Necrológicas
  • Manuel Eduardo Cruz Elizondo
  • Mirta Eliana Alvarado Sotomayor
  • Jorge Jadue Zedan
  • Irma Josefin Calvo Muñoz

Vivir como musgo

Por La Prensa Austral Viernes 25 de Diciembre del 2020

Compartir esta noticia
75
Visitas

Roy Mackenzie C.
Investigador Asistente
Parque Omora,
Universidad de Magallanes

 

¿El ser humano es más de tener o de ser? Esta frase -interpretada de un ensayo de Erich Fromm (1976) en donde se discute el valor de una persona, una institución, o un ecosistema por lo que tiene (su productividad o rentabilidad) y no por lo que es- ha reducido a países enteros al precio de su recurso más valioso, lo que conocemos como país bananero (un país que depende de un único recurso, representado por la banana).

Pasamos de tener para vivir, a vivir para tener. Lo confirman las imágenes de los centros comerciales atestados de gente en medio de una pandemia de un virus que se transmite por aerosoles en espacios cerrados. Consumo y consumismo son esencialmente diferentes en que el primero es indispensable, como diría Thoreau, para atender las necesidades reales del ser humano: alimento, refugio, vestido y combustible. El consumismo, por otra parte, es la cara maquillada del vicioso ciclo de la sobre-explotación de los ecosistemas, las zonas de sacrificio, la precarización laboral y otras realidades del mal entendido progreso.

Fromm asociaba a la cultura del “tener” con el egocentrismo, la exclusión y el resentimiento; posteriormente, se descifraría que en una sociedad consumista hay una estrecha relación entre la felicidad y la capacidad de poseer y de acumular bienes materiales. Una felicidad pasajera, que lejos de ser liberadora, obliga a una productividad permanente que mantenga un alto nivel de consumo para ser feliz.

En respuesta a la acumulación desmedida y desigual de la riqueza, vino la teoría del chorreo: Los beneficios económicos dados a los más ricos, derramarían a los estratos más pobres y generarían bienestar. En consecuencia, y parafraseando a Fromm, en una sociedad del consumo (que en realidad es un binomio: explotación-consumo), el desarrollo del sistema económico ya no responde a la pregunta: ¿Qué es bueno para el ser humano?, sino a ¿Qué es bueno para el desarrollo del sistema?.

La sociedad del consumo ha hecho mucho daño al planeta y en particular a Chile, imponiendo una presión desmedida, paradójicamente, sobre los mismos recursos naturales y servicios ecosistémicos que la mantienen. Para dar perspectiva de este problema, en una publicación reciente en la revista Nature, investigadores determinaron que en promedio, por cada persona en el mundo, cada semana se produce su propio peso en masa antropogénica (es decir, la masa producida por el humano, como el concreto, metales, asfalto, plásticos, etc). En consecuencia, este año 2020, la masa generada por el ser humano ya superó la biomasa de todos los demás seres vivos del planeta (1.1 teratoneladas), cálculos que no consideran las enormes cantidades de desechos de plásticos de único uso y equipos de protección personal utilizados durante la pandemia.

De cara a la recuperación post-pandemia, el crecimiento económico sigue estando en el centro de la promesa de bienestar para los chilenos, aunque en estas últimas décadas no ha habido chorreo ni desarrollo humano en zonas de sacrificio como Quintero-Puchuncaví. La obsesión por el crecimiento económico ha probado ser muy destructivo para el medio ambiente, y nos obliga a ser testigos permanentes de una pérdida de biodiversidad sin precedentes. El consumismo como hábito para acceder a la felicidad, mantiene el sistema de explotación-consumo, incrementando los conflictos y alejándonos cada vez más del “ser” de Fromm: el desarrollo humano y el estado de bienestar con independencia de lo material.

Para que esto no siga sucediendo, necesitamos cambiar el foco del crecimiento económico por el del desarrollo humano. Y en este contexto, en la naturaleza abundan los ejemplos que favorecen el desarrollo por sobre el crecimiento, como es el caso de los musgos. Estas pequeñas plantas pueden ser tan diferentes entre sí como un calafate lo es de una lenga. Algunas son plantas perennes y pueden vivir por muchos años manteniendo un tamaño reducido y ocupando rincones sombríos y húmedos, con necesidades nutritivas muy bajas y otras adaptaciones que les permiten crecer en suelos pobres, anegados o directamente sobre las rocas. Pero a pesar de las carencias, estas plantas destinan valiosos recursos a la producción de compuestos fenólicos, unas sustancias vegetales complejas muy especializadas que les otorgan tolerancia a la desecación, al congelamiento, a la radiación solar, y que le dan mal sabor y toxicidad frente a los herbívoros, entre otras muchas propiedades. Es decir, apuestan por el desarrollo en vez del crecimiento, lo que les ha valido ser muy exitosas en ambientes inhóspitos y formar parte de los pocos grupos de plantas capaces de crecer en las condiciones ambientales extremas del continente Antártico.

En palabras de Manfred Max Neef, crecer no es lo mismo que desarrollarse, y desarrollarse no implica necesariamente crecer. Es parte de la propuesta del Decrecimiento, corriente de pensamiento que apunta a abandonar el objetivo del crecimiento económico para conservar la naturaleza y establecer una economía ecológica, a escala humana y al servicio de las personas. Luego de haber sido explotada por el socialismo y por el capitalismo por igual, lo que debe preocuparnos es conservar la biósfera para salvarnos a nosotros mismos, tomar el ejemplo de los musgos y aprender a vivir bien con poco.