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A qué se debe la fascinación con los asesinos en serie

Por La Prensa Austral Domingo 24 de Abril del 2016

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En Pennsburg, un municipio de apenas dos calles al este de Pensilvania, Estados Unidos, hay una pequeña casa con una colección de arte que difícilmente se podría encontrar en una galería pública.

Colgadas en las cuatro paredes de una habitación de la planta baja hay imágenes de lesiones y mutilaciones, de cráneos amontonados y de mujeres en posiciones de intimidad explícita. También hay cuadros de paisajes folclóricos y animales fantásticos.

Sin embargo, lo que hace especial a esta colección no es tanto su contenido sino su origen. Todas las obras fueron pintadas por asesinos en serie.

Este es el hogar de John Schwenk, quien colecciona obras de arte y artefactos de asesinos de la misma manera que otros recopilan sellos postales o películas en DVD.

Entre sus objetos más preciados está un retrato de John Wayne Gacy, conocido como el “Payaso asesino”, quien animaba fiestas infantiles y violó y mató a al menos a 33 niños y jóvenes en Chicago durante la década de 1970.

También tiene el dibujo de un cráneo de Richard Ramírez, también conocido como el “Acosador nocturno”, responsable de numerosos asesinatos y asaltos sexuales en California en 1984 y 1985

En su colección hay varias piezas de Charles Manson, líder de la secta criminal la Familia Manson, que orquestó el brutal asesinato de Sharon Tate, una actriz embarazada, y otras seis personas en Los Angeles en 1969.

“Amigos”

Así como piezas de arte, Schwenk posee miles de cartas de asesinos en serie condenados a morir, muchas de ellas dirigidas a él personalmente.

Los convictos le han enviado mechones de pelo, una camisa de prisión, una tarjeta de identificación de la cárcel, un conjunto de dientes falsos y otras rarezas de procedencia oscura.

Con algunos de ellos ha intercambiado cartas y considera a otros amigos de verdad.

“Estoy interesado en lo que posee alguien que es capaz de matar a otro ser humano y que lo hace en numerosas ocasiones”, dice Schwenk.

Reconoce que uno o dos de ellos le dan “mucho miedo”.

Se refiere a los que son considerados depravados sexuales no reformados.

La esposa de Schwenk, Stacey, sólo espera que no los liberen nunca, ya que saben dónde viven ella y su marido.

Conversaciones con Manson

BBC le pide a Schwenk que describa algunas de estas amistades y lo que encuentra interesante de ellas.

Y antes de responder, busca la grabación de una de sus muchas conversaciones telefónicas con Manson.

En ella, Manson le pregunta dónde está.

Cuando Schwenk le responde que está en su casa en Pensilvania, el famoso criminal habla primero de los amish (el grupo etnoreligioso), después salta de un tema a otro en un monólogo prácticamente incoherente.

Los temas abarcan el activismo ambiental, la guerra de Vietnam, su viejo hábito de meterse en casas grandes (matando a sus ocupantes), toda la gente que le debía dinero y lo que iba a hacer con ellos, y el “nuevo orden mundial”.

En un momento dado comienza a cantar American Pie, de Don MacLean.

Schewnk cuenta que fue una de las conversaciones en las que más lúcido se mostró, aunque no está claro qué dice todo esto de la mente de Manson.

Sea como sea, el personaje resulta fascinante.

Cultura popular

El interés en el crimen y en particular en los asesinos en serie se ha convertido en algo omnipresente en la cultura popular.

Jack el Destripador, el asesino en serie más famoso de todos -tal vez porque nunca fue atrapado- fue inmortalizado, con considerables licencias artísticas, en cientos de novelas, cómics, películas y programas de televisión.

Las visitas guiadas por los lugares donde cometía sus asesinatos en el este de Londres siguen atrayendo a multitudes, especialmente las nocturnas.

Y la audiencia de dramas policíacos de televisión como True Detective, Dexter, The Fall y The Jinx se cuenta por millones.

