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La vergüenza del machismo

Por Marcos Buvinic Domingo 29 de Noviembre del 2020

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Marcos Buvinic Martinic

El miércoles pasado, 25 de noviembre, no sólo fue el día de la muerte de Maradona, que enluta a los futboleros del mundo entero, sino que con la costumbre que se ha establecido de designar -a nivel nacional o internacional- un día para cada cosa que nos recuerde algún valor, alguna profesión o algún problema de la sociedad, se conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, con actos y manifestaciones en muchas ciudades de diversos países. Es un día para que los machistas se mueran de vergüenza, si es que alcanzan a darse cuenta de lo “poco hombres” que son con sus actitudes de discriminación, maltrato o violencia contra las mujeres.

En este año ya van 48 mujeres asesinadas y 128 femicidios frustrados (en esta fecha, en el 2016, eran 34 asesinadas y 109 femicidios frustrados), y no se trata solamente de unas cifras del horror, sino que se trata de personas, mujeres que eran esposas, parejas y madres asesinadas por machistas abusadores. Las cifras de esta vergüenza nacional, muestran que -en este año- las llamadas telefónicas de mujeres que piden ayuda ante situaciones de violencia han aumentado en 183% con respecto al año pasado. Esta es otra de las heridas invisibles de la pandemia y sus cuarentenas, pues en las tensiones del confinamiento las víctimas del machismo han estado más expuestas a los maltratadores en sus casas.

La penosa inhumanidad del machismo se potencia con el hecho de que la cultura machista no asume su carácter abusivo, discriminador y violento. El machismo no es -simplemente- una “mala costumbre”, sino que es un grave delito que pisotea los derechos humanos de las mujeres, introduciendo el abuso, el acoso, la discriminación y la violencia como clave de la relación entre hombres y mujeres; esta forma de relación es una de las vergüenzas de nuestra sociedad, y una expresión brutal del poder de dominio y de la desigualdad.

Con el modelo machista de la dominación masculina y subordinación de la mujer, todos -hombres y mujeres- perdemos mucho. Nos perdemos la posibilidad de relaciones igualitarias y libres, relaciones de mutua colaboración y complementación, más verdaderas y más amorosas, que son las únicas que hacen más plenos a los seres humanos.

También en la Iglesia estamos al “debe” en este delicado e importante asunto, y nos perdemos mucho del don de Dios al vivir como una institución con rasgos machistas y patriarcales, que excluye a la mujer de la toma de las decisiones que tocan la vida y misión de la comunidad, así como de las tareas de liderazgo en la vida de la comunidad eclesial. Para ir viviendo el proyecto del Señor Jesús de una comunidad fraterna, como lo dice a sus discípulos y discípulas (“todos ustedes son hermanos” Mt 23,8), hay que ir dando pasos de renovación y revisar -en serio- la persistencia de mentalidades machistas, estructuras de marginación y prácticas de discriminación, pues no habrá sinodalidad verdadera (“caminar juntos”) sin la participación de mujeres en la toma de decisiones y en la función de liderazgo en la comunidad eclesial.   

En la fe cristiana no podemos olvidar -y tenemos que vivirlo de verdad- lo que se anuncia desde los relatos bíblicos de la creación, que la mujer es la mitad de Dios: “Creó Dios al ser humano a su imagen y semejanza, varón y mujer los creó”, dice el texto bíblico. Es decir, la imagen de Dios está en la complementación de ambos sexos, creados en igual dignidad y derechos, y esto excluye toda forma de dominación y discriminación. Entonces, en lenguaje cristiano, el machismo -en cualquiera de sus formas- es un pecado que atenta contra el plan de Dios que creó a hombres y mujeres en igual dignidad y derechos, haciendo de la mujer la mitad femenina de Dios en nuestro mundo.

En estos tiempos llenos de complejidades de todo tipo y, al mismo tiempo, atravesado por un maravilloso anhelo de equidad -como lo ha señalado el Papa Francisco en su reciente carta “Hermanos todos” (“Fratelli tutti”)-, es necesario un renovado esfuerzo de todas y todos -mujeres y varones- en el empeño por cambiar la cultura de sometimiento, discriminación y violencia contra las mujeres, para vivir de un modo que sea más humano, más fraterno, equitativo y mejor para todos.