Roma tiene 3 millones y medio de habitantes, pero en esas 1.350 hectáreas no viven más de 300 mil personas, porque ahí están los ministerios, el Senado, la casa del Primer Ministro, embajadas, y el centro histórico es lo más caro”, describió Amarales.

Con un grupo de magallánicos que visitó la antigua Roma. De izquierda a derecha Juan Antonio Sturiza, Pilar Valladares, Silvia Blackwood, Ximena Amarales, Mari Carmen de Vásquez y Jaime Vásquez.

La guía turística

Otro episodio de su encuentro con Inti Illimani en Ecuador, fue que en ese festival entrevistó al legendario cantante folk estadounidense Pete Seeger. Ese reportaje lo ofreció a las revistas La Bicicleta y Cauce. Ese bichito por la investigación y el relato la llevó a regresar en Chile, en 2001, financiada por ProChile, para hacer un servicio periodístico sobre la arquitectura chilena y las imágenes de la cultura chilena, pero para mostrarla en Italia. “Imágenes de Chile en la prensa italiana” fue la obra que les permitió viajar, haciendo la ruta del vino, Chiloé, reportajes en Cachagua, Zapallar, Santiago. “Volvimos a Italia y sacamos unas once publicaciones en la prensa italiana. Y como creía que escribir artículos era muy reductivo, quise hacer un libro, y como yo soy de la Patagonia, cuando estaba en Italia y hablaba con gente de otros países y decía que era de la Patagonia, decían ‘aah Argentina’. Y esto fue siempre. Entonces pensé que tenía que escribir algo y mostrar que existe la Patagonia chilena. Por eso hice una guía que publiqué en Italia. Ahí hice un proyecto, vine a Punta Arenas y el Core finalmente me abrió las puertas y me financió. Publicamos mil ejemplares en italiano y mil en español. Salió en 2009”.

Ese texto, con fotos de Gianni Franchellucci, se convirtió en una completa guía de la región. “Este instrumento lo entregué a la embajada chilena en Italia. Lo presenté en 2009. En la municipalidad debería haber copias, le entregué 200 copias, y no sé a cuántos medios. Ese libro, la idea es una primera entrada de la difusión de la cultura patagónica en todos sus aspectos. Naturaleza, flora, fauna, restaurantes, arquitectura, indígenas; una guía completa”, destacó Amarales.

Su visión de Magallanes… y de Chile

En su regreso a la región, Ximena Amarales se emocionó con el reconocimiento a su padre, y también con el recuerdo de las antiguas calles de su infancia. Pero también vio realidades que la desanimaron.

“Lo positivo son las intervenciones que ha hecho la municipalidad, del punto de vista de la belleza urbana, las calles pavimentadas, alumbrado, están sacando los cables y poniéndolos bajo tierra. Lo que me choca, porque yo viví en los años 70, es la pérdida de nuestras raíces por parte de la cultura local. La centolla estaba al alcance de la gente de Punta Arenas, lo mismo que los pejerreyes, y erizos, eso ya no existe, porque se los llevan. En la pescadería venden congrio que acá jamás ha existido, salmón, róbalo. Todo lo que trae la gran empresa importadoras de productos. Esa parte es triste. Nunca pudimos encontrar una centolla viva con nuestro fotógrafo, para la revista. Tuvimos que sacar una foto de catálogo”, lamentó.

Ximena Amarales Osorio frente a la casa familiar en Lautaro Navarro.

Por eso, al consultársele sobre si volvería a vivir en Chile, estima que es difícil, no porque haya dejado de querer a su tierra, sino “porque armé una actividad económica en Roma, Italia es un país bellísimo para vivir. Lo positivo de Europa es que hay muchos derechos que están garantizados, en Italia quizás menos, pero hay derechos que están garantizados y que permiten vivir más tranquilo, que son el derecho a la educación y a la salud, y que uno los adquiere desde que nace. Acá choca mucho que uno no tenga derecho a la salud, hay que estar inscrito en un sistema de salud, y si no tienes ciertos seguros de salud, no tienes algunos servicios, eso es muy chocante, la discriminación social que hay en este país y que cada vez es peor.

“Traté de volver a Santiago en 1998 y me empecé a dar cuenta de esta situación de que debía trabajar como negra sólo para que mis hijos puedan estudiar y pagarme la salud. Eso lo encontré brutal y un embrutecimiento de la propia vida, de tener que trabajar como negro para que estudien y tengan derecho a la salud y eso no es sano psicológicamente, y eso crea mucha violencia. La gente está muy enojada y no porque el Estado no le dé sino porque hay un sistema. Y no estoy hablando de una posición ideológica, sino de un derecho real. En Francia, Inglaterra, Alemania, Italia es peor, pero en todos esos países, el Estado no lo abandona a usted”.

Otra característica que destaca de Italia y que cree que Chile ha perdido es “defender la propia cultura, vender las propias raíces, lo que llaman hoy patrimonio, que es culinario, musical, costumbres. Nosotros tenemos demasiada influencia en Chile, de la cultura norteamericana, como que ésta ha sido absorbida casi en un 100 por ciento y la gente no se ha dado cuenta. Antes la gente compraba en almacenes, pero ahora se compra en el supermercado, que pone los precios que quiere. Ya no hay fruteros. Hasta mi tío, José Perich, cuando era joven, tenía una florería. Ahora tener supermercado no significa estar más desarrollado, sino que la gente está más supeditada a los poderes económicos potentes, y no hay competencia, no hay libre mercado, sino un monopolio total, de las farmacias, los supermercados, y donde la gente es víctima, y obviamente, se enfada. Cofrima se acabó, Marisol y Listo (todos supermercados regionales) también y llegó un señor que se instaló con su Lider, con el precio que él quiere, y el otro, Unimarc y se los comió a todos. Esas cosas van en detrimento de los pobres puntarenenses, que no pueden ni comer pejerreyes”, concluyó Ximena Amarales.

Junto a sus hermanas Patricia y Claudia.