En 2014, más de 70 millones descargaron el podcast de 12 partes Serial, que investigó el asesinato en 1999 de Hae Min Lee, una colegiala de 17 años de Baltimore, Maryland, EE.UU.

Anteriormente ningún podcast había superado las 5 millones de descargas.

Por si fuera poco, no hay ninguna señal de que el fervor se vaya a apagar.

En octubre pasado, el Museo de Londres expuso una colección de 600 objetos de los archivos criminales de la policía metropolitana.

Nunca antes había vendido tantas entradas anticipadas el museo.

En Washington DC, una de las atracciones familiares más populares, antes de su cierre en septiembre pasado, era el Museo del Crimen, de propiedad privada.

Allí se podía encontrar curiosidades como algunos trajes del “Payaso asesino” o “Pogo” y los óleos que utilizó para crear cuadros como uno que está colgado en la casa de Schwenk.

También estaba el viejo y oxidado escarabajo Volkswagen color arcilla en el que Ted Bundy asaltó y asesinó a decenas de mujeres jóvenes en California en la década de 1970.

“Frenesí”

Harold Schechter, quien escribe sobre crímenes reales en Estados Unidos y se especializa en asesinos en serie, llama al interés popular por el tema “una especie de histeria cultural”.

Los asesinos en serie son responsables de menos del 1% de los homicidios en EE.UU. cada año y no más de dos docenas están “activos” en un momento dado, según las estimaciones de Scott Bonn, sociólogo y criminólogo de la Universidad de Drew (Madison, Nueva Jersey).

Sin embargo, nuestra fascinación por el tema excede por mucho a nuestra preocupación acerca de peligros más grandes.

¿Por qué creamos esta mitología en torno a estos individuos problemáticos? ¿Qué nos enseña esta fascinación acerca de sus motivaciones?

La histeria que rodea los asesinos en serie no es nada nuevo.

Los asesinos en serie y tipos de esa estirpe atrajeron atención excesiva desde la aparición de los periódicos de circulación masiva en el siglo XIX… e incluso antes.

Perseguidos por monstruos

“Representan algo de proporciones épicas, antihéroes verdaderamente monstruosos, como los de las historias de horror que nos contaban cuando éramos niños”, opina James Hoare, editor de Real Crime, una revista mensual lanzada en Reino Unido en agosto de 2015. Sus primeras dos ediciones incluyeron artículos sobre “los asesinos en serie más mortales del mundo” y Charles Mason.

“Todos respondemos a la idea de que hay algo desagradable allá afuera”.

En una línea similar, Schechter llama a las historias de asesinos en serie “cuentos de hadas para adultos. Hay algo en nuestra psiquis que hace que necesitemos contar historias en las que somos perseguidos por monstruos”.

Y los crímenes que estos individuos cometen definitivamente califican como monstruosos. A Jeffrey Dahmer, “el caníbal de Milwaukee”, le gustaba hervir y quedarse con las cabezas de sus víctimas, así como tener relaciones sexuales con sus cadáveres. Albert Fish, el “vampiro de Brooklyn”, torturaba y mutilaba niños antes de matarlos.

No obstante, podría afirmarse que lo que realmente los hace tan reversamente atractivos es su humanidad.

Una investigación sobre el asesinato en serie hecha por la Unidad de Análisis de Conducta del FBI en 2005 concluyó que “no son monstruos y pueden no parecer extraños. Los asesinos en serie a menudo tienen familias y hogares, empleos y aparentan ser miembros normales de la comunidad”.

Efectivamente, los vecinos de Fish lo consideraban un viejo gentil y cordial con los niños; y Gacy, además de ser bienvenido en las fiestas de cumpleaños como payaso, era apreciado por sus obras de caridad.

Entonces, ¿quiénes son estas personas?

¿Son distintos a nosotros o no?

Como no hay un perfil patológico acordado, es difícil decirlo.

Helen Morrison, psiquiatra forense que ha entrevistado a más de 80 asesinos en serie y fue testigo de la Defensa en el juicio de Gacy, ha confirmado que son expertos en representar papeles y muy adeptos a parecer normales.

