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“Una de las formas de prevenir el suicidio es hablando del tema”

Por Analía Vázquez Domingo 9 de Agosto del 2015

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En Magallanes, las cifras son preocupantes. Durante el año 2014, hubo 24 suicidios, mientras que 235 personas intentaron quitarse la vida y, en lo que va del 2015, el número de suicidios asciende a 9 según los datos aportados por el Servicio Médico Legal de la región.
Este medio se comunicó vía telefónica con la presidenta de la Fundación José Ignacio que se enfoca en la prevención del suicidio en niños y adolescentes así como talleres de ayuda mutua para padres y capacitación para docentes. La institución cuenta además con una línea de asistencia y escucha permanente a la cual cualquier persona puede contactarse a través de www.fundacionjoseignacio.org o por mail a contacto@fundacionjoseignacio.org
Con una capacidad de resiliencia asombrosa, Paulina del Río ha vuelto a vivir luego de pasar años llorando y, poco a poco -según ella misma dice- fue juntándose “con cucharita” para rearmarse y dar sentido a la muerte de su hijo, ayudando a través de un equipo de profesionales a quienes lo necesitan.

– En una entrevista de un medio radial usted decía que es necesario eliminar el tabú que existe respecto a la palabra suicidio y que es necesario poder hablar de este tema con los jóvenes. ¿Cree que sería beneficioso que en los colegios haya talleres o charlas preventivas con respecto a este tema?
– “¡De todas maneras!  Una de las formas comprobadas de prevenir el suicidio es hablar del tema de manera apropiada a la edad de los alumnos, pero el colegio representa un lugar ideal donde enseñarles la importancia de preocuparse del otro, de detectar las señales, de preguntar al que está mal si ha pensado en suicidarse, de convencerlo de buscar ayuda y de acompañarlo donde el adulto responsable que pueda derivarlo a un profesional de la salud mental. En la adolescencia, son los pares los que están más cerca, en general, y resulta muy útil que estén preparados. De hecho, la Fundación José Ignacio ya ofrece un taller de capacitación para profesores y luego pondrá en marcha el entrenamiento para escolares.
“Y se puede comenzar desde mucho antes, aprovechando el entorno escolar para que los niños aprendan desde chicos a reconocer sus emociones, a validarlas, a darles espacio; a desarrollar habilidades que les permitan sacar a la luz sus recursos internos y utilizarlos frente a las dificultades que inevitablemente van a enfrentar.  La tolerancia a la frustración a algunos les cuesta mucho, pero se puede entrenar. No olvidemos tampoco que los suicidios de niños y jóvenes pueden relacionarse con el bullying, de modo que, además del conocimiento interior, el respeto al otro resulta fundamental y se puede educar.  Ya hay varios colegios que han puesto en práctica métodos de mejoramiento de la convivencia y de detección de problemas que pueden conducir al acoso escolar”.

– ¿Cuáles son los primeros síntomas y alarmas de que un adolescente está sufriendo o entrando en depresión? Quizás es mucho más difícil detectarlo en adolescentes que en personas adultas, por las  características propias de esa etapa de la vida. ¿Es así?
– “Es verdad que los adolescentes atraviesan por cambios que son normales de este período y no necesariamente significan que haya un riesgo de suicidio.  De ahí la importancia de que quienes están más cerca de ellos (como dije antes, sus pares, además de sus padres y profesores), tengan ciertas nociones de lo que significa estar deprimido. Asimismo, hay que tener presente que un chiquillo o una chiquilla con depresión puede actuar distinto que un adulto en las mismas condiciones.  Con frecuencia, puede estar irritable o enojado en vez de triste, ser muy sensible a la crítica o aislarse de algunas personas pero no de todas. Aquí es fundamental la observación en el colegio, porque son los profesores muchas veces los que pasan más tiempo con los jóvenes y pueden detectar cambios de conducta o de estados de ánimo con mayor facilidad.  La capacitación a profesores jefes y orientadores en detección, como también las charlas a los padres para que aprendan a reconocer signos de riesgo y a fomentar la salud emocional en sus hijos, son una herramienta de gran utilidad”.

– ¿Hay un vínculo entre la idea de suicidio y la falta de fe, o el hecho de no pertenecer (o si) a una religión? Me refiero a lo asociado a determinadas creencias, valores, de considerar que todos tenemos una meta por cumplir en esta vida, etc..
– “En esta pregunta hay dos palabras que influyen poderosamente en la salud mental de los jóvenes: no pertenecer. Independientemente de que se trate de una religión, un grupo deportivo o artístico, un grupo de vecinos, los scouts, etc., lo importante es el sentido de pertenencia.  Es cierto que, en determinadas religiones, el considerar el suicidio como un atentado contra la voluntad divina o la fe en que un ser superior va a sostenernos cuando atravesamos por conflictos, puede ayudar. Sin embargo, después de haber leído innumerables testimonios de jóvenes que están pensando en suicidarse, pienso que lo importante para ellos es sentir que tienen un lugar en el mundo, que, como dice la pregunta, hay algo por lo que deben luchar, que están rodeados por personas que se preocupan por ellos, que le importan a alguien, y esto no necesariamente tiene que ver con estar afiliado a una religión. Y debemos tener presente que en ocasiones nosotros vemos que nuestro hijo tiene todo lo que necesita en términos emocionales y afectivos, pero él no lo ve así”.

