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Muere Fidel Castro, el último revolucionario del siglo XX

Por Agencias Domingo 27 de Noviembre del 2016

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Durante 47 años ejerció el mando absoluto en Cuba.

Líder autoritario sin más para media humanidad, leyenda revolucionaria y azote del imperialismo yanqui para los más desposeídos y la izquierda militante, Fidel Castro era el último sobreviviente de la Guerra Fría y seguramente el actor político del siglo XX que más titulares acaparó a lo largo de sus 47 años de mando absoluto en Cuba.

Estrenó su poder caudillista el 1 de enero de 1959 tras derrocar a tiro limpio al régimen de Batista. Ni siquiera en el ocaso de su existencia, después de que una enfermedad lo apartó del gobierno en 2006, desapareció su influencia en una isla que siempre se le quedó pequeña, pues Castro la concebía como una pieza de ajedrez en la gran partida de la revolución universal, su verdadero objetivo en la vida.

Castro tenía 90 años al fallecer. Su hermano, el Presidente Raúl Castro, anunció su muerte en un mensaje de televisión. “Con profundo dolor comparezco para informarle a nuestro pueblo, a los amigos de nuestra América y del mundo que hoy 25 de noviembre del 2016, a las diez y 29 horas de la noche falleció el comandante en jefe de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz”, ha dicho emocionado el Mandatario.

“En cumplimiento de la voluntad expresa del compañero Fidel, sus restos serán cremados en las primeras horas de mañana sábado 26. (…). ¡Hasta la victoria! ¡Siempre!”.

Un joven abogado

La biografía de Fidel Alejandro Castro Ruz comienza el 13 de agosto de 1926 en el pequeño poblado de Birán, cerca de Holguín, antigua provincia cubana de Oriente. Fue el tercero de los siete hijos tenidos fuera del matrimonio por Ángel Castro, un rudo hacendado gallego llegado a Cuba como soldado de reemplazo al final de la guerra de independencia, y la cubana Lina Ruz.

Hasta que Ángel se divorció de su primera esposa y se casó con Lina, a principios de los años ‘40, no dio a los niños el apellido, razón por la cual hasta bien entrada la adolescencia Fidel cargó con el estigma de ser hijo bastardo. Desde luego, ello no impidió que pronto destacara como un estudiante brillante en los internados de jesuitas por donde pasó, primero en Santiago de Cuba y luego en La Habana, formación que se incrustó en el núcleo duro de su carácter.

En 1945 entró a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana, donde el ambiente de efervescencia política y pistolones le llevaron a sumarse a rocambolescas aventuras revolucionarias como el intento de expedición armada para derrocar al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, en 1947. Un año después, siendo ya un prominente líder estudiantil, participó en la revuelta del Bogotazo tras el asesinato del líder liberal colombiano Jorge Eliezer Gaitán -fue su primera experiencia de insurrección popular-, y ese mismo año de 1948 contrajo matrimonio con Mirta Díaz-Balart, una atractiva estudiante de Filosofía perteneciente a una familia adinerada, con la que tuvo su primer hijo, Fidelito.

Su convicción, unida a su intuición política y gran poder de convencimiento, así como a su temeridad y capacidad de “convertir los reveses en victorias”, le hicieron destacar en un momento muy especial de la historia de Cuba, cuando la corrupción general y el descrédito del gobierno de Carlos Prío Socarrás eran terreno fértil para la lucha política.

Entrada en política

Tras graduarse de abogado en 1950 y abrir un pequeño bufete, entró en política con el Partido Ortodoxo, que lo designó candidato al Congreso en las elecciones que debían realizarse en junio de 1952. Sin embargo, el 10 de marzo de ese año la historia de Fidel Castro y la de Cuba cambiaron para siempre con el golpe de Estado que encabezó el sargento Fulgencio Batista.

Rotas sus relaciones con la ortodoxia por considerar débil su reacción al golpe, Castro concibió una acción armada que debía provocar una insurrección popular: fue el asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953. La operación acabó en fracaso y se saldó con la muerte de 67 de los 135 integrantes del comando revolucionario, la mayoría asesinados después de los combates. Los rebeldes fueron juzgados en un proceso muy sonado en el que Castro asumió su propia defensa, el célebre alegato conocido como “La historia me absolverá”, donde expuso su programa político y revolucionario que incluía entre sus demandas la restauración de la constitución de 1940.

