Necrológicas

¿Por qué Nixon jamás reveló que conocía la identidad de “Garganta Profunda”?

Por La Prensa Austral Lunes 10 de Mayo del 2021

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Se trataba de Mark Felt, el número 2 del FBI, que lo confesó en 2005 a sus 91 años. Filtró los datos esenciales de la investigación a los periodistas Bob Woodward y a Carl Bernstein, del Washington Post. El Presidente Richard Nixon tenía el dato. ¿Por qué calló?.

Fue dueño de los secretos más importantes de la historia contemporánea de Estados Unidos: cómo fue que el entonces Presidente, Richard Nixon, había avalado primero y encubierto después, el asalto al cuartel general del Partido Demócrata en el edificio Watergate, de Washington. Y lo contó todo. Y reveló lo que sabía a un periodista, Bob Woodward, del Washington Post. Woodward y su colega, Carl Bernstein investigaron a fondo el caso Watergate y el Washington Post ganó hace cuarenta y ocho años el Premio Pulitzer por aquel éxito periodístico. El Post ganó el premio el 7 de mayo de 1973 y Richard Nixon tuvo que renunciar el 8 de agosto de 1974, fue el primer Presidente de Estados Unidos en dejar su cargo.

El nombre del tipo que sabía todo y contó todo, o casi todo, también fue un secreto: el mejor guardado de la historia del periodismo. Su nombre, como fuente anónima, se mantuvo oculto durante treinta y tres años bajo un apodo elocuente, “Garganta Profunda”, que era el título de una película porno con pretensiones de cine de culto en ese entonces, pero que también simbolizaba un atributo de aquella fuente anónima, que tenía una voz grave, oscura, subterránea e intensa.

En 2005, “Garganta Profunda”, dio un reportaje a la revista Vanity Fair y descubrió su identidad. Tenía 91 años y creyó que era hora de terminar con tanto secreto. Era Mark Felt, que en los días de Watergate era el número dos del FBI, y quería llegar a ser el número uno.

La importancia del
secreto profesional

La historia de Watergate, la de “Garganta Profunda”, la de la investigación del Post, y la del baúl de secretos guardados bajo siete llaves es, además de apasionante, una muestra de la importancia del secreto profesional en el periodismo de investigación, con el que los populismos de cualquier signo quieren terminar. Y, segundo, es la prueba más clara de que no hay secretos y de que la verdad, aunque tarde, sale a flote. Siempre. La identidad de “Garganta Profunda”, a quien había que proteger de cualquier reacción de la Casa Blanca si se sabía quién era el informante del Post, era conocida por los hombres de Nixon y por el propio Presidente. Todos callaron, aunque por diferentes razones.

Con astucia, Woodward y Bernstein titularon su fantástico libro sobre el caso “Todos los hombres del Presidente”. Después de todo, Mark Felt era uno de los hombres de Nixon. El caso también actualiza un interrogante eterno que no tiene respuesta única: un funcionario que denuncia la corrupción del gobierno que integra ¿es un benefactor de la democracia, o es un traidor a los suyos?

La historia oficial dice que el Caso Watergate empezó en la noche del 17 de junio de 1972. Es verdad. Pero en realidad, el caso empezó un mes y medio antes. El 2 de mayo de ese año, el legendario director del FBI, Edgar J. Hoover, murió en su casa en apariencia mientras dormía y por una deficiencia cardíaca. El cuerpo recién fue descubierto en la mañana. Un llamado telefónico, a las 9,45, alertó a Felt sobre la muerte de Hoover y lo dejó sacudido y perturbado: era el segundo en la línea de sucesión y el destinado a hacerse cargo de la poderosa agencia de investigación federal de los Estados Unidos. Así lo escribió en su diario: “No me pasó por la mente que el Presidente pudiera designar a una persona ajena al FBI para reemplazar a Hoover. Mis antecedentes eran muy buenos y eso me llevó a pensar que tenía una chance excelente”.