– En su caso personal, usted ha comentado en distintas entrevistas que su hijo era un joven sociable, que le iba bien en los estudios, pero que evidentemente había un dolor en el alma que era muy difícil poder sanar. ¿La depresión se manifiesta de manera encubierta? En esos casos debe ser aún más complejo manejar la situación, sobre todo cuando la propia familia no se da cuenta de la gravedad del asunto.
– “Como decía en la pregunta anterior, hay niños que aparentemente están bien, pero que llevan por dentro un dolor que han ido acumulando desde muy temprano.  Muchos papás y mamás me han contado que su hijo o hija era el alma de la fiesta, que jamás sospecharon que pudiera estar pensando en matarse, pero debemos entender que, cuando se trata de suicidio, no existen garantías ni certezas.  Lo que sí podemos hacer es prepararnos para actuar de la mejor manera posible si nos vemos enfrentados a una situación de crisis.
“De ahí, la importancia de la prevención en cuanto a la salud mental. Probablemente siempre va a haber casos imposibles de detectar, pero debemos estar muy atentos a aquéllos en los que sí podemos intervenir. Aparte de la irritabilidad, la sensibilidad y el aislamiento de los que hablamos más arriba, hay que poner ojo cuando nuestros hijos lloran mucho, comen o duermen más o menos que de costumbre, pierden el interés en actividades que antes disfrutaban, se ven más cansados de lo habitual, expresan sentimientos de culpa o de no valer nada. Como ya mencioné, son los cambios los que nos deben alertar. Y en este punto tenemos que confiar en nuestra intuición como padres y madres, pues habitualmente nadie conoce a nuestros hijos tan bien como nosotros.
“Desde mi experiencia -porque no soy una profesional del área-, me queda la sensación de que muchos jóvenes no cuentan con las herramientas para enfrentarse a un mundo cada vez más hostil, competitivo y demandante, pero existen formas de trabajarlas. Si yo pudiera volver el tiempo atrás, les enseñaría mejor a mis hijos a conocerse a sí mismos; a valorarse tal como son; a poner límites; a expresar en palabras sus miedos, sus dolores y también sus alegrías, sus sueños.
“Es bueno recordar que la inmensa mayoría de las personas que se suicidan da señales; en ciertas ocasiones pueden ser encubiertas: “Yo no sirvo para nada”, “El mundo estaría mejor sin mí”, “Pronto voy a dejar de darles problemas”, y en otras, obvias: “Ya no puedo seguir viviendo”, “No aguanto más”, “Me voy a matar”.
“Debemos tener muy presente que la persona que se suicida no quiere poner fin a su vida, sino a un dolor interno, psíquico, que le resulta insoportable. Además, experimenta una gran ambigüedad: por un lado quiere descansar, sentir un alivio, pero, por otro, está muy dispuesto a recibir ayuda si uno puede mostrarle otra salida que no implique la muerte”.

– Respecto al apoyo para los papás que han vivenciado esta situación, es fundamental el acompañamiento y, como usted dijo, nunca se descubre el por qué un hijo toma esa decisión. ¿Cuál es el camino del duelo en estos casos?
– “Quizás no exista dolor más grande que perder un hijo y, cuando la muerte es por suicidio, sufrimos un golpe adicional. Prácticamente en todos los casos de muerte por accidente, homicidio o enfermedad, sabemos que ese hijo quería vivir; sin embargo, cuando un hijo o una hija se suicida, además tenemos que asimilar que el mundo al que los trajimos con amor a ellos les causó tanto dolor que no vieron más salida que la muerte. Además, las preguntas: ‘¿Por qué?’ y ‘¿Si yo hubiera…?’ nos acosan permanentemente.
“Por la experiencia de años acompañando a papás que han pasado por este terremoto y la mía propia, sé de la utilidad de los grupos de autoayuda. En ellos, los papás y mamás que llevan más tiempo de duelo ven en los que recién empiezan cómo estuvieron antes y cuánto han avanzado. Al mismo tiempo, los que acaban de llegar se dan cuenta de que se puede, de que algún día, a su propio ritmo, van a lograr darle un nuevo sentido a su vida y a la muerte de su hijo o hija. Recuerdo a una señora en Argentina que me dijo: “El día que yo pueda reírme con los ojos como usted, voy a saber que estoy bien”.
“Algunas personas tienen miedo de expresar sus sentimientos en público, pero en los grupos se puede lograr un clima de mucho cariño y respeto.  No se trata de juntarse a llorar (lo que puede ocurrir con toda libertad), sino que el principal objetivo es compartir las formas en que se ha podido progresar, hablar de lo que se siente sin temor a que nos encuentren locos y, al escuchar a los demás y a uno mismo, ir descubriendo el camino propio mediante el cual decidimos honrar la memoria del hijo o la hija que ya no está. El acompañar a otros que sufren, como en mi caso, frecuentemente se traduce  en cambiar el foco y contribuye a olvidarse por un momento del dolor propio.
“No todas las personas, evidentemente, van a seguir el mismo camino, pero en algún momento de nuestro proceso de duelo tenemos que preguntarnos si nos vamos a morir en vida o si vamos a hacer un trabajo consciente para volver a vivir. No basta con el tiempo; he visto papás y mamás que llevan quince o veinte años de duelo y todavía no han podido hacer el trabajo. Hay que darse permiso para experimentar todas las emociones que aparezcan, como la tristeza, la rabia, el miedo, y entender que éstas no van a llegar ordenadamente sino que va a ser como una montaña rusa.  Por eso, no hay que asustarse si, después de un período de cierta tranquilidad, volvemos a llenarnos de ira o angustia.
“Por último, hay que tener en cuenta que la pena nunca se termina. La angustia, esa sensación de opresión en la garganta, el pecho o el estómago, va desapareciendo pero la pena la llevamos siempre. Simplemente tenemos que aprender a ser felices a pesar de la pena y con ella”.