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Algunos recuerdos del “Barrio Prat” (7ª parte y final)

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 4 de Julio del 2021

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Este domingo finalizamos con los recuerdos del “Barrio Prat”. Como lo señaláramos, son sólo eso, recuerdos acotados a una época: de la década de 1960 a la de 1980.

Para construir estas remembranzas hemos recurrido a muchas personas que han compartido generosamente sus vivencias y conocimientos; también hemos acudido a nuestra propia memoria y, por supuesto, los aciertos son de ellas y ellos y los errores se cargan a nuestra cuenta. Agradecemos entonces, a mis primas Magdalena Agüero y Tatiana Estefó (que fue Reina de “La Séptima”). A mis primos Manuel Castañeda, Mario “Cacho” Estefó y Arturo “Tuly” Solo de Zaldívar, y a mi tío Mario Agüero. Gracias también a Víctor Hernández, Luis Godoy, Roberto Rasmussen, Matías Vieira y al historiador, don Mateo Martinic. Gracias a ellos en nombre de la amistad y de la hermandad forjada en las fieles calles de nuestro querido Barrio Prat y en el amor a las historias sencillas de nuestro pasado.   

Los barrios tienen eso que nos ata y de tarde en tarde, nos vamos tras los pasos de la nostalgia a esas viejas y queridas calles y el pito de la Cervecería nos advierte que volvemos a otro tiempo. Pero nuestro barrio ya no es el mismo, muchos de sus habitantes se han ido, algunos se quedaron y otros tantos han llegado con savia nueva. Todavía están las hermosas “Casas Obreras” y uno que otro negocio de los de antes, transformado ahora en “Mini market”. Los Drpic siguen ahí en su esquina eterna y “La Moderna” resiste estoicamente el paso de los años y los embates del pan industrializado. Pero ya no está el almacenero Strello, ni “Chamaco” el turronero que se fueron para siempre. También se fue la UTE y luego la UMAG, el hospital se lo llevaron lejos y la farmacia “Prat” y los helados de Tapia igualmente desaparecieron.

Tampoco es la misma la calle Condell, por cuyas amables veredas y en noches lejanas llegaron a nuestra casa (Condell 137, al fondo) escritores como Pablo de Rokha, Carmen Abalos o Nicomedes Guzmán, actores de la talla de Jaime Vadell o Tennyson Ferrada o los pintores Arturo Pacheco Altamirano, Fernando Daza y Pedro Lobos.

Son otros afanes los de hoy, quizá somos nosotros los que no nos acomodamos al paso de los años y quisiéramos ver las cosas como algún día las vimos (o creímos verlas). Pero hay algo en que no tenemos duda alguna: la esencia del barrio permanece intacta, aquello que no se ve, pero se siente, que es casi imposible de explicar, que tal vez lo percibimos sólo los que hemos vivido o viven ahí, eso que te estruja el alma cuando atraviesas la Zenteno y subes por General del Canto; mientras ello no muera y haya savia nueva, tendremos “Barrio Prat” para siempre.

Al “Barrio Prat” lo llevamos en la memoria, aunque ésta nos juegue, de vez en cuando, una que otra mala pasada. Pero lo más importante: lo llevamos en el corazón y eso no admite errores, ni tiene precio; lo expresa muy bien el bandoneonista Aníbal Troilo (“Pichuco”) en su tango-poema “Nocturno a mi barrio”:

“Mi barrio era así, así, así.

Es decir, ¿qué sé yo si era así?

¡Pero yo me lo acuerdo así!,

con giacumin, el carbuña de la esquina,

que tenía las hornallas llenas de hollín,

y que jugó siempre de “jas” izquierdo al lado mío,

siempre, siempre,

¡tal vez pa’estar más cerca de mi corazón!”.

“Alguien dijo una vez

que yo me fui de mi barrio,

¿cuándo?…¿pero cuándo?

¡Si siempre estoy llegando!

Y si una vez me olvidé,

las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja

titilando como si fueran manos amigas,

me dijeron: Gordo, gordo, quedáte aquí,

quedáte aquí”.