Una decepción que
pudo haber gatillado
las revelaciones

Esta revelación, y muchas otras de esta nota, figuran en “The Secret Man-The Story of Watergate’s Deep Throat” (“El hombre secreto-La historia del Garganta Profunda de Watergate”), que escribió Woodward, con la ayuda de Bernstein y que editó Simon & Schuster en 2005. Las esperanzas de Felt se iban a ver defraudadas muy pronto. Exactamente veintiséis horas y diez minutos después de la muerte de Hoover, Nixon nombró director interino del FBI a L. Patrick Gray, un antiguo aliado del Presidente republicano, que había trabajado mucho y duro en la campaña electoral de Nixon en 1960, cuando fue derrotado por John F. Kennedy. Felt admitió haber estado resentido por partida doble: primero por haber quedado postergado, segundo, porque Nixon había nombrado a un outsider como número uno del FBI.

Ahora sí, la historia oficial. El sábado 17 de junio de 1972 cinco ladrones entraron en las oficinas del cuartel central del Partido Demócrata en Washington. No eran ladrones. Eran agentes al servicio de Nixon, empleados por el gobierno para evitar filtraciones de la Casa Blanca a la prensa, y a quienes les habían encargado pinchar los teléfonos y colocar micrófonos ocultos en la sede del partido rival del gobierno. Fueron sorprendidos y detenidos como ladrones comunes, y derivados a un juzgado mañanero y de instancias menores.

Los cinco dijeron ser plomeros. Era una humorada siniestra de Frank Sturgis, un tipo muy pesado de la Cia, mercenario de Bahía de Cochinos y sospechado de haber tenido alguna relación con el asesinato de John Kennedy en 1963. A Sturgis le festejaba los chistes Gordon Liddy, otro pesado del FBI y de la Casa Blanca que murió el pasado 30 de marzo, y al que le adjudican ser el cerebro del asalto a Watergate. Sturgis decía que si Nixon los había contratado para evitar filtraciones, entonces eran plomeros. El juez no creyó ni palabra de lo que le decían los impresentables y decidió interrogarlos a fondo.

Entonces intervino el azar, como siempre. Cubriendo esa noticia de rango menor, un domingo a la mañana, en un juzgado nocturnal y con cinco ladrones de aparente mala muerte, estaba Bob Woodward, del Washington Post. Y estaba allí porque así pagaba un duro derecho de piso. En 1970, sin saber qué hacer con su vida, Woodward había enviado una carta sin esperanzas al Post: buscaba empleo como reportero. Para su sorpresa, le contestó Harry Rosenfeld, el editor de noticias locales, que decidió tomarle una prueba. No aprobó. Woodward confiesa que Rosenfeld se había sentido “espantado por mi ignorancia, que era incluso más grande que mi arrogancia”, y lo mandó a aprender los rudimentos de la profesión a un semanario de Maryland, “The Montgomery County Sentinel”.

Durante ese año en el semanario, Woodward consultó un par de veces a una fuente de información que le merecía confianza: Mark Felt. Y de nuevo el azar: Woodward y Felt se conocían desde el verano de 1969, cuando el ahora periodista era un teniente de la Armada de Estados Unidos asignado al Pentágono, y oficiaba de correo entre la sede militar y la Casa Blanca. Allí había conocido a Felt y habían entablado una relación amistosa y de mutua confianza.

Felt había nacido en agosto de 1913 en Idaho, era un egresado de la Universidad estatal. Se había casado con su novia de estudiante, Audrey Robinson y se había instalado en Washington para trabajar como joven ayudante del entonces senador demócrata de Idaho, James Pope. Se graduó como abogado en la Escuela de Derecho de la Universidad George Washington y en 1941 decidió postularse para entrar en el FBI, donde hizo una veloz carrera: investigó a la mafia de Nevada y Las Vegas, supervisó luego la Academia del FBI y llegó a ser el número dos del FBI, detrás de Hoover.

Aquella mañana de domingo de junio de 1972, cuando el juez James Belsen preguntó a los “plomeros” apresados en el edificio Watergate qué hacían en realidad para ganarse la vida, uno de ellos dijo: “Somos anticomunistas”. El juez se dirigió entonces al que le pareció el jefe de todos, un tipo que parecía mayor, calvo e inexpresivo, que había dado un paso adelante, para hablarle más cerca al juez y que de alguna manera contrastaba con la pinta y el talante de tres de sus colegas, que eran exiliados cubanos anticastristas.

-Soy consultor de seguridad, le dijo el inexpresivo al juez..

-¿Dónde trabaja?

-En el gobierno.

-¿Dónde “en el gobierno?