Fidel fue condenado a 15 años de prisión y su hermano Raúl a 13, pero los moncadistas fueron amnistiados en 1955 y Castro partió hacia el exilio. En México, donde conoció al Che Guevara, preparó el desembarco del yate Granma, que se produjo el 2 de diciembre de 1956 en la playa de las Coloradas, en la costa oriental de Cuba, acción que marcó el inicio de dos años de lucha guerrillera en la Sierra Maestra y que finalmente condujo a la derrota del Ejército de Batista y la huida del dictador en la madrugada del 1 de enero de 1959.

Ningún historiador puede asegurar que Castro era marxista cuando peleaba en las montañas de Sierra Maestra. No hay un solo documento que lo pruebe. Sin embargo, sí lo hay de que su enfrentamiento con Estados Unidos viene de temprano.

Fidel bajó de la montaña envuelto en la bandera de José Martí y convertido en un ídolo popular que encarnaba los valores de la justicia social en una nación empobrecida por la dictadura. Los intelectuales de todo el mundo, con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir a la cabeza, saludaron su victoria y aquella magia duró algunos años pese a que la revolución se radicalizó pronto.

Un líder revolucionario

En aquel momento Castro gozaba de un inmenso apoyo popular y su imagen era la de un genuino líder revolucionario: joven, atrevido y lleno de frescura, nada que ver con los grises dirigentes de los países comunistas de Europa del Este, instalados en el poder por obra y gracia de los tanques soviéticos y por ello simples marionetas del Kremlin.

En fecha tan temprana como el 17 de mayo de 1959, Castro puso en marcha la primera ley de reforma agraria, que supuso la expropiación de los grandes latifundios azucareros, muchos de ellos estadounidenses, a lo que siguieron una serie de medidas de corte social.

Los colegios religiosos fueron nacionalizados, se hizo una campaña nacional contra el analfabetismo y tanto la educación como la salud pasaron a ser universales y gratuitas. Ya en junio Castro abandonó la promesa de celebrar elecciones libres en 18 meses (“primero la revolución, luego las elecciones”, dijo) y emprendió un drástico reordenamiento de las instituciones, mientras los fusilamientos de los primeros tiempos de la revolución eran criticados en el exterior.

Los desencuentros iniciales con EE.UU. se convirtieron enseguida en agrias tensiones y muy pronto la espiral de medidas y contramedidas se hizo indetenible. Washington adoptó las primeras restricciones del embargo económico y en mayo de 1960 Castro reanudó las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, interrumpidas por Batista en 1952.

Durante medio siglo Fidel gobernó la isla a golpe de discursos y utilizó masivamente la televisión para lograr el respaldo popular, un tesoro político que administró con la misma habilidad con que se deshizo de sus enemigos en el momento más conveniente y con que se sirvió de sus aliados para montar un sistema político a su medida, en el que el Ejército y el Partido Comunista fueron los pilares de su poder.

Siempre al frente de Cuba y arropado por un grupo de históricos de confianza, durante medio siglo fue protagonista de todos los grandes acontecimientos del país y de no pocos hechos con repercusión internacional. En la primavera de 1961, Fidel en persona dirigió las operaciones militares para derrotar la invasión de Bahía de Cochinos, una aventura organizada y financiada por la Cia en tiempos de Eisenhower y heredada por John Kennedy, que el líder comunista aprovechó para hacer lo que hasta ese momento no se había atrevido: declarar el carácter socialista de la revolución y unir todavía más a los cubanos en torno a su figura.

Un año más tarde, con sólo 36 años de edad, Castro fue protagonista principal de la crisis de los misiles, cuando en nombre de la hermandad socialista Cuba se convirtió en un sembrado de cohetes soviéticos y el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear.

De un modo u otro, sus manos y su cabeza estuvieron en todo: el apoyo de las guerrillas y movimientos insurgentes en Africa y América Latina; la aventura fracasada del Che Guevara en Bolivia, que fue precedida por la incursión del revolucionario cubano-argentino en el Congo; la zafra azucarera de los 10 millones, en los años setenta, una más de sus estrategias económicas voluntaristas diseñada para ser la salvación productiva del país y cuyo fracaso estrepitoso le obligó a entregarse definitivamente a la Unión Soviética.

Otros hitos fueron la guerra de Angola, por donde pasaron más de 300.000 soldados cubanos en 15 años; el triunfo de la revolución sandinista en 1979, apadrinada por el líder cubano en los campos de entrenamiento cubanos y en las casas de protocolo de La Habana; el derribo de dos avionetas de la organización anticastrista Hermanos al Rescate; la crisis de los balseros o la resistencia legendaria del comandante a la política de embargo económico estadounidense, una justificación perfecta para casi todo.