En su memoria “Mi vida entre asesinos en serie” escribe: “Nunca sé bien con quién estoy lidiando. Son tan amistosos, amables, solícitos cuando empezamos a trabajar… son encantadores, casi increíblemente encantadores, tan carismáticos como Cary Grant o George Clooney”.

El sociólogo Bonn piensa que eso es parte de su atractivo, pero también lo que los hace aterradores.

“Piensa en alguien como Ted Bundy. Era buenmozo, exitoso, las mujeres lo encontraban muy atractivo, lo que explica que 36 se montaron en su auto sin conocerlo (y luego las secuestró y las mató)”.

“Parecía el hijo del vecino y eso es lo que es asustador, porque si el hijo del vecino es un asesino en serie, eso significa que todos somos víctimas potenciales”, subraya.

Particularmente si se tiene en cuenta que las víctimas casi siempre son extraños (aunque no en el caso de las asesinas en serie, quienes tienden a matar a gente que conocen).

Vivir con recuerdos de asesinos en serie

Una tarde BBC visitó al pintor estadounidense Joe Coleman en su apartamento en Nueva York.

Sus obras son vívidas, llenas de intricados detalles y frecuentemente apocalípticas, similares a la iconografía religiosa.

Entre sus fans se cuentan Iggy Pop, Johnny Depp y Leonardo DiCaprio.

Coleman también es conocido por su interés en el lado oscuro de la naturaleza humana, y por personificarla.

Su sala es un santuario de curiosidades, lleno de objetos sagrados y profanos.

Entre ellos está la que quizás es la carta más icónica de su género, escrita por Albert Fish a la madre de Grace Budd, su última víctima.

En ella describe cómo estranguló a la niña, la cortó en pedazos, la cocinó y se la comió. Termina diciendo: “Cuán dulce y tierno era su pequeño trasero asado en el horno”.

¿Por qué están aquí, estas reliquias de lo macabro?

Shane McCorristine, historiador cultural de la Universidad de Cambridge, piensa que acercarse a los criminales y perpetradores de hechos horrorosos es una manera de experimentar la muerte sin ser su víctima, de convertirse en un testigo de la muerte y por ende ejercer algún control sobre ella.

Coleman confiesa que en su caso eso es cierto.

Agrega que siente un deseo imperioso de empatizar con los protagonistas, de reconocer su lado humano al tiempo que su malevolencia.

“Hay una parte en ellos que está todos nosotros, y hay una parte en todos nosotros que está en ellos. Si no podemos compadecerlos o empatizar con lo peor de la humanidad, qué esperanza nos queda”.

Por otro lado, hay quienes utilizan el poder de los objetos para otros fines.

Stephen Giannangelo, quien enseña criminología en la Universidad de Illinois, consiguió algunas de las pinturas hechas por Gacy para usarlas como herramientas educativas, y cuenta que siempre logran afectar dramáticamente a sus estudiantes.

“Cuando las llevo, el 75% de los jóvenes que nunca despegan la mirada de las pantallas de sus teléfonos de repente empiezan a tomarles fotos y se acercan a hacer todo tipo de preguntas”.

Catarsis

Una de las explicaciones más provocativas del atractivo de los asesinos en serie es que cumplen una función social, permitiéndonos satisfacer nuestras fantasías más vengativas sin tener que actuar y, cuando el criminal es arrestado, sin tener que sentirse culpable.

“Son como la catarsis de lo peor de nosotros, un rayo para nuestros pensamientos más oscuros, como los comepecados de la época medieval que se llevaban los pecados de otros y al hacerlo, limpiaban la sociedad”, explica Bonn.

También nos dan la oportunidad de sufrir la muerte a distancia, de llegar “tan cerca del abismo como es posible, sin caerse”, según McCorristine.

Eso explica, en su opinión, la razón de que haya personas que no pueden evitar ver los videos de ejecuciones que publica ISIS, a pesar de que quizás después se arrepientan.

También puede explicar por qué, cuando vemos un accidente, reducimos la velocidad, tratando de ver el horror que tenemos a mano.

Quizás lo que nos gusta es estar aterrorizados.