El tipo, que se llamaba James McCord, contestó algo inentendible.

-Hable más fuerte y más claro, le pidió el juez.

El periodista Woodward entonces dio un paso adelante para escuchar mejor, y McCord dijo:

-En la Cia.

Así empezó el escándalo Watergate. Aquella noticia sin importancia, sobre un robo “menor”, apareció encabezada así en el Post del lunes 19: “Cinco hombres, uno de los cuales dijo ser un ex agente de la Cia, fueron arrestados a las 2,30 de ayer en lo que las autoridades describieron como un elaborado plan para instalar micrófonos ocultos en las oficinas del Comité Central Demócrata”.

Woodward y Bernstein empezaron a tirar del hilo de los plomeros, a quienes les habían hallado en los bolsillos de cada uno quinientos dólares en billetes nuevos de cien, y descubrieron que, metido hasta las cejas en la invasión a la sede del Partido Demócrata, estaba el Comité de Reelección de Nixon. En las primeras semanas del caso, Woodward recibió un llamado de Felt que le dio valiosa información, en grageas, pero muy útil para enriquecer la investigación. Es de Felt la frase que construyó el caso: “Sigan la pista del dinero”.

El cine porno
da nombre al
escándalo político

Cinco días antes del asalto frustrado a la sede demócrata, el domingo 12 de junio de 1972, en trescientos cines de Estados Unidos se había estrenado “Deep Throat” (“Garganta Profunda”), una película porno protagonizada por Linda Lovelace. Su título exime de mayores explicaciones sobre su argumento, algo chusco y grosero, y sobre un guión con pretensiones nunca satisfechas de realismo social. Cuando en el Post le preguntaron a Woodward sobre la identidad de su fuente, se negó a revelarla y la definió, incluso en sus artículos, como “una fuente de la rama ejecutiva con acceso al Comité de Reelección del Presidente y a la Casa Blanca”. El compromiso de Woodward ante Felt era no revelar jamás su identidad, al menos que lo hiciera el propio Felt, o hacerlo sólo después de su muerte. En la intimidad de la redacción del Post, la fuente de Wooward pasó a ser “Garganta Profunda”, que saltó a la fama como tal recién en 1973, cuando Woodward y Bernstein publicaron “All the President’s Men” (“Todosd los hombres del Presidente”) que luego fue película protagonizada por Robert Redford, Dustin Hoffman y Hal Holbrook como el informante secreto, dirigidos todos por Alan J. Pakula.

Periodista y jefe del FBI establecieron un código para reunirse, siempre en secreto. Cuando Woodward quería preguntar algo a Felt, cambiaba de lugar una maceta que tenía una bandera roja y engalanaba el balcón de su departamento del 1718 de la calle P, no muy lejos del Post. Cuando “Garganta Profunda” quería hablar con Woodward, en la página 20 de la edición de The New York Times que el periodista recibía a diario, aparecía un círculo rojo con las manecillas de un reloj que marcaba la hora del encuentro.

Nixon siempre lo supo

Pero los cazadores estaban cazados. Richard Nixon y parte de los hombres del Presidente sabían, lo supieron siempre y desde el inicio del escándalo, que quien filtraba la información al Washington Post era Felt. Esa sorprendente revelación surge de las cintas grabadas por el propio Nixon, esas cintas que lo llevaron a la renuncia porque en ellas estaban las pruebas de su intento de entorpecer la investigación judicial de Watergate.

El 10 de octubre de 1972, en plena investigación del Washington Post sobre Watergate, H. R. Haldeman, el sinuoso jefe de gabinete de Nixon que pasaría dieciocho meses en la cárcel por su participación en el escándalo, informó al Presidente que sus hombres habían descubierto que las mayores filtraciones sobre Watergate salían del FBI: “Vienen del más alto nivel… De Mark Felt”. Nixon preguntó entonces: “¿Por qué demonios haría una cosa así?”. Haldeman le dijo entonces que él creía que Felt quería ser nombrado director del FBI y que no se podía hacer nada en su contra porque, “renunciará e irá a la televisión a contar todo lo que sabe. Y lo sabe todo”.

Felt murió mientras dormía en un hospicio de Santa Rosa, California, el 18 de diciembre de 2008. Tenía 95 años.

Infobae