En los años ‘90, a la debacle provocada por la desaparición del campo socialista el líder comunista sobrevivió cuando proclamó su consigna de “Socialismo o muerte”. Obligado en los años ‘90 a iniciar una tímida reforma económica que implicó la legalización del dólar y la apertura de ciertos espacios a la iniciativa privada, Castro se dio cuenta de inmediato de que lo que por un lado era la salvación del régimen por otro carcomía la viga maestra de la revolución. El dólar rompió el país en dos y marcó un antes y un después en la Cuba de Fidel Castro, que desde 1959 había tenido el igualitarismo como su piedra filosofal.

Entre 1989 y 1993 el mundo se vino abajo para el socialismo cubano. La isla perdió de un plumazo el 90% de sus suministros y el 35% de su Producto Interno Bruto, y aunque el pragmatismo de Castro le llevó a aceptar una serie de reformas, en el fondo las aborrecía y ocurrió lo que suele pasar cuando alguien hace algo que no desea. Sólo así se explican las contradicciones delirantes de algunas de las medidas que se adoptaron entonces para oxigenar la economía, como la autorización del trabajo por cuenta propia.

Pese a todas las restricciones, la iniciativa privada fue abriéndose espacio y el número de trabajadores por cuenta propia creció sin pausa, hasta que superado lo peor de la crisis Castro dio un puñetazo sobre la mesa y él mismo cercenó el proceso de cambios que había respaldado años antes. Así, el siglo XXI entró en Cuba unido al regreso al más estricto centralismo estatal en lo económico y en lo político.

Ya en 2003, no le tembló el pulso para enviar a la cárcel a 75 disidentes con sanciones de entre seis y 28 años de cárcel pese a la unánime condena internacional, mientras la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela fue para él un balón de oxígeno -el intercambio de petróleo por servicios de salud fue el pilar de las cuentas cubanas en la pasada década- además de un reverdecer de sus viejos sueños de extender la revolución por el continente. La temprana muerte del líder bolivariano fue para él y para su hermano Raúl Castro un duro golpe.

Tras la grave enfermedad intestinal que casi le cuesta la vida y le sacó del ejercicio del poder el 31 de julio de 2006, Raúl Castro se hizo cargo de la Presidencia del gobierno y luego del liderazgo del Partido Comunista. Se inició entonces un proceso de reformas aperturistas muy controlado, así como un desmontaje silencioso del sistema paternalista y de gratuidades sociales creado por Fidel. Desde entonces el líder comunista se mantuvo en un segundo plano, escribiendo artículos sobre diversos temas y clamando contra EE.UU. y el capitalismo desde su retiro.

En enero de 2015, el gobierno cubano publicó una carta de Fidel Castro en la que, sin demostrar entusiasmo, este respaldaba el deshielo con EE.UU. emprendido por su hermano Raúl y anunciado en diciembre de 2014, pero alertando sobre hipotéticas deslealtades de Washington durante el proceso hacia la normalización de relaciones diplomáticas. “No confío en la política de Estados Unidos ni he intercambiado una palabra con ellos, sin que esto signifique, ni mucho menos, un rechazo a una solución pacífica de los conflictos o peligros de guerra”, señalaba en un escrito calculadamente ambiguo, dirigido a una federación estudiantil, que difundió el diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba (PCC).

En enero de 2015, el gobierno cubano publicó una carta de Fidel Castro en la que, sin demostrar entusiasmo, este respaldaba el deshielo con EE.UU. emprendido por su hermano Raúl y anunciado en diciembre de 2014, pero alertando sobre hipotéticas deslealtades de Washington durante el proceso hacia la normalización de relaciones diplomáticas. “No confío en la política de Estados Unidos ni he intercambiado una palabra con ellos, sin que esto signifique, ni mucho menos, un rechazo a una solución pacífica de los conflictos o peligros de guerra”, señalaba en un escrito calculadamente ambiguo, dirigido a una federación estudiantil, que difundió el diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba (PCC).

Dictador calavera para muchos, último revolucionario del siglo XX para sus admiradores en el Tercer Mundo, desde hacía tiempo Castro no participaba en las decisiones de gobierno, aunque por su carácter de símbolo hasta el último hilo de vida influyó en el rumbo político del régimen cubano y marcó la línea roja que no debía cruzarse. Ahora ya no existe. Y esta vez sí es de verdad.